63. EL INTERROGATORIO A LOS PRISIONEROS
MINETTI:
No le contesto a Lilian de inmediato. En su lugar, por alguna razón, viene a mi mente lo sucedido unas horas antes, cuando llegamos de Francia con los prisioneros.
Los mandé ubicar a todos en mi sótano, mi salón de interrogatorios.
Al entrar, después de visitarla a ella en mi habitación y al comprobar que estaba dormida, me dirigí al lugar.
Al entrar, miré a los hombres atados con cadenas por sus manos, colgando del techo; están todos golpeados. Sin embargo, ninguno dice nada. Al parecer, o no saben, o no quieren soltar prenda.
—Jefe —se acerca Humberto, lleno de sangre—, creo que ninguno de ellos sabe nada. El ayudante del segundo es quien dijo algo. Dice que hay un pez más gordo detrás de todo.
—Eso ya lo suponía —contesté, arreglando las mangas de mi camisa—. El padre de Demon no era tan inteligente para armar todo esto. Y estoy mirando que esta historia viene desde que mis padres vivían.
—Así es, jefe, la italiana, mujer de Demon, dijo eso también —me informó Humberto, visiblemente cansado.
—¿Trajeron a las mujeres de ellos? —quise saber, porque nadie me había informado. Humberto asintió diciendo que estaban en la otra habitación y que todavía no las habían interrogado.
—Tráiganlas ahora —ordené, queriendo interrogarlas de inmediato. Humberto frunció el ceño, y supe lo que estaba pensando—. ¿Desde cuándo nos hemos detenido delante de sus mujeres? ¡A veces son peores que los hombres!
—Disculpe, jefe, las traigo ahora. —Lo veo marcharse a toda prisa mientras me siento en una silla a observarlos a todos. Son más de veinte.
Las mujeres, al llegar, me observan con rabia y miedo. Enciendo un tabaco con calma. Ahora me alegra haber dejado a Rufo en el hospital, su conciencia de doctor me detiene en muchas cosas. No lo necesito ahora. Ellos me van a tener que decir todo lo que saben, o los mataré sin contemplación.
Las mujeres se tiran dando gritos delante de mí. Me alejo de ellas para que no me ensucien. Odio esos espectáculos. Pero sí me percato de una que no llora, solo observa a su alrededor. Mira a los hombres colgando y escupe en su dirección.
—¿Crees que acabarás con todos nosotros, Minetti? —inquiere con rabia.
—¿Y tú quién eres que me conoces? —cuestiono, entrecerrando los ojos mientras suelto una bocanada de humo.
—¡Soy Freya! Me conoces muy bien, ¿o es que acaso lo olvidaste? ¡Perro! —Ahora escupe en mi dirección, furiosa.
Y a mi mente viene ella. Me la ofrecieron una noche de juergas en un club de sexo. Su propio marido me la dio, no sabía en aquel entonces que era su esposa. Por poco la mato ese día.
Me acerco despacio, tomo su barbilla y le giro la cara.
Trata de alejarse; no la dejo. La giro y le rompo su blusa, y ahí está.
El tatuaje que recordaba, junto a la marca que le dejé con mi anillo, de haber sido poseída por mí.
Siempre lo hago, y eso les sube el valor.
Son perseguidas por los cabecillas de los grupos, debido a que creen que las volveré a buscar porque me gustaron.
Nunca lo hago, no repito mujeres. Es el principal motivo de por qué las marco.
—¿Me dirás todo lo que sabes a las buenas o tengo que sacártelo? —pregunto con frialdad, sin dejar de fumar.
—¿Qué voy a ganar con eso? —pregunta a su vez.
—¿Vivir no es más que suficiente? —La observo detenidamente mientras sigo fumando mi tabaco.
Ella suelta una carcajada que más bien parece un grito de impotencia, mientras las lágrimas recorren sus mejillas.
—¿Me crees tan tonta? —logra decir al fin—. Sé que ninguno de nosotros saldremos vivos de aquí. ¡No te diré nada! ¡Nada!
—Oh no, cariño, tú me dirás todo lo que yo quiero saber y más —susurro mientras esbozo una sonrisa siniestra, quitándome el saco y arremangando mi camisa—. Yo mismo te haré el honor de sacártelo, querida.
Puedo ver cómo retrocede dos pasos instintivamente, y todo su cuerpo se estremece a pesar de querer aparentar valentía delante de las demás, que se arrinconan contra la pared.
—¡Amárrenla en el potro! —ordeno sin dejar de subirme las mangas de la camisa. Le doy unas últimas chupadas a mi tabaco.
—¡No, no, ahí no, maldito, maldito! —grita cuando la agarran. —¡La pagarás, Minetti, la pagarás…!
Una sacudida me hace regresar al presente. Lilian me observa con los ojos entrecerrados en busca de la respuesta a la pregunta que me hiciera. La beso en los ojos, haciendo que deje de mirarme. A veces no puedo esconderle nada cuando veo su mirada limpia y anhelante.
—Ale, ¿en qué piensas, cariño? Sigue, ¿quién fue la que llegó? —Estrecho fuerte a Lili y continúo contándole lo que ella quiere saber, claro está, no todo.
—En todos mis años de hacer negocios, nunca me había llevado tan bien con una mujer dentro de ese mundo —admití, a pesar de que sabía que podría ponerse celosa, pero no quiero mentiras entre los dos—.
Pero Minerva llamó mi atención desde la primera vez que nos encontramos.
Su profesionalidad y seriedad en su trabajo fue lo que más me impresionó de ella.
Tampoco voy a negar que su belleza me hizo mirarla, y hasta pasó una o dos veces la idea de pedirle que fuera ella mi compañera.
—Espera, amor —se desprende de mis brazos intentando incorporarse—. ¿Me estás hablando de la francesa aquella que vi el día que tú dices que fui a marcar mi territorio?
—Esa misma, Lili. Minerva hizo varios convenios muy buenos conmigo. Y no te voy a negar que quería llevármela a la cama —confesé, viendo cómo su ceño se fruncía.
—¡Lo sé, lo pude sentir ese día! —dijo, soltándose de mis brazos para mirarme de frente—. Ese día, aunque no estaba consciente de que estaba enamorada de ti, sentí una punzada en mi pecho de celos al verlos tan cerca.
La miro fijamente con una sonrisa de complacencia en mis labios. Lilian baja la mirada como una colegiala ruborizándose. Subo una ceja con incredulidad; ella baja la cabeza, pero asegura de nuevo.
—Sentí celos, por eso te besé —confesó, ruborizada.
—Lo sabía, estabas marcando tu territorio —reí divertido mientras la atraigo de nuevo a mis brazos—. Quise aquel día comerte, Lili, estabas tan linda. Yo tampoco sabía que ya te habías metido dentro de mi corazón, amor, pero me atraías como un imán. Me sentía arder a tu lado.
—¿De veras, Ale? —sonríe lanzando sus brazos a mi cuello—.
No sabes cómo me gustó que le dijeras a Susel que yo no necesitaba permiso para entrar a tu oficina.
Pero sobre todo, que te negaste a ir con Minerva.
Me diste mi lugar y eso, Ale, fue algo que me llenó de admiración por ti.
Ese día ganaste muchos puntos conmigo, amor.
¿Por qué no le pediste nunca estar contigo?