70. QUIÉN ESTÁ DETRÁS DE MINERVA
ALESSANDRO:
Pier se quedó mirándome fijamente por mi insistencia en la investigación de la Granulomatosis. Tenía entendido que iban muy adelantados; debían asegurarse de que siguieran trabajando en ella, tenía especial interés en que desarrollaran una vacuna lo antes posible.
—Sí, señor, se hará como usted mande. Ahora nuestros abogados se están haciendo cargo de todo, le harán un informe.
También, como me pidió el Consigliere Rufino, traje a los hombres de seguridad de nuestra organización.
Ya sacaron y desarmaron a todos los antiguos guardias.
Aunque, si me lo permite, señor, según Ignacio me dijo, casi todos son fieles a Damián; solo los jefes eran los traidores.
Pedí que los investigaran a todos y después decidimos —me informó Pier.
Estaba satisfecho con cómo trabajaba mi consigliere Rufino. También veía que los integrantes de la organización, los dragones, estaban siendo útiles. Por lo que sentía un gran alivio de que me ayudaran con este lío de Damián.
—Gracias, confío en usted —dije, sintiéndome aliviado—. Puede confiar en Ignacio para eso; es viejo, pero fiel a Damián; lo crió casi como si fuera su hijo, apóyese en él. Es más, póngalo al frente de la seguridad.
—Rufino me dijo lo mismo, señor, y ya di instrucciones para que lo pusieran de jefe —contestó de inmediato—. Nadie mejor que él para conocer los detalles de la seguridad; me dijeron que trabaja desde joven para el padre de Damián.
Estuve de acuerdo, diciendo que era de mi entera confianza y que podía confiar en él sin miedo para cualquier cosa.
—Ahora bien, señor Bruno, haga todo el cambio de firma y avíseme para venir a poner sus firmas autorizadas.
Sé que los dejo en un momento difícil, pero tengo confianza en que van a saber salir adelante —indicaba con urgencia—.
Usted, Pier, se ha ganado mi confianza por completo, y de antemano, señor Bruno, confío en que no me decepcione.
Confío en su habilidad para ayudarme a sacar las empresas adelante; no quiero que se pierda ninguna.
—Gracias, jefe, haré mi mayor esfuerzo —respondieron ambos, inclinándose frente a mí.
—Ahora me marcho; ya Rufo debe estar en el aeropuerto. Pier, dejo todo en sus manos; confío en usted —estreché muy fuerte sus manos.
El doctor Pier me explicó que Damián aún necesita más pruebas, pero todos los doctores creían que tardaría en despertar. Tenían que esperar para ver si el tratamiento que le puso Rufino daba resultados, pues esos barbitúricos le habían afectado realmente.
—En cuanto a su señora —siguió con seriedad—, opino que no tardará en despertar y no me parece que le queden secuelas.
No puedo estar cien por ciento seguro, pero eso suponemos, señor.
Felicidades; de veras, fue muy milagroso.
El doctor Rufino es mejor de lo que dicen, es un genio.
La operó sin rozar la masa cerebral; fue realmente impresionante verlo.
—Lo es; mi mejor amigo es un genio —aseguré con una sonrisa—. No tenga pena en decirlo. Es excelente en todo lo que hace; no por gusto es mi Consigliere en cualquier organización a la que yo entre.
—Lo sabemos, señor, que usted entra con él a todas partes —dijo Pier muy serio—. Creo que le va a causar problemas con algunos de la organización, jefe, si me permite el comentario.
—Pier, no solo eso me causará problemas —repuse con una sonrisa—. Opino, por lo que he estado escuchando estos últimos años, que ha sido algo caótica la organización, que tendremos mucho trabajo.
Estuve de acuerdo conmigo; hay muchos intereses en juego. Vería cómo hacía para tener todos los mismos intereses. Le pedí cuidar del asistente Renart, me parecía un gran chico.
—Mándenlo a investigar y envíeme los resultados a Roma —le pedí, organizando mis papeles—. También pónganle seguridad; no sé por qué me temo que su vida corre peligro. Ahora me marcho; ya saben, cualquier cosa me llaman a cualquier hora del día o de la noche.
Luego de dejarles todas las indicaciones y asegurarme de que los abogados se hicieran cargo de todo, me despedí de Ignacio, lo dejé al frente de la seguridad y a velar por todas las casas de Damián y demás propiedades.
Salí raudo para el aeropuerto; moría de ganas de verte, Lili. Me preguntaba por todo el camino: ¿será verdad que va a despertar? Extrañaba tanto oír tu voz; Dios, ojalá despierte hoy, ojalá, rezaba mientras me apresuraba a llegar a tu lado, vida mía.
—Oh, amor, cuánto te hice sufrir —susurró Lilian, besando mi mejilla—. Pero ya estoy aquí, para siempre. ¿Y qué más pasó?
Observo cómo Lilian se acomoda en mi pecho.
Me encanta su aroma tan delicado. Soy feliz, muy feliz; no me importa si tengo que aguantar.
El sexo no lo es todo; tenerla en mis brazos viva, sentir su respiración, su calor, su cabello metido en mi rostro, cómo se estrecha contra mi cuerpo, me hace feliz.
La abrazo fuerte, porque aunque no me ha dicho nada, sé que tiene miedo; lo puedo sentir, porque es el mismo que tengo yo.
Y me doy cuenta de algo ahora que estoy recordando todo.
¿Cómo no me di cuenta antes de ello? Cierro mis ojos y recuerdo la tortura que le apliqué a Freya; ella era fuerte, aguantó mucho.
Se ve que su marido la llevaba a los límites.
Pero poner a todos los hombres de su marido a que la violentaran fue más allá de lo que ella imaginó.
—¿Así que no vas a hablar, Freya? —me reí al verla enfrentarse a mí—. Se ve que te tenían bien entrenada. Bueno, si no hablas, no me sirves para nada, aunque un poco de diversión no me viene mal.
—¡Asqueroso, maldito, las pagarás, juro que lo pagarás!
—gritó furiosa—. ¡Tienes el enemigo en tus narices y no lo ves por solo pensar con tu cabeza de abajo!
¿Te crees muy superior? ¡No lo eres, no lo eres, estúpido!
Ja, ja, ja, te acordarás de mis palabras cuando ella acabe contigo; ya verás, ja, ja, ja.
—¿Cuántos de ustedes quieren salvarse? —pregunté, girándome hacia los hombres que ya habían bajado—. Si me demuestran que son realmente bien machos dándole con todo a Freya, les perdonaré la vida, pero tienen que esmerarse; ella está muy deseosa.
—¡No te atrevas, Minetti, no te atrevas a poner a esos perros a hacerme eso, no lo hagas, te mataré si lo haces! —seguía revolviéndose furiosa.
—Yo lo haré, jefe —se levantó uno decidido—. Ella toda la vida me ha despreciado, quiero desquitarme.
—Toda tuya —dije y me senté a observar cómo uno a uno todos se paran y hacen con ella lo que quieren.
En un principio se resistió, pero luego solo se dejaba hacer mientras me maldecía.
Al final me levanté y le di un tiro en la frente.
¿Cómo no conecté a Minerva con eso que me dijo Freya?
Tiene que ser ella, estoy seguro; Minerva debe ser a quien están utilizando para que me trabajara. Pero…, ¿quién está detrás de ella?