¡Ups! ¡No me equivoqué! 66. EL DESEO CONTENIDO
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66. EL DESEO CONTENIDO

ALESSANDRO:

Estreché a Lilian queriendo tomarla en mis brazos y correr a la cama para consumar nuestro matrimonio ahora mismo.

Pero me aguanté, no podía poner en riesgo su salud.

Rufino había sido muy claro: debía cuidarla como si fuera un cristal, una piedra preciosa.

Había estado a punto de perderla; no debía ponerla en peligro.

—Vamos, cariño, no digas eso. Ya te dije que es normal.

Estamos enamorados y nos gustamos. Ven, tócame a mí —digo mientras dirijo su mano a mi erección—.

¿Ves? No eres tú sola; yo también me excito todo el tiempo cuando estoy a tu lado.

Pero, para tu tranquilidad, le preguntaré a Rufo.

Mejor entonces te sigo contando y dejo de besarte.

—Sí, cuéntame todo, es interesante —aceptó, dándome la espalda.

Seguí diciendo que después de despedir a todos los que estaban en la sala de reuniones en la empresa de Damián, había salido para regresar al hospital.

Muchos habían tratado de hablarme, pero me dirigí al despacho sin escucharlos y llamé a la secretaria para pedirle que me diera todas las cuentas bancarias de la empresa.

—Señor Minetti, eso lo maneja el asistente personal del señor Damián, Renart. ¿Se lo llamo? —quiso saber, muy seria.

—Sí, pídale que venga en este instante —le pedí de inmediato—. No sabía que Damián tenía un asistente personal. ¿Dónde se ha metido en todo este tiempo que no ha ido al hospital?

La secretaria me contó que por poco lo matan cuando ocurrió el infarto del padre de Damián, el señor Cavalieri.

Estuvo ingresado todo este tiempo y apenas acababa de salir del hospital.

Aseguró que, así de grave, había impedido que le robaran e hicieran más daño a la empresa.

Aún no se recuperaba y había venido así mismo para no dejar que hicieran más cosas, como por ejemplo entregarle la empresa a Minerva.

—Es muy amigo del señor Damián; se quieren como hermanos —concluyó ella.

—Llámelo en este instante —ordené de inmediato—. Me parece que el infarto de Cavalieri no fue tal; parece que lo mandaron a matar y ya lo mandé a investigar.

La secretaria se había marchado dejándome solo. Me puse a observar los papeles en la mesa mientras esperaba. Odio el francés, aunque lo domino bien; prefiero que sean en italiano. Los toques en la puerta me sacaron de mis pensamientos.

—Adelante —dije sin levantar la vista.

—¿Me mandó a llamar, señor? —preguntó un joven.

Levanté la cabeza para verlo en una silla de ruedas, con un brazo y una pierna enyesados, y su cabeza vendada.

Me dijo que era Renart. Pasó ante mi mirada interrogante a explicarme que iban en el auto cuando los chocaron, señor.

A Cavalieri luego le dio un infarto, pero él quedó así.

Acababa de pedir el alta en el hospital al saber que Minerva venía a apoderarse de todo.

—Gracias a Dios, usted vino a salvar las empresas.

Muchas gracias, señor Minetti; mi amigo no se merece que le hagan eso —hablaba muy rápido—.

¿En qué puedo ayudarlo? Me acaba de informar Ignacio que usted se hizo cargo no solo de las empresas, sino del señor Damián también.

Muchas gracias, muchas gracias, señor. Lo ayudaré en todo lo que pueda.

El joven me miraba como si fuera un dios bajado del cielo para salvar a su amigo. Fue evidente para mí que le era fiel a Damián y eso era justo lo que estaba buscando: una persona para dejar al frente de todo. Yo debía regresar a Italia.

—¿Puedes hacerte cargo de las empresas? —inquirí directamente.

Renart se quedó observándome con incredulidad mientras se señalaba.

Negó con la cabeza y, para mi sorpresa, aseguró que no podía hacerlo solo.

Pero sí podía ayudar en todo, porque conocía cada movimiento, convenio o contrato que había hecho el señor Damián, pero no era lo suficientemente inteligente para dirigir.

—Puedo hacer todo, si usted me guía —sugirió, mirándome fijamente.

—Está bien, buscaré a alguien que se haga cargo. Tú seguirás de asistente mío y de la persona a cargo —acepté al ver su sinceridad en lo que decía—. ¿Está bien contigo? Aunque creo que deberías tomarte un tiempo para recuperarte.

—Si me lo permite, asistiré desde aquí o desde mi casa a la persona que ponga; la secretaria también es muy buena y confiable —se apresuró a pedir.

Estuve de acuerdo; le ordené que se fuera para su casa. Trabajaría desde allí cuando lo necesitáramos, pero necesitaba que se quedara con la persona que dejaría a cargo, explicándole todo.

—No puedo quedarme, debo volver a Roma hoy —le expliqué—. Renart, para empezar, manda a congelar todas las cuentas bancarias de la empresa y rechaza todas las firmas autorizadas.

Estaba en eso cuando la puerta se abrió violentamente y una muy enojada Minerva hizo acto de presencia. Sin importarle nada, avanzó hasta detenerse frente a mí, delante del buró.

—¡Minetti, no puedes venir y adueñarte de todo así de fácil! —vociferó fuera de control—. ¿No sabes lo que me ha costado apropiarme de todo? ¡Llevo años trabajando para acabar con Damián!

Se calló de golpe al escuchar lo que había dicho. Al parecer, no debió decir eso último; en su furia se le escapó.

—¿Acabar con Damián? ¿Eres su enemiga? —pregunté, recostándome en el sillón mientras trataba de descifrar quién era esa mujer—. No lo sé, Lili; no te miento que ya sospechaba algo de que me estaba utilizando en su contra.

Lilian me miró intrigada. Me gustaba ver que ella seguía con gran interés toda la historia. Por eso seguí sin interrupción.

Me había quedado observando a Minerva, que hacía ahora todo lo posible por volver a su imagen profesional que siempre había utilizado frente a mí. No podía dejar pasar esta oportunidad.

—Vaya, vaya, vaya, ahora estoy entendiendo muchas cosas, Minerva; supongo que eso pretendías hacer conmigo también —señalé sin dejar de jugar con un bolígrafo en mi mano.

Luego me giré hacia el asistente—. Renart, retírate a hacer lo que te pedí.

Cuando termines, ven de nuevo; ahora tengo que atender a esta señorita.

Lo vi irse y puse toda mi atención en Minerva, que trataba de recobrar todavía su compostura.

Me preguntaba quién la había puesto al lado de Damián y metido en mi vida.

Por lo que estaba observando, ella no trabajaba sola.

Minerva se sentó con las piernas cruzadas en la silla delante de mí, justo donde podía observarla plenamente.

—No quise decir eso, Alessandro —comenzó con el tono meloso que había utilizado todo este tiempo—. No me malinterpretes; soy tu amiga. Sé que eres el enemigo acérrimo de Damián y por eso quise acabar con él, para ayudarte. También porque me interesas como hombre.

Se puso de pie mientras hablaba, insinuante, sin dejar de acercarse a mí. Luego comenzó a acariciarme el rostro. Pero le tomé la mano y se la apreté hasta hacerla arrodillarse.

—¿Me crees tan estúpido? ¿Quién te dijo que soy enemigo acérrimo de Damián? No sé qué tipo de vendetta tienes con él, pero escúchame bien, Minerva: ¡jamás permitiré que lo destruyas! —La alejé con furia de mí.