76. CONTINUACIÓN DE LA RETROSPECTIVA
ALESSANDRO:
Rufo no le respondió enseguida, se dirigió a mí diciendo que cuando le dijeron el diagnóstico del abuelo, debido a que no quería caminar, a él le pareció sospechoso.
Pero no quiso interferir por la negativa del abuelo, y por mucho que le pedí a su doctor que me enseñara la historia clínica y los resultados de las pruebas, le dijo que había prohibido que me las enseñara, y creía que sabía por qué.
—No quiero adelantarme —señaló pensativo—, pero si es verdad lo que sospecho, usted, abuelo, no tiene Alzheimer.
—¿Qué cosas dices, muchacho? Mi doctor es muy bueno y me lo descubrió, ¿qué vas a saber tú con tan solo alumbrarme los ojos? —discrepó el abuelo, que movía la cabeza negativamente.
Mi abuelo es un hombre leal y de costumbres. Confiaba en su amigo y doctor que lo atendía desde siempre. Ese era el principal motivo por el que no se dejaba atender por Rufino, a pesar de que sabía que era un excelente doctor.
—¿Abuelo, no habrás fingido todo para que yo asumiera el cargo y me casara, verdad? —pregunté mirándolo fijo—. Por eso no dejas que Rufo te atienda, porque a él no lo puedes engañar y sabes que no aceptará engañarme a mí.
—¿Sabes que yo también siempre he sospechado que el abuelo no tenía Alzheimer? —me interrumpió Lilian. La miré con incredulidad.
—¿De veras? ¿Por qué nunca me dijiste nada? —quise saber enseguida.
Ella se apresuró a explicar que creía que quien lo atendía era Rufo y que ambos se habían puesto de acuerdo para engañarme. Me apresuré a decirle que jamás haría algo así. Quizás su viejo doctor podría mentir, pero Rufo jamás me diría una mentira. Confío en él ciegamente.
—Ahora con eso que me cuentas, veo que cometí un error —musitó Lilian, pensativa—. ¿Y entonces? ¿Cómo lo convencieron de dejarse atender por Rufo?
—Simple, seguí atacándolo. Lo conozco bien —dije recordando ese día—. Era la única manera de convencerlo. Hacerle creer que yo dudaba de él era el camino más rápido para hacerlo ceder.
—¿Cómo voy a hacer eso, Alessandro? —me enfrentó enseguida—. ¡No seas ridículo! Mi doctor me hizo muchas pruebas hasta dar con esa enfermedad.
—¿Y por qué no fuiste con Rufo, que es el mejor, aunque sea joven?
Sabes muy bien que es el mejor neurocirujano de Italia.
¡Ahora soy yo quien te exijo que vayas a hacerte esas pruebas mañana mismo!
—grité haciéndome el realmente enojado—.
Si has estado fingiendo estar enfermo, no te lo voy a perdonar, abuelo.
¿No sabes lo asustado que he estado de saber que un día me ibas a olvidar por completo?
El abuelo de repente se levantó con brusquedad y golpeó mi frente como siempre hacía cuando era un niño. Aunque estaba envejecido, su indignación, que pocos se atreverían a enfrentar, era real ante mis palabras. Pero yo no era cualquiera, sino su única familia y nieto.
—¡Te he enseñado a no faltarle el respeto a tu familia, Alessandro! —rugió, con una firmeza que hacía mucho no le escuchaba.
—Me enseñaste a no quedarme callado ante las mentiras —ataqué, manteniendo firme mi postura.
Rufo nos miraba en silencio, sopesando si intervenir o dejarnos resolver el asunto como lo hacían los Minetti: con fuego. Pero yo sabía que estaba al perder su interminable paciencia.
—¡Ya basta los dos! —intervino por fin al ver que ninguno de los dos iba a ceder a pesar de saber que yo estaba provocando a mi abuelo para que cediera y dejara que lo atendiera—.
Alessandro, ¿por qué tienes que gritar como si fueras el único que puede sentir miedo?
¡Y usted, señor terco, deje de actuar como si el orgullo fuera más importante que decir la verdad!
Intercambiamos una mirada de entendimiento.
Éramos capaces de entendernos con solo mirarnos.
Pero sé que vio la esperanza demasiado grande unida al miedo que me atenazaba el corazón de perder a mi abuelo.
Nadie mejor que él sabía mis emociones. Dio dos pasos hacia mí para acercarse mientras mi abuelo se sentaba de nuevo.
—No, Ale, no creo que el abuelo mienta en sus síntomas —me explicó Rufo, tratando como siempre de mediar entre los dos—. Abuelo, cálmese. Él de verdad había perdido la capacidad de andar, pero no por el Alzheimer, creo que sufre de hidrocefalia de presión normal.
—¿Y eso qué es? —pregunté, temiendo que fuera peor.
Pero Rufo no me explicó en ese momento porque solo lo sospechaba. Confesó que se lo había insinuado al doctor del abuelo, pero sin el resultado de las pruebas no podía estar seguro.
—Mañana mismo lo comprobaré —continuó explicando—. Y si es cierto, solo necesito hacerle una pequeña operación, y podrá llevar una vida lo más normal posible.
—¿Lo dices en serio, muchacho? —preguntó el abuelo sorprendido.
Era la primera vez que la mirada de mi abuelo se iluminó al escuchar lo que decía Rufino.
—¿Estás seguro, Rufo, de que mi abuelo no está fingiendo? —seguí insistiendo porque quería oír a mi abuelo decir que iría a atenderse con él.
—No, Ale, uno de los primeros síntomas de las hidrocefalias precisamente son problemas para andar, por eso es que yo sospeché enseguida que era eso. Casi estoy convencido de que lo es —añadió en su tono profesional.
—No me convences —seguí dudando mirando a mi abuelo de reojo—. Hasta que no le hagas todo al abuelo mañana, no me van a convencer, todavía creo que lo hizo para obligarme.
—¡Alessandro Minetti, deja de dudar de mí!
—se alteró el abuelo al ver que dudaba con tanta insistencia de él—.
Yo sí quería que te casaras para que dejaras la vida que llevabas, pero nunca te asustaría con una enfermedad que no tengo —continuó el abuelo, realmente molesto—.
Iré mañana a hacerme esos análisis, y si es verdad lo que dice Rufo, me operaré, ¿contento?
—Lo veremos —contesté, escondiendo mi alegría—. Si es verdad que tienes eso, o todo fue una burda mentira para engañarme.
—¡Alessandro Minetti! —me llamó de nuevo furioso—. ¿Me estás diciendo mentiroso? ¡Respeta a tu abuelo!
Me quedé en silencio al sentir que Lilian se había quedado muy quieta, abrazada a mí. La estreché muy fuerte y besé su cabeza, rezando para que no tenga nada y vuelva a la normalidad pronto. Recosté mi cabeza sobre la de ella, cerrando los ojos en busca del descanso aunque no tenía sueño.
—¿Por qué no sigues, amor? —inquirió Lilian de pronto, haciendo que abriera los ojos—. No estoy dormida, estoy preocupada y no tengo sueño. Sigue la historia.
—Todo va a estar bien, cariño, Rufo va a descubrir qué tienes. No te preocupes, ya verás —le dije, aunque compartía el mismo miedo que ella—. ¿Dónde me quedé?
—El abuelo aceptó tratarse con Rufo y te regañó porque dudabas de él —contestó Lilian, lo que me dijo que me estaba prestando atención—. ¿Al final lo hizo?