¡Ups! ¡No me equivoqué! 75. RESOLVIENDO COSAS AL REGRESO
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75. RESOLVIENDO COSAS AL REGRESO

ALESSANDRO:

Me apresuré a decirle a Lilian que había hablado con Rufino muy seriamente porque me preocupaba que él también saliera herido. Me había prometido que lo cuidaría, porque quería todo con Miguel. Y me alegraba saber que éste también sentía lo mismo por mi mejor amigo.

—Sígueme contando, amor, abrázame bien, vamos a quitar las almohadas. Tengo algo de frío —señaló Lilian pegándose más a mí.

—Deja que suba la calefacción mejor y cúbrete bien —digo haciéndolo; ella me mira tristemente y cedo—. Está bien. Pero Lili, solo te abrazaré, cariño, no hagas locuras. Ven, ¿así está mejor?

—Sí, mucho mejor. También, de cierta manera que no sé explicar, Ale, te extrañaba. Pero te sentí al mismo tiempo a mi lado, así como ahora, abrazado a mí —me confesó mientras se estrechaba contra mi cuerpo—. Considero que ya no sé dormir si no estoy en tus brazos.

—¿En serio, Lili? ¿Sentías dormida que te abrazaba y besaba? —pregunté emocionado.

—Sí, todavía no tengo sueño —musitó tomando aire—. Termíname la historia.

Cerré los ojos sintiendo el cansancio en mis párpados, aunque el sueño estaba muy lejos de mí. No podía negarlo, me aterraba la idea de que Lilian fuera a dormirse y no despertar; y aunque ella no lo decía, podía sentir el mismo temor.

—Vamos, doctor, yo les indicaré en qué habitación poner a Damián; creo que al lado de la mía estará bien —intervino Luci, que miraba con lástima al enfermo en la camilla—. El pobre se ve peor que yo.

—Luci, usted también se va a ir a hacer un chequeo general mañana junto con Migue al hospital, ¿me escucha?

Ha desatendido mucho su terapia, tiene que retomarla al pie de la letra; iba muy bien, y mírese ahora.

Estoy seguro de que dejó de tomar las medicinas a las horas que debía —la regañó Rufo, mientras le observaba los granos que trataba de disimular en los brazos con una blusa.

Lucila bajó la cabeza ante su doctor, que la escudriñaba con ojos de médico.

A pesar de atender todos los detalles de llevar a Damián a la casa del lago, ella murmuraba que no lo había hecho a propósito, agregando que a veces estaba en medio de una negociación y no podía tomar las medicinas delante de todos por miedo a que descubrieran que no era Lilian.

—Eso no es excusa, debió hacerlo —siguió Rufo, muy serio—. Estoy muy molesto con usted, tan bien que estaba reaccionando al tratamiento; tenemos que empezar todo desde el inicio.

—Eso es verdad, el abuelo no debió involucrar a Luci —opinó Lilian, tratando de ayudar a su hermana—.

Estaba muy bien. Aunque con la locura que cometí, se hubiera puesto así de todas formas.

No fue solo por el trabajo, fue por el susto que se llevó.

Me alegro de que Rufo la regañara, debe pensar más en ella.

Estuve de acuerdo con ella, pero no dije nada; quería terminar la historia y ver si dormíamos un poco, por eso seguí contando la conversación de ese día.

—Déjala ya, Rufo —interrumpió el abuelo, abrazando a Luci protectoramente—. Es mi culpa.

—Lo sé, no debió ponerla a hacer ese trabajo estresante; nada es más importante que la salud, y estoy aquí porque me preocupa también mucho su salud, abuelo —le contestó Rufo, que se veía como si le sobrepasara todo lo que tenía a su alrededor. No era poco, Lili.

—Lo entiendo como doctora —comentó Lilian, de nuevo adormilada—. Rufo tenía mucho en sus manos: tenía a Damián en coma, a mí durmiendo sin saber por qué, Luci con una enorme crisis, el abuelo negándose a que lo atendiera, y para completar, Migue enfermo.

—Así mismo —estuve de acuerdo con ella, sin agregar la presión que yo le propinaba para arreglar todo lo de los dragones—. Pero el más difícil era el abuelo; ¿qué le dijo a Rufo?

Por mucho que Rufino se empeñaba en atenderlo, diciendo que estaba bien, que no debía preocuparse porque su doctor lo atendía bien.

—No lo está, y Luci tampoco —le increpó, enojado, Rufo.

—Está bien, doctor, discúlpeme, haré a partir de ahora todo al pie de la letra —contestó Luci, tratando de calmar a Rufo—. Mañana a primera hora estaré allá, pero el abuelo también tiene que ir a hacerse un chequeo con usted.

—Yo tengo mi doctor, hija —protestó el abuelo de inmediato.

Para sorpresa de todos, Luci lo enfrentó diciendo que no le gustaba el doctor del abuelo, que no era bueno, que era muy viejo y estaba desactualizado en los avances de la medicina. Además, le recordó que le había prometido que iría con su doctor a verse; si usted no va, yo tampoco.

—Luci, hija…

Por primera vez vi al abuelo nervioso y derrotado delante de una jovencita. La tomaba de la mano con cariño, como un niño pequeño queriendo complacerla, pero al mismo tiempo quería mantener su postura de que Rufino no lo atendiera.

—¡No iré si usted no me acompaña! —insistió Luci, como una niña pequeña.

Me gustaba ver cómo ella lo mandaba y él no hacía nada. Ella hace del abuelo lo que quiere. Incluso, el abuelo llegó a sugerir que Rufo los podía atender en la casa, tratando de escapar, pero Lucila se mantuvo firme.

—¡Dije que no! ¡Irá mañana con nosotros a hacerse un chequeo de todo! ¡Ese viejo que lo atiende a usted no me gusta! ¡No me gusta! —protestaba ella, realmente empecinada.

—Es un viejo amigo —murmuró el abuelo—. Me ha atendido toda la vida.

—¡Que no, abuelo! —se negó Lucila—. ¡Y le dije que no se tomara esas medicinas que le mandó! ¡Lo ponen bobo cuando lo hace!

—¿Qué medicinas? —interrumpió la discusión entre ellos Rufo.

No habíamos intervenido y dejábamos que sucediera para lograr nuestro objetivo, que aunque no se lo habíamos dicho a Luci, ella lo estaba haciendo.

—¿Dónde las tiene, abuelo? Se las había escondido, pero las cogió de donde las puse —le preguntaba Luci, mientras rebuscaba en los bolsillos de la ropa del abuelo, pero no las encontró.

—Yo no las tengo —contestó el abuelo, como un niño pequeño.

Yo observaba la escena sin poder creerlo.

El abuelo negaba con la cabeza y lo miraba riendo.

Entré en la oficina y enseguida las encontré.

Conozco cada escondite de él. Se las llevé a Rufo, que enseguida, al verlas, sacó su aparato de iluminar los ojos, mandó a sentar al abuelo y comenzó a examinarlo muy seriamente.

—Me temo, Alessandro, que Luci tiene razón —fue su veredicto.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el abuelo.