¡Ups! ¡No me equivoqué! 67. LOS DESEOS INCONTROLABLES
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67. LOS DESEOS INCONTROLABLES

ALESSANDRO:

La solté violentamente. Minerva cayó sentada y me miró con odio.

Tuve que hacer un tremendo esfuerzo para no perder el control y darle una dura lección.

¿Quién se creía que era para jugar conmigo y amenazarme?

Ella no sabe con quién se había metido. No solo era el Capo di tutti i capi de la mafia italiana, sino que en estos momentos era el UNO de todas las mafias del mundo, con un poder que nadie podía igualar.

—¿Lograste controlarte, Ale? —quiso saber Lilian, que estaba empecinada en que me comportara bien.

—Sí, lo logré. Yo lo logro, amor —le aseguré, aunque no era lo que le había demostrado—. Yo puedo controlarme. Durante todos estos años, he tomado el control de mis emociones, aunque no te niego que luego tengo que descargar la furia con algo.

—Entiendo —sonrió satisfecha—. ¿Qué hizo después Minerva? ¿Te cogió miedo?

—Nada de eso, se puso de pie hecha una fiera y me encaró —contesté, recordando el hecho.

Minerva me había enfrentado fuera de control, diciendo que no sabía quién era ella.

Además, me dijo que no me convenía tener una enemiga como ella.

La observaba fríamente mientras ella vociferaba delante de mí, roja de furia.

Aunque no negaba que me había sorprendido.

De la mujer correcta y serena que recordaba no quedaba nada.

Sonreí mientras le dije lentamente, sin dejar de observarla:

—No, querida. Tú eres la que no sabe quién soy yo, y a ti es a quien no te conviene tenerme de enemigo. Así que acaba de decirme la cifra que te adeudan mis empresas y te la devolveré.

Saqué despacio mi chequera, tomé el bolígrafo y la miré fijamente, sin dejar de sonreír, en espera de la cifra. Ella se detuvo de pronto, mirando la chequera encima de la mesa y la calma que yo mantenía. Se calló unos instantes, llenándose de aire.

—¡No hace falta! ¡Te arrepentirás de hacerme esto, Alessandro Minetti, lo juro, te arrepentirás! —Y, diciendo esto, salió tirando la puerta violentamente.

—Vaya, Ale, ¿no te da miedo buscarte otra enemiga? —preguntó Lilian, haciendo que riera ante su ingenuidad.

Todavía riéndome por su inocente pregunta, la llené de besos. Todavía, Lilian no entendía el tipo de esposo que tenía, ni el poder que tenía entre mis manos. Su ingenuidad me provocaba una ternura absurda en un mundo lleno de crudeza como el mío.

—¿Miedo, amor? ¿Se te olvida quién es tu esposo? —inquirí sobre sus labios—. Desde niño perdí el miedo a los demás; solo volví a sentir miedo hace poco.

—¿Cuándo y por qué? —preguntó ella sin dejar de mirarme.

—Cuando creía que te había perdido para siempre, y cuando no despertabas, amor, estaba aterrado. No te lo niego —confesé y la besé con verdadero deseo.

Otra vez, Lili me pidió perdón por lo que había hecho, prometiendo que nunca más me haría sentir miedo. Lucharía a la par conmigo; aseguró que se volvería fuerte. No dije nada, solo la miré. Sabía que aún distaba mucho para que confiara ciegamente en mí, pero no dije nada.

—Te acompañaré a todas partes, me harás una digna Primera Dama y UNO. ¿De acuerdo? —ofreció, como si eso fuera una gran cosa.

—Lo haré, cariño, y gracias por prometerme eso —dije, sin agregar que no la dejaría jamás pasar peligro. La mantendría muy vigilada para que no volviera a suceder algo como eso—. Creí morir cuando te vi, Lili. Todavía al pensarlo se me encoge el corazón. Te amo como no sabía que se podía amar.

—Yo también te amo de la misma manera, Ale —respondió para mi alegría—. Tampoco sabía que se podía amar a alguien así. Te amo, te amo, te amo. Ven, dame un besito corto.

