¡Ups! ¡No me equivoqué! 81. MIRANDO A LILIAN
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81. MIRANDO A LILIAN

ANDY:

No le respondo de inmediato. Mi corazón late acelerado al ver a Lilian tan elegante y hermosa.

No puedo apartar la vista de ella, pero tampoco puedo olvidar lo que me dijo el día del simposio.

Estaba jugando conmigo y que era la esposa de Minetti.

Ahora observo cómo él la lleva sujeta de su brazo, como si temiera que se le rompiera, rodeada de una gran cantidad de hombres de seguridad.

Eso me dice que no es la mejor oportunidad.

—No quiero verla en compañía de todos ellos —aclaro sin dejar de mirar a Lilian, que saluda a todos—. ¿A qué vinieron? ¿Sabes?

Mientras pregunto, no dejo de observar la gran comitiva.

Está toda la familia y con el capo mayor Minetti, que conversa con Lucila como si la conociera de siempre.

¿Será verdad que ellas estaban jugando conmigo?

No puede ser; ellas vivían en aquel edificio de mala muerte, mi suegra Libia se mataba en la vieja lavandería.

Hace años que las conozco; es imposible que sea la mujer de Minetti y que él las dejara en esa miseria.

—Parece que van a hacer pruebas —contesta Eva, mirando al grupo—. Pero la veo normal, Andy; yo creo que es mentira lo del tiro.

Sigo mirando fijamente a Lilian, dudando de lo que me había dicho el director Rufino, que lleva a Miguel del brazo también.

Es la primera vez que lo veo tan preocupado; se inclina a cada rato para preguntarle algo.

¿Será todo una conspiración y se estarían burlando de mí para que me alejara de Lilian?

Pero justo en ese momento, Lilian gira su cabeza, el aire le vuela el cabello, y veo el medio de su cabeza pelada y una enorme cicatriz.

—¡Es verdad, Eva, es verdad! —exclamo sin poder contenerme—. ¿Viste la enorme cicatriz?

—Sí, la vi; es enorme —asiente Eva, sorprendida como yo—. Ven, vamos a seguirlos; de seguro van al área de neurología.

Dejamos que se alejen y los seguimos hasta verlos entrar en el área.

Minetti se queda con Lilian y el director Rufino frente a una puerta; los demás siguen.

Eva toma mi brazo con determinación mientras trato de apaciguar las emociones que empiezan a arder en mí con cada segundo que pasa.

Caminamos tras ellos, intentando no llamar la atención, moviéndonos con cuidado entre pacientes y doctores que van de un lado a otro por el pasillo del hospital.

Minetti avanza al frente, irradiando autoridad, mientras Lilian camina a su lado con esa elegancia que me tiene completamente desarmado mientras le sonríe encantadoramente. La herida en su cabeza se graba una y otra vez en mi memoria como una fotografía que no puedo dejar de mirar.

—No puedo creerlo, Eva —le susurro mientras ajusto el ritmo de mis pasos al suyo—. Todo lo que dijo Rufino era cierto…

Veo que se introducen en la sala de tomografías. Llegamos hasta frente a la puerta, que está custodiada por dos guardias que me dicen que no puedo pasar.

—Ven, Andy —me pide Eva, y nos introducimos en la sala principal, desde donde se pueden ver todas las pruebas de imágenes que se realizan en el hospital. Abro y busco la de Lilian.

—¡Diantres, Andy, Lilian está viva de milagro! —exclama Eva, que mira por encima de mi hombro—. Ese tiro le debe haber afectado mucho; se ve que la operó Rufino.

No puedo apartar la vista de la imagen que tengo frente a mí. La cicatriz de Lilian va desde su oreja hasta más allá del medio de su cabeza, y no solo eso; puedo ver el punto exacto del disparo. Aunque está bien reconstruido, es evidente que lo es.

Entonces sucede: es verdad todo lo que dijo Rufino. Lilian, que hasta ese momento ha permanecido a la derecha de Minetti, asintiendo ligeramente a las palabras de los demás sin mostrar emoción alguna, levanta la vista, parece asustada.

—¿Por qué dices que la operó Rufino? —cuestiono por inercia, sin dejar de observar la cabeza de mi novia.

—¿No reconoces su modo de hacerlo? —Eva me señala en la pantalla—. Mira qué fino es la cicatriz; es preciosa. ¿Y esa otra cicatriz, es por donde le salió el tiro?

Me siento desconcertado y anonadado al saber que ella pasó por todo eso sola, y quizás sea por mi culpa.

Me fijo donde me señala Eva y niego con la cabeza; parece que le abrieron la cabeza después de la operación por otra cosa.

Siento cómo mi corazón salta acelerado al ver la inmensidad de la lesión.

Apago la pantalla y me alejo de ella, queriendo irme de allí.

—¿No vas a tratar de hablar con ella ahora? —me detiene Eva por un brazo.

—No, ella en estos momentos tiene la presión intracraneal muy inestable. No debe tener ninguna emoción fuerte —contesto porque pude leer todos los resultados en la pantalla—. Esperaré a que se ponga bien.

—¡Perderás un tiempo valioso! —me advierte Eva, sin comprender lo que hago en estos momentos.

No puedo moverme. Cada fibra de mi ser me grita que debo ir a su lado y averiguar lo que está ocurriendo con mi novia.

Pero sé que eso es un error. Me detengo para mirarla.

Eva es doctora como yo y sabe que a las personas con operaciones cerebrales no se les debe causar grandes impresiones.

Respiro con fuerza, cerrando los ojos. Aunque es cierto lo que dice, si Lilian perdió la memoria, esta es mi oportunidad; como doctor, sé que no debo hacerle eso.

—No importa; ella es a mí a quien ama y yo la amo a ella. Su salud y seguridad son primero que todo —digo con firmeza, viendo cómo abre los ojos—. La dejaré por ahora con Minetti. Estará muy segura con él; yo no puedo ofrecerle nada de eso ahora. Me prepararé antes de traerla a mi lado.

Eva suelta un suspiro de derrota, pero no dice nada más.

Sabe tan bien como yo que no daré marcha atrás.

Sabe lo que estoy pensando; quizás tenga razón, y aunque ni yo mismo me comprendo ahora, siento que es lo correcto para mi Lili.

No seré egoísta con ella nunca más. La pondré a ella por encima de mí, y en estos momentos su salud es lo más importante.

Porque si ella sufre una fuerte emoción en estos momentos, puede provocarle un derrame cerebral del que quizás no se salve. Al fin llego de nuevo a mi consulta.

—¿Y ella qué busca aquí? —pregunta Eva, y es cuando levanto mi mirada para ver a quién se refiere.