¡Ups! ¡No me equivoqué! 65. EL ROMPIMIENTO CON MINERVA
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65. EL ROMPIMIENTO CON MINERVA

MINETTI:

La abracé emocionado. Mi Lili seguía siendo tan ingenua y honesta.

La estreché muy fuerte repitiéndole que no era necesario, porque la fortuna de los Minetti ni en tres generaciones íbamos a poder gastar el dinero que poseíamos.

No tenía de qué preocuparse, porque gastar lo que desee no es nada para nosotros.

Nos quedamos así en silencio, la madrugada avanzaba mientras nosotros seguíamos abrazados en el balcón de nuestra habitación. Desde la segunda planta de mi casa podía ver el ritmo de mi propiedad, el cambio de los guardias y cómo entraban y salían del sótano.

—¿Qué hizo Minerva cuando le dijiste eso? —quiso saber Lilian.

—Cambió de actitud completamente. Estaba mirando a esa Minerva que había escondido muy bien de mí.

En ese instante pude ver con claridad el odio que sentía en su mirada.

Señor abogado —me giré hacia mi abogado—, le pido que se ponga en contacto con mis abogados en mi empresa en Italia, para que asuman el trabajo del rompimiento de todos los convenios que hayamos adquirido con la señora Minerva aquí presente.

—¡Minetti, no puedes hacer eso! —vociferó Minerva, pero no le presté atención.

—¿Rompiste todos los convenios con ella en ese momento? —otra vez me interrumpió Lilian—. ¿Podrías hacer eso?

Me reí de nuevo, besando sus ojos ante la preocupación reflejada en su rostro.

Desde el primer día, Lilian no tenía idea de quiénes éramos los Minetti.

Las raíces de nuestra familia se remontaban a siglos, y desde esa época fuimos demasiado ricos.

Las bóvedas estaban repletas más allá de lo que necesitábamos.

—Sí, querida, claro que podía. Le tomé la palabra. Ella fue la que me amenazó con ello, así que cayó en su propia trampa —repuse de nuevo.

Lilian guardó silencio, acurrucándose más en mis brazos. Recargué mi espalda contra el sillón, decidido a terminar la historia.

—En cuanto a ustedes, señores —me dirigí al supuesto grupo de abogados de Damián, que no eran más que unos rateros—, no necesitaré más de sus servicios.

—¡Señor Minetti, no puede hacer eso! —gritó uno, seguido por las voces de alarma de los demás—. ¡Tenemos un contrato firmado que no puede romperse así…!

—Puedo y lo he hecho —lo interrumpí. Realmente estaba furioso y desesperado por regresar a tu lado, Lili—.

Se les pagará a cada uno la indemnización que conlleva el rompimiento de ese contrato.

Pueden marcharse de mi empresa. No necesito sanguijuelas que, en vez de cuidar por el patrimonio de su dueño, lo están desmantelando mientras él lucha por su vida. Buenos días.

—¡Uyyy, qué impresionante mi hombre! —exclamó Lilian riendo—. Me encantas cuando te pones así, en son de jefe.

Me detuve al escucharla. No se me había olvidado su mirada la primera vez que me vio en son de capo. Incliné mi cabeza ligeramente hacia un lado, midiendo cada palabra como si estuviera dando el último aviso.

—¿En serio, cariño? —inquirí con incredulidad—. Pensé que me odiabas cuando me veías así.

—¡No, qué va! Te ves tan viril, tan macho, que, de veras, me excitas, Ale —aseguró, y para mi sorpresa preguntó—: ¿Cuánto dijo Rufino que debemos esperar para tener sexo, cariño? No sé qué me pasa, Ale. No te lo había querido decir porque me da mucha vergüenza.

—¿Qué es, linda? ¿Sientes algo mal? —cuestioné poniéndome en alerta—. ¿Alguna incomodidad? ¿Te duele algo?

