74. TODOS EN CASA
ALESSANDRO:
Me di cuenta de que no le había avisado a mi abuelo de esa decisión.
Como siempre, le pedí que me dejara subir a Lilian y luego le explicaría todo el asunto.
La señora Libia y Luci se quedaron con ella para cambiar su ropa.
Luego bajaron a nuestro encuentro. Ya le habíamos explicado todo al abuelo, quien estuvo de acuerdo con nuestra decisión referente a Damián.
—Le explicamos todo a la señora Libia, que, al enterarse de que él impidió que te suicidaras, enseguida aceptó llevarlo a la casa del lago —seguí contando.
—Claro que sí, hijo, lo cuidaré con mucho amor —aseguró Libia—. Le debo la vida de mi hija. Llévenlo a mi casa ahora mismo.
—Puedes estar seguro, Ale, de que Damián nunca más estará solo. Mamá, Luci y yo seremos su familia —aseguró Lilian con firmeza—. En estos momentos, ella ya lo adoptó como su hijo.
Ya me había dado cuenta de eso. Incluso sentía un poco de celos por el modo en que mi suegra y mi cuñada cuidaban a Damián. Lilian rió al verme, mientras me besaba la mejilla de manera cariñosa.
—Deja los celos, cariño, ellas también te quieren —señaló sin dejar de sonreír—. Tú eres el que tienes que volverte más familiar con ellas. Todavía no las sientes como tu familia.
—Lo intento, cariño —aseguré, estrechándola fuerte—. Ya a Luci la quiero como a mi hermana, y verás que llegaré a querer a mi suegra como a mi madre. Es que no tengo mucha experiencia en eso.
Me había criado sin madre, solo viendo a mi abuela, que permanecía casi todo el tiempo en Valencia. Mi abuelo me traía todo el tiempo con él, no queriendo que ella me volviera flojo. Lilian prometió que me ayudaría, diciendo que ya vería, que formaríamos una linda familia entre todos.
—Eso espero. Me gusta que seamos muchos ahora —confesé para mi propia sorpresa—. La casa no se siente tan vacía.
Ese día que llegamos, insistí en poner enfermeras y sirvientes en la casa del lago.
No quería que se cansara tanto, pero la señora Libia se negó, diciendo que ella era suficiente para cuidar de Damián.
Lo haría como si fuera su propio hijo. Por suerte, Rufo le puso algunas enfermeras para que la ayudaran, aunque ella insistía en que no.
—No, hijo, no hace falta. Supongo que ahora que tú regresaste, Alessandro, ya Luci no debe ir más a esa empresa, tampoco el abuelo —comentó Libia con un suspiro de alivio.
Asentí porque quería que ambos descansaran y se recuperaran. No quería agobiar a mi suegra ni a mi cuñada con el cuidado de Damián.
—Entonces lo cuidaremos entre las dos. Luci está más que calificada para administrarle cualquier inyección; Lili la enseñó —continuó explicando tu mamá.
Pero ella se oponía a que le pusiéramos enfermeras. Al final, acepté porque me había dado cuenta de que no iba a ceder. Ella era una mujer muy terca.
—Sí, mamá es así. Cuando se le mete algo en la cabeza, ella no cede —estuvo de acuerdo conmigo Lilian.
—Además, por lo que veo, Migue también estará aquí. Puede ayudarme también —concluyó, como para que yo no le insistiera más.
Ella había cerrado el tema de manera tajante. Ya la conocía lo suficiente para saber que intentar insistir era inútil. Me enfoqué entonces en garantizar que todo estuviera bajo control, mientras organizaba mentalmente las tareas pendientes más urgentes.
—Sí, señora Libia, lo haré cuando me ponga bien. Mi estómago me está matando, ya me conoce usted —contestó Miguel.
Miguel permanecía al lado de la señora Libia, blanco como un papel. Ella lo miró preocupada, como una madre. Lo abrazó y tiró de él mientras decía:
—Pues vamos a la cocina a hacerte uno de aquellos tés que siempre te hacen sentir mejor cuando te pones así.
Al escucharla, Rufo, que estaba concentrado en ordenar todos los detalles a las enfermeras sobre las cosas de Damián y Lilian, se giró de un golpe y detuvo a la señora Libia.
—¿Qué quiere decir, señora? —preguntó Rufo enseguida—. ¿No es la primera vez que le pasa eso a Migue?
—No, hijo, desde que lo conozco le dan esas crisis de vómitos.
Le he rogado para que se atienda, pero no me hace caso —contestó ella y le levantó la camisa a Miguel, señalando el costado—.
¿Lo ve? Se le inflama todo el lado derecho del estómago, sufre de fuertes dolores y vómitos.
Baja de peso un montón porque deja de comer y todo lo vomita.
Rufo dejó de hacer todo y se adelantó; miró lo que ella le mostraba. Luego tiró de Miguel por una mano, le tocó donde dijera la señora Libia y este se encogió, haciendo que él lo regañara fuerte.
—Debiste decirme eso, Migue. Ahora mismo te vienes conmigo al hospital, tienes, si no me equivoco, serios problemas con tu bazo —le dijo Rufo, realmente molesto y asustado; lo conozco bien, aunque trató de disimularlo—.
¿Cómo es posible que me lo ocultaras, cariño?
Vamos, creo que van a tener que operarte de urgencias hoy mismo.
—Siempre dije que él tenía otra cosa, pero es muy cabezota mi amigo —dijo Lilian, todavía sin dormirse—. ¿No sabes cuánto le he insistido para hacerle un chequeo general y siempre me decía después? ¿A qué se negó?
Me reí al ver cómo ella conocía a su mejor amigo, casi un hermano, como a ella misma. En efecto, Miguel se había negado con fervor.
—Amor, por favor, no hagas eso. Acabamos de llegar, cariño, ¿no puede ser mañana? Deja que tome un té, me bañe y descanse. Me siento fatal, quiero estar en la casa hoy contigo, por favor, amor, di que sí —le rogó Miguel; de veras se veía muy mal.
—Migue, es muy serio lo que tienes —insistió Rufo, muy preocupado.
—Te prometo dejar que me hagas todas las pruebas que quieras mañana, y si es de operación, como dices, lo haré —dijo Miguel, abrazado a Rufo—.
No protestaré a nada de lo que decidas hacerme mañana.
¿Sí, cariño? Deja que duerma contigo hoy, por favor.
Estoy agotadísimo, vamos, señora Libia, hágame ese té.
Mientras lo veía alejarse abrazados, como madre e hijo, Rufo aceptó para poder acomodar a Damián, pero lo amenazó con que no lo dejaría escapar. Juró hacerle al otro día un chequeo general, mientras murmuraba que ya sabía que tanto vómito no era por una simple comida.
—Menos mal que Rufo no se dejó engañar como hacía conmigo y se lo llevó, lo operó —opinó Lilian con un suspiro—. Si no, Migue todavía estaría con su bazo enfermo.
—Rufo esta vez está realmente enamorado de tu amigo, Lili; se preocupa y quiere hacerlo feliz —le dije con seguridad para que no se preocupara.
—Migue también; se lo veo en la forma en que mira a Rufo, lo está amando de veras. Esos dos van a ser muy felices —musitó Lilian pensativa—. ¿Estás seguro de que Rufino no va a jugar con él y después dejarlo?