61. CONTINUANDO LA HISTORIA
MINETTI:
Sonreía al ver sus hermosos ojos verdes iluminados con asombro, sonreí tomando su rostro y la besé.
La situación de Damián en ese entonces era precaria, y la vida en la mafia era fatal.
Su padre murió siendo el capo mayor de su grupo en Francia, y los demás, con Damián en coma, quisieron tragárselo.
Volví a besarla al ver la chispa en su mirada tan limpia que tanto adoraba en mi esposa.
—Lilian, la mafia nunca perdona —le advertí, bajando la voz y creando un ambiente de complicidad entre nosotros—. Las trampas están a la vuelta de cada esquina. Y sí, confío ciegamente en tu hermana Lucila como lo hago en ti. Me ha demostrado que puedo hacerlo.
La admiración en su mirada casi podía palparse, haciendo que sonriera y la abrazara con fuerza. Necesitaba esa confianza y admiración en mi esposa, para que cuando estuviera atrapada en medio de un peligro inminente, confiara en que yo la encontraría y rescataría.
—Es ella la que en este momento controla todo lo de aquellas empresas de Damián en Francia —contesté con sinceridad.
—Por eso decidí dejar todo a su nombre por ahora; ya sabes que se necesitan muchas firmas y cosas.
Ella lo puede hacer, lo hace bien y siempre cuenta conmigo para todo.
El abuelo también la ha enseñado muy bien. Ja, ja, ja, él alardea de eso.
Nos estrechamos muy fuerte sintiendo que la conexión entre nosotros aumentaba a pasos agigantados. Mi mano se encontró con la suya, mientras el amor seguía floreciendo en medio de esta vida que nos había tocado vivir.
—Gracias, Ale, muchas gracias. Es una lástima que Luci esté enferma, pero es mucho más inteligente que yo —dijo con un gran orgullo.
—Prácticamente, todo lo que sabe Luci lo ha aprendido sola.
Yo nada más le pagué, cuando era jovencita, un profesor de computación, cuando al fin le pude comprar una computadora para que se entretuviera en la casa, hasta que aprendió.
Después de eso, ella se volvió una excelente en todo eso del internet.
Y ha pasado cursos de todo, le encanta aprender.
—Ya me di cuenta, es muy buena —estuve de acuerdo.
—Está bien, me gusta eso que hiciste —comentó ella volviendo a entrar entre mis piernas mientras nos envolvía con una colcha. —¿Qué hicieron todos esos traidores cuando se enteraron? ¿Quién y cómo estaban matando a Damián? ¿No lo cuidaban sus hombres?
La miré queriendo detenerme, pero sabía que ella no se iba a dormir hasta que le contara todo.
Por eso proseguí contando que Ignacio tenía grandes sospechas de que Damián no despertaba porque le estaban haciendo algo.
Cuando había entrado al baño y salió, se encontró con una enfermera que nunca había visto antes.
Al verlo, se puso muy nerviosa y logró quitarle lo que le iba a poner en el suero.
—Mírelo aquí —me mostró una jeringuilla con un líquido. —Quería ver si Rufo me dice qué cosa es.
—¿Con quién dejaste a Damián ahora? —quise saber enseguida, preocupado.
Ignacio me contó que la mayoría de los hombres lo habían abandonado.
Su esposa estaba muy enferma y no podía cuidar de él, aunque quisiera.
Él tenía que dejarlo solo para ir a ver a su esposa también.
Había llamado al jefe de seguridad de la empresa y le contestó que no podía enviar a nadie hasta la noche.
—Sé que él está trabajando a favor de esos abogados, señor, por eso tiene desprotegido al niño —me pidió de nuevo Ignacio.
—Tampoco dejan que su secretaria venga a estar con él.
Me temo que lo quieran matar. Ellos creen que no ha hecho testamento, y al no tener heredero, se lo repartirán todo entre ellos.
—¿Por qué no viniste a hablar conmigo antes? —lo espeté furioso. —Vete ahora mismo y pide que lo traigan para aquí. Espera, Humberto, Estefan, vayan con Ignacio y trasladen a Damián para aquí con Lilian.
—¿Qué pasa con Damián? —preguntó Rufo al llegar en ese momento—. ¿Por qué lo vas a poner con Lilian?
—Mira esto, Rufo, ¿qué es? —y le entregué una jeringuilla con un líquido amarillo que me había dado Ignacio.
Rufo la examinó mientras le contaba lo sucedido.
Dijo que eran barbitúricos que se utilizaban para inducir el coma y enseguida quiso saber desde cuándo le estaban poniendo eso a Damián.
Ignacio no sabía con exactitud. Hacía unos quince días había dado señales de querer despertar.
Fue cuando su esposa pasó una semana sin despegarse de él.
No lo dejaba solo para nada, pero luego que ella se fue, volvió a caer en ese estado.
—Duerme y duerme todo el tiempo desde que ella se fue. ¿Es muy malo? —quiso saber Ignacio.
—Sí, realmente lo es. Porque Damián no tiene ningún daño cerebral, y esto solo se debe utilizar por un corto periodo de tiempo —contestó Rufo con preocupación.
—Debes ir a ver la historia clínica de Damián; si le han estado poniendo esto hace mucho, puede que le hayan causado un daño cerebral cognitivo severo.
—Vaya, no sabía que estaba tan descuidado Damián —confesé sintiéndome culpable por no protegerlo antes. —Bueno, Rufo, ¿qué me aconsejas que haga?
Rufo estuvo de acuerdo con trasladarlo al lado de Lilian. Luego le realizó más exámenes. Le llevaría unas tres a cuatro horas.
—Muy bien, mira esto. Damián le dejó todo a Celia en su testamento —mostré los papeles. —Y están acabando con sus empresas. Voy a asumir todo para evitar que eso suceda. ¿Consideras que hago bien?
Rufo estuvo de acuerdo con todo. Me recordó que, después de todo, si no fuera por él, yo sería viudo. A pesar de todo, era nuestro amigo de la juventud y siempre me ha dicho que no me odia de verdad. Solo siente que lo decepcioné porque no cuidé a Celia.
—Vete a tomar el mando de todo; no podemos dejar que lo destruyan así. Cuando termine, te llamo —señaló sin dejar de revisar la historia de Damián. —Luego decidimos a quién dejar al frente de ellas; tiene que ser alguien de nuestra entera confianza. Hablaré con Pier.
—Está bien, ve pensando en alguien; yo me voy ahora con Ignacio. Avísame en cuanto todo esté listo. Creo que me llevaré a Damián conmigo —ordené de inmediato.
Ahí fue cuando lo decidí; me di cuenta de que si lo dejaba en Francia, eran capaces de matarlo. No podía dejar que eso sucediera. Le debía la vida a mi esposa.
—Y yo le debía la vida a él, cariño —continué acariciando su mejilla. —Sabía que no me lo ibas a perdonar si no hacía esto por él. Y con eso que me acabas de decir, sé que tomé la decisión correcta.
—Es verdad, Ale, muchas gracias —me agradeció de nuevo. —Pero…, ¿lo perdonaste tú también?