¡Ups! ¡No me equivoqué! 62. ES MI AMIGO
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62. ES MI AMIGO

MINETTI:

Miré el reloj en mi muñeca que seguía corriendo.

Eran las tres de la mañana y no teníamos sueño.

La vida se movía a un ritmo frenético, y en cada latido, sentía la locura de la mafia acechando.

Pero al mirar a Lilian, supe que íbamos a desafiar juntos los demonios que se interponían en nuestro camino.

—No tengo nada que perdonar. Pero no solo lo hice porque te salvó la vida, Lili. Aunque teníamos esta rivalidad, si te diste cuenta, nosotros no nos odiábamos realmente —confesé la verdad de mi relación con Damián. —Es mi amigo. Fue mi culpa todo lo que pasó entre nosotros. Por eso también lo hice.

—Hiciste bien, Ale —suspiró Lilian—. Damián no es malo; lo que pasa es que está solo y resentido porque le quitaste el amor de su vida.

—Lo sé, cariño, lo sé. Por eso lo dejaba ganar la mayoría de las veces que me hacía algo —contesté, recordando a mi amigo—.

Porque lo necesitaba, pero realmente nunca me traicionó ni me atacó de veras; nada más era un juego de quitarnos las mujeres.

Damián sabe muchos de mis oscuros secretos y yo los suyos, y nunca los empleó en mi contra, nunca.

Mientras hablaba, estreché más fuerte a mi esposa en mis brazos. La noche estaba calmada, podía escuchar el suave sonido de nuestra respiración, marcado por un fondo de promesas no dichas y decisiones por tomar.

—Por eso tienes que arreglarte con Damián —la escuché decir—. Tienes que dar tú el primer paso, él no debe saber cómo hacerlo y está muy solo. ¿Lo harás por mí, cariño?

—Ya lo hice, Lili, ¿no te das cuenta? —quise saber mientras la acariciaba—. Lo estoy protegiendo como siempre hice.

—Gracias, cariño, muchas gracias —volvió una vez más a agradecerme—. ¿Y qué pasó después?

—Rufo estuvo de acuerdo conmigo, Damián no solo era mi amigo, lo es de él también; de jóvenes vivimos muchas aventuras juntos —confesé, recordando nuestro pasado—. Deja que siga contándote.

Una ráfaga de viento sopló, haciendo que nos estremeciéramos, trayendo consigo un olor a lluvia. Lilian se acercó un poco más, encendiendo dentro de mí una chispa en mi corazón. Respiré profundamente, llenando mis pulmones de aire. Y proseguí contando la historia en el hospital ese día en Francia.

—No es mala idea —me contestó al preguntarle a Rufo si nos traíamos a Damián con nosotros—. Ignacio está viejo, su esposa no puede velar bien por él, yo podría atenderlo personalmente. Sí, haremos eso, nos lo llevaremos a Roma. Arreglaré los papeles de traslado de los dos.

—Muchas gracias, señor Minetti, muchas gracias, doctor Rufino; yo sabía que ustedes no iban a dejar abandonado a su amigo —nos agradeció con lágrimas en los ojos Ignacio.

Se inclinaba repetidamente, muy emocionado, Ignacio delante de mí y de Rufo.

Él quiere a Damián como un hijo; era su guardaespaldas desde que nació.

Su mujer era su nana, ellos realmente lo quieren mucho.

Fueron quienes lo criaron en realidad, porque el papá de Damián, al morir su esposa, no se ocupaba apenas de él, solo trabajaba.

—Qué bueno que al menos los tiene a ellos que lo quieren mucho —opinó Lilian con una sonrisa—. ¿Y qué hiciste después?

—Te dejé al cuidado de Rufo, junto a nuestro cuerpo de guardias élite; me llevé a Humberto y Estefan junto a otros —contesté de inmediato.

Las oficinas centrales de las empresas de Damián quedaban casi en el centro de París.

Llegué sabiéndome dueño, y avancé a paso seguro ante la mirada asombrada de todos los que me conocen muy bien como el enemigo de su jefe Damián.

Tomé el elevador hasta el último piso; al abrirse, el jefe de seguridad me enfrentó.

