64. ENCUENTRO CON MINERVA
MINETTI:
No puedo dejar de mirarla mientras sonrío satisfecho.
Nunca le he escondido el impacto que tuvo en mí desde el primer instante en que apareció en mi vida.
En ese momento en que la tenía en mis brazos, prefería solo observarla, acariciando distraídamente un mechón de su cabello.
Mi Lili era muy hermosa, sobre todo en su ingenuidad y honestidad.
—No lo hice, porque aunque Minerva es hermosa, en su mirada vi desde el primer día algo que no podía definir y me impidió hacerlo.
Tampoco pude averiguar su vida; era como si hubiera aparecido de la nada.
No tenía una historia, ni familiares, tampoco sabía dónde estudió —le sigo contando todo a Lilian.
—Nada, un total enigma muy inteligente. Un día en que mi abuelo me estaba insistiendo en que me casara, la mencioné.
Él se negó rotundamente, diciendo que no podía casarme con un fantasma.
—¿En serio? —Lilian hundió su rostro en mi hombro, haciendo que me estremeciera.
Confiaba ciegamente en mi abuelo, por ello, cuando se negó, me quedé en silencio, porque tenía razón en eso. Estaba de acuerdo con él, no podía casarme con alguien de quien no conocía nada de su vida y que al parecer se había encargado de esconder muy bien.
—No niego que seguí coqueteando con ella, luego de casarme falsamente contigo —confesé, apretando más a mi mujer—. Ese día la vi un poco decidida a ceder a mis insinuaciones, pero nos interrumpiste, señora Minetti. Y dejé de pensar en ella para concentrarme en ti.
Lilian logra zafarse de mi agarre. Se aleja lo suficiente para mirarme fijamente, queriendo leer la verdad en mi mirada.
—Ajá... ¿dejaste de pensar en ella, eh? —ironizó, sin dejar de mirarme fijamente, aunque una sonrisa traviesa asomaba en sus labios—. ¿No me mientes? ¿No volviste a verla ni a coquetear con ella?
Lilian me escrutaba con esos ojitos verdes llenos de picardía.
Mi corazón salta acelerado al verla volver a ser mi alocada mujer de la que me enamoré sin yo mismo saberlo.
Hasta lanza un suspiro exagerado con cara de pena.
Se acerca más, hasta que su rostro está casi pegado al mío.
Aprovecho y la tomo con ambas manos y la beso apasionadamente.
—No, cariño, ese fue el último encuentro que tuve con ella —aseguro, tomando sus manos y tratando de no reírme de su expresión—.
Por eso, al verla entrar por aquella puerta en la sala de reuniones de la empresa de Damián, realmente me sorprendió.
Esperaba a cualquiera menos a ella. ¿Qué hacía allí, cuando en muchas ocasiones me aseguró que no hacía negocios con él?
—De acuerdo, supongo que puedo creerte por esta vez.
Pero no creas que me olvido de todo lo que pasó esa vez —me señala el pecho con su hermoso dedo y luego me amenaza—.
Algún día me dirás por qué tuviste que tratar a una mujer tan "profesional y seria" como tu aliada.
No se te puede confiar nada, ¿eh? Sigue contándome exactamente qué pasó con ella en París.
Me río complacido por lo bajo y la vuelvo a besar. Precisamente su carácter impulsivo e impredecible es lo que me tiene completamente atrapado en ella desde el inicio. Pero acepto contarle todo.
—De acuerdo, te describiré exactamente la conversación —dije con un suspiro.
CONVERSACIÓN CON MINERVA:
Minerva había entrado en la sala de reuniones con arrogancia. Parecía la dueña de todo. Me saludó con una sonrisa amplia, avanzando y dándome dos besos en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. Retrocedí para mirarla, y al verme hacerlo me dijo:
—Veo que no esperabas verme aquí, Minetti.
—Buenos días, Minerva, ¿qué haces aquí? —inquirí fríamente. Había algo en ella que no me gustaba.
—Vine a ponerme al frente de todo —respondió muy segura, sin dejar de mirarme desafiante a los ojos.
—¿De todo? ¿Qué quieres decir con "de todo"? —pregunté a mi vez. —Realmente, Lili, esa mujer me había sorprendido.
—Bueno, veo que no te han informado de nada —siguió hablando ella con una sonrisa de triunfo.
—¿De qué me tienen que informar? —seguí comportándome como si ella no hubiera dicho nada.
Minerva pasó su mirada burlona por todos los presentes antes de regresar a mí.
Luego, con un tono sarcástico, explicó que las empresas mantenían un convenio con las suyas, el cual habían incumplido, lo que le daba todo el poder para embargar dicha empresa.
Lo explicó con una expresión victoriosa, acompañada de una enorme sonrisa de felicidad.
—Lo que no sé es, ¿qué haces aquí, querido? —cuestionó entrecerrando los ojos.
—Ya veo que tú tampoco has sido informada —respondí, consciente de que iba a borrar esa expresión de felicidad—. Soy el dueño legal de estas empresas, y no va a ser necesario que las embargues.
—¿Qué quieres decir con eso? ¡No puedes comprarlas! ¡Me deben todo a mí! —gritó, perdiendo el control.
Sin hacerle caso a sus gritos, saqué del bolsillo una chequera. La miré muy serio, esperando la cifra, junto a un bolígrafo.
—Dime ahora mismo cuál es el monto que adeuda mi empresa a la tuya, con todas las comisiones. Te lo pagaré en este instante —exigí con firmeza—. Acababa de conocer a la verdadera Minerva.
—¡No puedes hacer eso, Alessandro! —me gritó, visiblemente enojada, y, para mi sorpresa, me amenazó—. ¡Si lo haces, romperé todos los convenios que tengo contigo en Italia!
Tuve que aguantarme para no soltar la carcajada. Fue evidente para mí que no me conocía realmente. Minerva había cometido un gran error que me convenía. Me estaba subestimando. Realmente quería reírme, sin dejar de observarla; movía la mandíbula ligeramente mientras la analizaba con burla.
—¿Te amenazó con eso? ¿Y qué hiciste, Ale? —preguntó Lilian con evidente preocupación—. ¿Perdiste muchos negocios por salvar a Damián?
—No, querida —le acaricié la mejilla—. Nosotros, amor, no debemos preocuparnos por el dinero. No tienes ni idea de cuánto tiene nuestra familia. Así que no tienes que preocuparte nunca más por eso, gasta todo lo que quieras en lo que quieras. Pero sigamos con lo que hablé con Minerva.
Ella se había quedado mirándome fijamente para luego pasar su mirada por todos los presentes que bajaron la cabeza ante ella, algunos escondiendo sus risas y otros rendidos ante mí.
Sobre todo al escucharme decir que no había problemas.
Pero le aclaré que debía pagar por todas las indemnizaciones que eso conllevaba.
—¿En serio, Ale, no perdiste mucho por salvar a Damián por mi culpa? —insistió Lilian, a pesar de que le había aclarado que lo que nos sobra es dinero.
—No, linda, no perdimos nada —aseguré de nuevo—. Fue bueno dejar de colaborar con ellos. Ella me había quitado un dolor de cabeza y ahorrado mucho dinero con su descontrol.
—Menos mal —suspiró Lilian aliviada—. No me gustaría que te metieras en problemas por eso. Si eso pasa, podemos vender de esas empresas que eran de papá. ¿De acuerdo? Vende todo.