72. EL PRIMER DESPERTAR
ALESSANDRO:
Fue una gran emoción volver a oír a Lilian llamarme y extender sus manos hacia mí ese día. La abracé con cuidado, temiendo que fuera un sueño. ¡Había despertado y me conocía, no se había olvidado de mí! Mi emoción era tan grande que tuve que tragar en seco para no llorar.
—¿De veras recordé todo bien esa vez? —quiso saber con incredulidad.
—Sí, te acordabas bien, al menos eso me pareció —respondí recordando ese momento.
—No me acuerdo de eso. ¿Qué sigue? —inquirió Lilian.
—¡Regresaste, Lili, al fin regresaste a mí, amor! —dije emocionado, mientras sentía cómo ella se estrechaba contra mi cuerpo.
Mientras Rufo la revisaba, yo no dejaba de mirarla feliz. Todavía no podía creer que al fin se hubiese despertado. Lilian me estrechó muy fuerte mientras me besaba en la mejilla.
—Oh, amor, de veras te hice sufrir por mi locura de dispararme. ¿Por qué no confié en que me encontrarías antes de que me atrapara Demon? —cuestionó Lilian, haciendo que la estrechara muy fuerte—. Estabas en la puerta cuando lo hice.
Era cierto lo que decía. Esperaba que ahora sí confiara y esperara por mí. Debe haber sido porque llevábamos muy poco tiempo juntos, y no sabía el alcance de mi amor por ella y de lo que soy capaz de hacer.
—Pero ahora lo sabes, cariño —le dije con ternura—. Aunque haré todo lo que esté en mi poder para que más nunca pases por eso.
—Lo haremos juntos, no dejaré que me atrapen así de fácil.
Me enseñaste a disparar muy bien; pude pegarle un tiro en la frente a Demon.
Pero solo podía pensar en que me quedaba una bala y en que no pusiera sus asquerosas manos en mi cuerpo —comentó Lilian, todavía sin dormir—.
Podía ver en su sonrisa malévola lo que pretendía hacer conmigo si me agarraba, Ale. Por eso lo hice.
—Mírame, Lili, sé que no estás acostumbrada a esta vida.
Pero, cariño, aunque utilicen tu cuerpo, no debes hacer eso que hiciste —vi cómo ella abrió los ojos—.
Lo que nunca debes dejar es que ensucien tu alma, que corrompan tus sentimientos.
¿Me entiendes? Nunca te culparé si por casualidad eres violada u obligada a tener sexo con otro.
Porque sé que solo conmigo harás el amor, ¿entiendes, cariño?
—Ale, no sé si podré aguantar eso —confesó, y por su estremecimiento supe que tenía miedo.
La estreché muy fuerte; haría todo lo posible para que ella jamás pasara por eso. Pero debía prepararla. No podía tolerar que volviera a dispararse para evitar tal cosa. Sé que la vida en la mafia es a veces demasiado cruel, pero le prometí que aprendería.
—¿Qué quieres decir? ¿Me pondrás a tener sexo con otros? —cuestionó levantando la cabeza con el terror reflejado en su rostro.
—¡No, cariño! ¿Cómo se te ocurre esa locura?
¡Eres mía, nadie te toca, solo yo! —me apresuré a decir—.
Pero te entrenaré para que aprendas a diferenciar el sexo rudo de hacer el amor.
Se puede tener relaciones sexuales sin amar a esa persona, sin que siquiera te guste.
El sexo es un arma poderosa que te enseñaré a usar.
—Me estás asustando, Ale —señaló mirándome fijamente—. Todavía no he aprendido a hacerlo contigo y me estás diciendo todo eso.
Suspiré profundamente. ¿Cómo explicarle que eso era la mafia? ¿Cómo decirle que esa era la vida de las mujeres en la mafia? Este era un mundo oscuro al que estaba acostumbrado y al que tendría que introducir a Lilian, aunque a ella no le gustara. Debía aprender.
Ella guardó silencio por unos segundos, intentando procesar lo que acababa de escucharme decir. Me sentía culpable por introducirla en esta vida, sobre todo al ver la sombra de incertidumbre y miedo en su bella mirada, revelando a la mujer vulnerable que había bajo esa fachada de terquedad y locura.
—No sé si podré hacerlo, Alessandro —susurró finalmente, con un leve estremecimiento que destruyó mi alma.
—No tienes que asustarte, porque todo ese camino lo harás conmigo. ¿Estás dispuesta a dejar que te enseñe, amor? —quise saber besando sus labios levemente.
Tomé su rostro con mis manos para obligarla a mirarme fijamente.
Lili debía entender que yo nunca permitiría que nadie le hiciera daño, ¡nunca!
Apoyé mi frente en la suya deseando evitar que tuviera que pasar por todo eso, pero aunque haría todo lo posible porque no le sucediera, debía estar preparada.
—Sí, haré todo lo que creas que puede servirme para mantenerme viva y esperar por ti —dijo al fin hundiendo su cabeza en mi pecho.
—Bravo, amor, pero recuerda —la obligué a mirarme de nuevo—. Este cuerpo es mío. Y no dejaré que nadie más lo toque. Confía en mí, linda.
—Lo hago, Ale, lo hago —aseguró para mi alegría. Pero las palabras no bastaban, debía demostrarlo para que me tranquilizara y yo confiara en que podía con todo lo que le lanzara la mafia. —¿Entonces, desperté por muchas horas en el avión?
Me di cuenta de que quería cambiar de tema volviendo a la historia de lo que había sucedido mientras ella dormía.
Me apresuré a contestar que no, el viaje entre París y Roma no era tan largo.
Rufo la había revisado y dijo que todo estaba marchando bien; luego hablamos un poco y ella había vuelto a dormir, no sin antes agradecerme:
—Te amo, Ale, gracias por venir por mí.
—Yo te adoro, Lili, te adoro; siempre vendré por ti, cariño, siempre. Nunca lo dudes, confía en mí, pero sobre todo, espera por mí. ¡Nunca más vuelvas a hacer eso que hiciste, cariño, nunca más! —te regañé mientras me dormía a tu lado. —Gracias a Dios que estás bien, estás bien, amor.
Te estreché un poco más contra mi cuerpo. Estaba muy feliz porque al fin habías despertado, pero sobre todo, porque al parecer no tenías ninguna secuela extraña. Reconociste a todos, y aunque tu brazo izquierdo lo movías lentamente, confiaba en que se te iba a pasar, como me dijera Rufo.
—¿En serio mi lado izquierdo se movía lentamente? —preguntó levantando el brazo y haciendo ejercicios con él—. Está normal ahora.
—Sí, lo movías despacio, pero ahora se recuperó.
Yo tenía mucho miedo de que te quedaras paralítica.
Pero por suerte no fue así, estás muy bien.
Rufo, desde que llegamos, mandó a hacerte fisioterapia —seguí explicándole con cariño—.
Luego cerraste los ojos; te veías que estabas todavía cansada, por eso no hablé más.
Tampoco quería que te dieras cuenta de dónde estamos y te entrara el pánico; al parecer no sabías que íbamos volando.