—Buenos días, señor Minetti, ¿qué se le ofrece? —preguntó con arrogancia—. El señor Damián está ingresado, como debe saber, no tiene nada que hacer aquí.

—En eso se equivoca —repuse de inmediato—. Desde este mismo instante deja de ser el jefe de seguridad. Queda despedido.

—¿Qué? ¡Usted no puede hacer eso! ¿Quién se cree que es? —protestó, pero me di gusto en contestar.

—El dueño de todo, ¡de todo! ¡Desaparece de mi vista!

—me agaché mientras mis hombres lo rodeaban—.

Su deber primordial era el de velar por Damián y lo dejó solo, a merced de sus enemigos que por poco lo matan.

¡Humberto, no quiero ver más esta escoria!

Hazte cargo de la seguridad, ubica a nuestros hombres, quítale las armas y credenciales a todos los demás.

Desde este momento, tienen prohibida su entrada a todos los edificios y oficinas de mis empresas. Ignacio, por favor, ayúdele.

—¡Señor Minetti, usted no puede hacer eso, no tiene el derecho! —gritaba el jefe de seguridad.

Fue acallado por una llave que le hizo Humberto, que le quitó todas las credenciales y armas, mientras se los entregaba a otros de mis hombres, ordenando hacer todo lo que mandé. Estaba realmente furioso porque habían traicionado a Damián, que siempre los trató muy bien.

—¿En serio? ¿Damián es bueno como jefe? —se interesó Lili.

—Sí, demasiado diría yo —respondí; era algo que le había dicho muchas veces.

—Sigue.

Los observé con desdén y seguí avanzando, molesto, ante la mirada atónita de los trabajadores rumbo a la sala de reuniones; al llegar, todos me miraron sin entender nada.

—Buenos días, solo hago acto de presencia para informarles que a partir de hoy, esta empresa y todas las propiedades de Damián pasan a ser mías —les comuniqué furioso; quería meterles un tiro a todos en la cabeza por traidores—.

Se hará una reducción del personal, se cambiarán los directores y jefes que han estado implicados en el desmantelamiento de las mismas.

—¡No puede hacer eso, no puede aprovecharse de que Damián está enfermo! ¡Nosotros velaremos por ellas! —gritó uno de los desvergonzados abogados, poniéndose de pie.

Pero el abogado personal de Damián los mandó a callar mientras les explicaba por qué yo era el dueño de todo.

Les mostró el testamento de Damián, donde le dejaba todo a Celia, mi difunta esposa.

Al ella fallecer sin herederos ni testamento, todo pasa a ser inmediatamente del esposo.

Pues, como todos conocían, Damián tampoco tenía herederos.

—¡Pero el señor Damián no está muerto! —habló otro, mirando nerviosamente a los demás.

El abogado es muy bueno; era cierto que Damián no ha muerto, pero está en coma, por lo que, hasta que él despierte, yo tenía todo el derecho de hacerme cargo de todo.

Mostró la sentencia del juez en que me otorgaba todo el poder para velar por mi futura herencia.

A partir de ese momento, me había hecho cargo de todo, incluso de las deudas las cuales había pagado y adquirido; todas las acciones que fueron vendidas pasan a ser el único accionista y dueño de las empresas y propiedades a nombre de Damián.

Por lo que, a partir de ese momento, todas las cuentas de la empresa quedaron congeladas y las firmas autorizadas, revocadas.

Nadie tiene derecho a extraer dinero de las mismas.

—¿Cómo? —cuestionó otro accionista, dirigiéndole una mirada cómplice a los demás. Estaba seguro de que eso no se lo esperaban.

—¿Qué quiere decir con eso de que las cuentas están congeladas? La empresa tiene que pagar muchas cosas —añadió otro.

—Lo hará directamente de sus cuentas el señor Minetti —respondió fríamente el abogado.

Todos se veían entre ellos; de seguro que ninguno contaba con eso. La puerta se abrió en esos momentos para dar paso a alguien que yo no esperaba y que no pensé tener que enfrentar jamás.

—¿Quién era, Ale? ¿Quién llegó? —preguntó Lilian, que seguía pendiente de lo que contaba.