¡Ups! ¡No me equivoqué! 69. SIGUIENDO CON LA HISTORIA PASADA
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69. SIGUIENDO CON LA HISTORIA PASADA

MINETTI:

No contesté de inmediato, mientras seguía con la toalla secando mi pelo.

Hasta llegar frente a ella, observándola con detenimiento.

Lilian parecía más tranquila. Su mirada oscilaba entre los papeles y yo.

Me senté a su lado en la cama, lo suficientemente cerca para sentir el calor de nuestros cuerpos.

—Sabes que puedo soportarlo si no te portas mal —le coloqué un mechón de cabello detrás de su oreja con suavidad. —Nos pasamos durmiendo juntos desde que nos casamos y no te hice nada. ¿Piensas que tú puedes mantener tus manos lejos de mí?

—Sí, sí, Ale. Me quedaré tranquila, es muy serio esto que me pasa —se abrazó a mí con cariño. —Es verdad, estuvimos durmiendo juntos meses y no nos tocábamos. No quiero ir a dormir con mamá, pero si no puedes…

Pasé un brazo por sus hombros, atrayéndola hacia mí.

Besé su cabeza con cariño mientras me llenaba de aire y de paciencia.

Quité los papeles de sus manos y la ayudé a acostarse en la cama con suavidad.

La cubrí con la sábana, tapándola bien, mientras le decía que el agua estaba realmente fría. Me levanté para poner la calefacción.

—No, no, cariño —me retuvo por una mano. —Sólo abrázame.

—Nada de abrazos —la rechacé, dando la vuelta a la cama para acostarme del otro lado.

—Está bien, tienes razón en eso. Entonces sigue contándome qué más pasó en París —me suplicó, colocando una almohada entre los dos. —Estoy tan preocupada que no puedo dormirme.

Me acomodé a su lado, tratando de calmarme también. El deseo, con la preocupación y el baño frío, me había dejado. Tampoco quería preguntarle más sobre los resultados de sus pruebas, ni quería imaginarme lo peor.

—Bueno, después de que Minerva se marchó —continué la historia al ver que ella no se dormía y yo tampoco tenía sueño—, me quedé mirando la salida de Minerva pensativo.

Fue cuando confirmé que ella me estuvo utilizando para acabar con Damián; como te dije, ya tenía mis sospechas.

Al ver que Damián también sospechaba lo mismo, vi pruebas de cómo, sin yo saberlo, le había roto unos cuantos convenios.

¿Quién será en verdad Minerva? Es una pregunta que tengo ahora y también: ¿por qué quiere acabar con Damián?

¿Es que acaso no bastan mis enemigos y ahora tengo que luchar también con los de Damián?

—Disculpa, amor —me pidió Lilian de nuevo—. No sabía que Damián tenía tantos problemas y yo vine a aumentarlos a él y a ti.

La estreché muy fuerte, asegurándole una vez más que no era su culpa. Lilian colocó su cabeza en mi pecho mientras se acomodaba mejor. Al ver que no se dormía, decidí seguir con la historia.

—Volviendo a Francia —continué—, estaba pensando en el nuevo lío en que estaba metido cuando el timbre del teléfono me sacó de mis pensamientos. Lo tomé rápido al ver que era Rufo.

Rufino había arreglado que el director del hospital Pier buscara un hombre para hacerse cargo de todo lo de Damián y él mismo iba a ayudar.

Había terminado todas las pruebas de los dos.

Me anunció que podíamos viajar de regreso a Roma, también que a lo mejor Lilian parecía que iba a despertar porque la actividad de su cerebro estaba casi en los rangos normales, así que podíamos regresar.

Había arreglado todo para irnos, por eso es que me llamaba. El director Pier estaba por llegar a la empresa de Damián, donde yo estaba, con un hombre en quien podía confiar; aseguraba que era muy bueno.

—Explícale todo y luego vemos —seguía diciendo Rufo en su llamada—. Vete directo al aeropuerto; yo ya estoy saliendo con ellos para allá.

—Muy bien, Rufo, muy bien. No sabes la alegría que me das. Sí, ya llegó Pier. Te dejo, nos vemos en media hora. Adelante —ordené, al tiempo que cerraba el teléfono.

La puerta de la oficina se abrió y vi entrar al director llamado Pier del hospital, con otro señor con un gran maletín.

Me explicó que era un experto que se iba a hacer cargo de las empresas de Damián.

Se llamaba Bruno Laurent, es un economista con muchos años de experiencia.

Aseguraba que era el mejor para hacerse cargo de todo bajo su mandato.

—Mucho gusto, señor, digo jefe —observé al hombrecillo delante de mí, todo nervioso, con grandes espejuelos y un maletín que no sabía dónde poner, para al final extender su mano temblorosa.

Se la tomé para ver si se calmaba—. Disculpe, es que estoy muy nervioso; jamás imaginé que podría encontrarme frente a frente con el Uno.

Es un gran honor, señor; le serviré muy bien, señor, estoy a su entera disposición…

—Mucho gusto, señor Bruno —lo interrumpí y le sonreí, infundiéndole valor al estrechar con firmeza su mano—. Puede llamarme señor Minetti, usted también Pier. ¿Cuál es su nombre completo? —quería que ambos se sintieran en confianza para que fluyera nuestro trabajo.

—¡Oh! Disculpe, jefe, que no me presentara correctamente —se apresuró a aclarar también nervioso el director. ¿Qué pasaba con ellos? Pensé, ¿por qué tantos nervios por verme?—. Yo soy Pier Dubois, jefe. Digo, señor Minetti.

—Muy bien, Pier. Aunque me vaya ahora para Roma, no dejaré de estar en contacto con ustedes a cualquier hora del día o de la noche —hablé firme y claro para que sintieran que están bajo mi comando—.

Señor Bruno, no escatime recursos para salvar la empresa y sacarla de todos los líos en que la metieron.

Le alargué un teléfono que utilizo solo para comunicarme con mi abuelo mientras le explicaba que solo era para llamarme y sólo podría usarlo en caso de urgencia extrema. Le indiqué que se cuidaran de Minerva Boyle; era, por ahora, la enemiga potencial más peligrosa de Damián.

—Ya… ya me dijeron, señor —tartamudeaba el hombre, aún nervioso.

Seguí indicando que el asistente Renart le ayudaría en todo. No lo había investigado, por ello debían hacerlo ellos. Pero parecía muy confiable y no creía que estuviera con los enemigos.

—Le ordené hace un momento bloquear todas las cuentas de las empresas y las firmas autorizadas —le detallaba lo que había hecho.

—Muy bien, señor, no se preocupe, señor —contestaba el hombre sin dejar de anotar las cosas que decía—. No lo defraudaré; gracias por la confianza que deposita en mí.

Lo miré un momento. Era un extraño hombrecito que no dejaba de tomar notas. No sabía quién era, pero no me quedaba de otra que confiar. Luego me dirigí a Pier, pidiéndole que lo ayudara con todo lo referente a los laboratorios e investigaciones. ¡Tenía que asegurar la vacuna para Lucila!