Me alejé enseguida e instintivamente la revisé con mi mirada, inquieto por esa presión intracraneal de la que me había advertido Rufino. Quería cumplir a cabalidad lo que me había dicho. No quería que Lili recayera de nuevo.

—No, no es eso —se apresuró a decir al ver mi preocupación—. Es que…, es que…, ¿no te vas a burlar de mí?

—Te lo prometo, amor. Dime lo que sea —insistí con verdadera preocupación.

Lilian dudó aún un poco más. Luego se acercó a mi oído y me susurró que se moría de ganas por tener sexo conmigo, escondiendo el rostro con la colcha, acurrucada en mis brazos. No pude dejar de abrazarla y respirar aliviado de que fuera eso. Le besé la parte superior de la cabeza.

—Yo también, cariño, yo también —contesté, feliz de que fuera eso, mientras la estrechaba aún más entre mis brazos—.

Es normal que te pase. Vivimos besándonos, tocándonos todo el tiempo; claro que te tienen que entrar ganas de que te haga mía.

Pero ya falta poco. Le preguntaré a Rufino si al menos podemos tener juegos sexuales, ¿quieres?

Lilian levantó la cabeza, cubriendo su rostro con ambas manos llena de vergüenza. Sonreía acariciando su cabeza. Me encanta cuando se pone así, tan avergonzada como una adolescente. Entrelacé mis dedos en su cabello, atrayéndola contra mí mientras me llenaba de aire.

—Está bien, pero no le digas que es porque yo quiero, ¿de acuerdo? —me pidió, toda colorada—. Me moriría de vergüenza.

—No lo haré, ahorita mismo le pregunto —aseguré, queriendo también poseer a mi mujer al fin—. Y dímelo todo, cariño, me llena de alegría saber que me deseas tanto como yo a ti. Ven, deja que te bese.

—¡No lo hagas! No te acabo de decir que me muero de ganas de tener sexo contigo, cada día son mayores, no sé qué me pasa.

Mi cuerpo ante tu roce se eriza completo, mi centro se contrae y vivo húmeda cuando me besas o me abrazas.

No te miento, tócame ahora, ¿ves? —preguntó al tiempo que guía mi mano hasta su centro mojado y caliente, que me enloquece; la saco rápido antes de cometer una locura—.

¿Te diste cuenta cómo me tienes todo el día?

Por favor, cariño, no dejes de preguntarle a Rufo, muero porque me hagas sentir de la manera que lo hiciste en la casa en la playa.

¿Qué iba a hacer con esta mujer que se comportaba tan inocente conmigo? Me volvía loco sin que pudiera resistirme. Todo mi cuerpo reaccionaba ante su toque, a pesar de toda mi fuerza de voluntad; ella derribaba las barreras que ponía. Jamás otras mujeres me habían desarmado de esta manera.

—Lili, Lili, mi Lili —susurro, apretado con fuerza a su cuerpo—, contigo he pasado las mayores pruebas de mi vida. ¿Sabes lo que acabas de hacer al meter mi mano ahí? ¡Diantres!

Resoplo para aguantarme, porque ahora mismo quiero poseerla con todo. Trato de alejarme de ella lo más posible, porque si sigue no voy a poder controlarme. Pero ella está pegada a mí, sin dejar que me aleje. Le aseguro que le preguntaré a Rufo en cuanto lo vea.

—Pero Lili, me explicó algo de la presión cerebral sanguínea cuando me lo prohibió; me asusta, cariño, que por no aguantarnos te dé algo —le cuento lo que me dijo Rufo, porque como doctora ella puede entender mejor.

—Entiendo y sé que tiene razón, todavía no se ha normalizado, yo vi los resultados de las pruebas —acepta con un suspiro—.

Pero quizás podamos ahora hacer algo pequeño; ya pasó una semana.

Y si todavía debemos esperar, no me hagas tantas cosas.

Nunca había sentido estos locos deseos, estoy pensando que es por el daño cerebral. ¿Estás seguro de que no podemos?