77. CONTINUANDO
ALESSANDRO:
Después de gritarme, el abuelo se fue con James molesto.
Sonreí al haber logrado mi objetivo; no es que de verdad sospechara de él.
Estoy consciente de que jamás me haría algo como eso.
Pero si no lo reto, no hubiera ido, lo conozco, confía en sus viejas amistades y ese doctor siempre lo ha atendido, es bueno, pero no como Rufo.
Deseé que fuera esa enfermedad que decía Rufo y no lo otro, así no perdería la memoria, y podría vivir muchos años más conmigo.
—¿Crees en verdad que sea eso que dijiste, Rufo? —quiso saber, esperanzado.
—Casi estoy seguro, Ale, siempre lo sospeché —contestó Rufo—. Pero con la examinación que le hice solo me falta confirmarlo mañana mismo.
—¡Ojalá, mi amigo, sea eso! ¡Ojalá! —exclamé con alegría—. Gracias, mi hermano, muchas gracias. Ya veo por qué Dios me hizo parar aquel día para salvarte.
—No me lo agradezcas, Ale —señaló Rufo, bajando la cabeza—. Por mí te convertiste en un asesino.
—¿Cómo es eso, amor? —preguntó Lilian, levantando la cabeza para mirarme. Me di cuenta de que ella no sabía mucho de mi vida—. ¿Por qué Rufo te dijo eso?
Me llené de aire, cerrando los ojos para recordar aquel fatídico día.
Pero no quería adentrarme en esos sentimientos que todavía me estremecían.
Solo le respondí que había eliminado a un hombre para salvarlo.
Otro día le haría la historia. Pero lo volvería a hacer todas las veces que fueran necesarias si con ello salvaba a mi hermano del alma.
—Dios sabe lo que hace —repetí otra vez, como siempre que hablaba de ese hecho que lo había traído a mi solitaria existencia—. Rufo es el hermano que necesitaba en mi vida.
—Al parecer tú eres también el hermano que él necesitaba en su vida —susurró Lilian.
—Puede ser, Lili, puede ser—. Pero yo agradezco a quien lo puso en mi camino y no me arrepiento de nada. Deja que siga la historia. ¿Seguro no quieres descansar?
—No me duermo, Ale, sigue contando qué pasó —musitó, besando mi mejilla.
No dije nada; también tengo miedo de que no despierte.
Por eso seguí contando que después de la discusión con mi abuelo, nos fuimos a llevar a Damián a la casa del lago.
Seguimos a la ambulancia mientras conversábamos.
Al llegar, ya habían llegado los técnicos que colocaron la cama y todo lo demás en la habitación que Luci les había indicado.
Lo hicieron muy rápido. Rufo lo conectó a todos esos extraños aparatos, lo revisó y le dejó todas las instrucciones a ella.
—¿Puedo pelarlo? —le preguntó Luci a Rufo.
—Sí, yo iba a mandar el personal calificado para ello, pero si crees poder hacerlo tú, no hay problemas —contestó ella.
—Esa Luci no podía perder la oportunidad —rió Lilian, divertida—. Quería ser peluquera, no sabes cómo he sufrido bajo sus manos.
Me reí con ella, porque mi suegra Libia ya me había contado muchas historias sobre ellas. Incluso le pidió a Rufo que no mandara a nadie, asegurando que atendería a Damián junto a su mamá como si fuera su hermano. Dijo que no era tan malo si había salvado a Lilian.
—Lo cuidaré muy bien, ya verán que se pondrá bien —aseguró, acariciando la frente de Damián—. Es muy hermoso, aunque está demacrado.
—Luci, cuando tengan necesidad de salir, o vayan a visitar a Lili, llamen para mandarle una enfermera y personal para que lo cuide —le pedí, viendo lo enferma que estaba.
Aunque decían que no necesitaban ayuda, mandé unos sirvientes que estuvieran al tanto de todo, y Rufo puso como permanente a dos enfermeras vigilando a Damián. Además, reforcé la vigilancia por esa área; le dije a James que lo hiciera, no quería sorpresas.
—Hiciste bien, amor, así estaré más tranquila —opinó Lili con un suspiro.
Al regresar a la casa, ya Ninetta había acomodado a Miguel en la habitación que compartiría con Rufo.
La señora Libia todavía estaba en mi habitación atendiéndote.
Mi abuelo me esperaba en el despacho. Al verme entrar, se puso de pie y me dio un fuerte abrazo; se lo devolví.
Me di cuenta de que ya se le había pasado la molestia.
—Gracias al cielo que todo resultó bien, hijo —comentó al separarnos—. ¿Cómo te sientes? Ven, sentémonos y cuéntame todo.
Me reconfortó verlo así, como siempre fue conmigo.
Mi padre, mi abuelo, mi amigo. Hice lo que me pidió, me senté frente a él en los sillones y le relaté punto por punto todo lo que pasó, así como lo hago ahora contigo.
No me interrumpió, escuchó concentrado hasta que terminé, exponiéndole mis miedos—.
Yo creo que Lili tiene algo malo, abuelo, por eso no puede permanecer mucho tiempo despierta.
—¿Desde cuándo eres una persona pesimista y cobarde, hijo?
—quiso saber, dándome una pequeña palmada en el hombro—.
Ya verás que el cerebro de ella solo necesita descansar, quizás toda ella.
La vida que ha llevado hasta ahora no ha sido fácil.
Y quizás esa es la manera en que el cerebro la está obligando a descansar.
Sonreí al escucharlo, feliz de verlo con energía positiva. Era evidente que la noticia de que a lo mejor no padecía de Alzheimer lo había llenado de esperanzas. Encontré su opinión muy romántica, pero le confesé que tenía mucho temor.
—Olvida tu miedo, y habla con ella todo el tiempo —me sugirió—. Como si estuviera despierta. Todos lo haremos, ya verás que un día, cuando menos te lo esperes, la tendrás dándote otro zapatazo en esa cabeza.
No pude dejar de reírme junto a él, llevando mi mano a la frente donde me habías dado el zapatazo el día de la boda.
—Ojalá, abuelo, ojalá —dije, soltando todo mi aire—. Muero por escuchar su voz, su risa, extraño todo de ella. No me acuerdo de mi vida sin ella, abuelo. ¿Lo puedes creer?
—Claro que sí, hijo, se llama amor. Y, por suerte, yo, como tú ahora, encontré el amor de mi vida en tu abuela —respondió, como siempre—. Ahora dime, ¿qué planeas hacer con Damián?
—Realmente, si no es porque le aguantó la mano a Lilian, no la tuviera ahora, abuelo.
Sé que a lo mejor cuando despierte vuelve a lo de antes —contesté con sinceridad—.
Pero le salvaré sus empresas hasta que lo haga, en agradecimiento a salvarla de Demon y a ella.
Y a lo mejor acepta darnos la vacuna para Luci después también.
Es verdad que van ya en las facetas finales.
—Ojalá, hijo, porque esta última crisis de Luci la tiene muy mal. No debí ponerla a trabajar en la empresa —se arrepintió mi abuelo.
—Lo sé, abuelo, pero le seguiré dando trabajo que pueda hacer desde la casa; es realmente muy buena —contesté y cambié de tema—. ¿Alguna noticia de dónde se metió la rata de Rodrigo?