Envolví sus húmedos y deseosos labios en los míos, y para mi asombro, sentí cómo me devoraba.

Me di cuenta de que era verdad lo que me decía: se moría porque la hiciera mía.

Hablaría con Rufo ese mismo día. Corté el beso porque sentí cómo se estaba excitando demasiado; él me había advertido que no lo hiciera por ahora.

—Deja que siga contándote, cariño —me alejé de ella.

—Ale…, muero de ganas —susurró sobre mis labios, sin querer desprenderse de ellos.

—Lo sé, amor, yo también. Mira lo excitado que me pones, pero tenemos que detenernos. Prometimos seguir las instrucciones de Rufo al pie de la letra —le recordé para hacerla detenerse—. No debe elevarse tu presión sanguínea en el cerebro por ahora, cariño. Tú mejor que nadie lo sabes.

—¡Uff! Lo sé, lo sé. ¡Pero estoy que ardo, Ale…! —protestó, introduciendo sus manos en mi pantalón.

—¡Rayos, Lili! ¿Crees que yo no? —me quejé mientras le impedía que me acariciara más—. Muero por hundirme en ti hasta el cansancio, recorrer tu cuerpo con mi boca, saborearte hasta el delirio, saciarme de esta inmensa necesidad de hacerte mía…

La acaricié desesperado por todo su cuerpo. La deseaba con todo mi ser; aunque la razón me decía que me detuviera, mi cuerpo no respondía. Lilian me miraba con sus ojos verdes encendidos, desafiándome a ir más allá. Respiraba agitada mientras su pecho subía y bajaba visiblemente ante mis caricias.

—¡Detente, Ale, detente! ¡No me digas esas cosas, cariño! ¡Oh Dios, qué calor, qué calor! ¡Ya me subieron todas las presiones! —dijo, saliendo de mi abrazo y quitándose la ropa delante de mí.

Traté de no mirarla mientras en mi mente me repetía: Iba a morir, iba a morir, ¡diantres, aguántate, Minetti, falta poco, falta poco…!

—Lili… No hagas eso, amor… —logré decirle con las últimas fuerzas que me quedaban, cerrando los ojos para no saltarle arriba y devorarla.

—Muero del calor, Ale. Ven, acompáñame —se puso de pie casi sin ropa—. Mejor vamos a darnos un baño con el agua congelada. ¡Uff, me estoy quemando de deseo…!

Me quedé observando cómo Lilian se adentraba en la habitación en esas increíbles y transparentes bragas, y quise trepar por las paredes.

Podía aliviarme con mi mano, pero eso sería injusto para ella, que también se estaba aguantando.

Tenía que sacar fuerza de voluntad; tú puedes con esto, Alessandro, tú puedes, ya te falta poco.

—¡Ale…! ¿Qué estás esperando? —me llamó desde el interior—. ¿No pensarás que me voy a bañar sola? Dale, que yo sé que estás tan caliente como yo o más. Si quieres, puedo ayudarte con eso. Mírame, ya aprendí a poner bien la boca, dale, vamos a practicar, ja, ja, ja…

—¡Me vas a matar, Lili! ¡Deja de hacer eso!

—protesté, mientras no sabía si entrar o quedarme en el frío de la madrugada—.

¡Rayos! ¡No voy a poder si sigues así! En serio, quiero acompañarte en esta abstinencia, cariño.

Pero si sigues provocándome así, no voy a poder resistir. Estoy en mi límite, cariño, ayúdame.

—Dale, no seas cobarde, no te voy a hacer nada, te lo prometo —se metió en el baño. Respiré profundamente y me fui acercando despacio, decidido a aguantar. Cuando la vi que sacaba la mano con la braga en ella…—. Mira, Ale, ya terminé de quitarme la ropa, ja, ja, ja…

—¡Lili…! ¡Me voy ahora mismo a hablar con Rufo! —Y me alejé como si me estuvieran persiguiendo.

—No te vayas, no huyas —la escuché a lo lejos—. Ale… Ale… No me dejes sola, no te voy a hacer más nada. ¡Ale…!