59. CONTANDO LO SUCEDIDO
ALESSANDRO:
Ignacio estaba todavía recuperándose de sus propias heridas. Era un buen hombre. Quería con todo su corazón a Damián. No lo presioné, dejé que dijera lo que había venido a decir.
—No, no, señor —negó de inmediato—. Esa peritonitis que tuvo lo dejó muy mal.
Sigue en coma y los médicos no saben si despertará.
Pero no vine por eso. Señor Minetti, yo sé que ustedes dos tienen sus diferencias, y que por esto último que le hizo a su señora, usted a lo mejor no quiera saber nada de él.
No obstante, le aseguro que sigue siendo el mismo muchacho que era su mejor amigo. Solo está dolido, resentido y solo.
—Ignacio, no des más rodeos y ve al grano. ¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo que algo estaba mal.
La expresión de su rostro cambió al ver que me preocupaba. Los recuerdos del día del tiroteo en la cabaña, donde Damián salió muy malherido porque intentó impedir que Lili se disparara en la cabeza, me llenaron de angustia. Le debía la vida de mi mujer.
—Usted sabe que el niño está solo —continuó Ignacio después de que lo hiciera sentarse—. No tiene otros familiares. Bueno, el caso es que como está así, están acabando con sus empresas y yo no tengo el poder legal para impedir nada.
—¿Qué quieres decir? —quise saber, queriendo que acabara de decir a lo que había venido—. ¿Quién está acabando con las empresas de Damián?
—Hay un grupo de abogados que siempre se opusieron al trabajo que hacían su padre y Damián.
Han detenido unos cuantos proyectos y ahora lo están demandando.
Lo van a llevar a la ruina —sacó unos papeles de su saco—.
Encontré esto entre unos papeles del niño Damián que hacía mucho me había dado a guardar.
Como puede ver, es su testamento, ahí le dejaba todo a su difunta esposa Celia.
—¿A mi esposa Celia? —inquirí, tomando todo.
No podía creer todavía que Damián hubiera hecho eso. Ignacio guardó silencio mientras revisaba el testamento de Damián. Todo estaba en regla, pero ella había muerto y Damián seguía vivo. Todavía no entendía por qué me lo decía.
—Señor Minetti, al estar su exesposa muerta, todo lo de ella le pertenece a usted, que era el legítimo esposo al morir —lo miré, lleno de incredulidad—.
Ya hablé con el abogado de la familia y me dijo que sí, que como el padre de Damián dejó toda su fortuna a su único hijo, y este a Celia, usted puede ir a tomar posesión de todo hasta que Damián despierte.
—¿Yo? —solté, realmente sorprendido—. ¿Y para qué voy a hacer eso? Tengo más que suficiente con todos mis negocios y los de mi esposa.
Al escucharme, Ignacio cayó de rodillas delante de mí, rogándome que lo hiciera.
Confesó que sabía que me estaba pidiendo demasiado.
Pero él, aparte de no tener ningún poder, tampoco tenía el conocimiento para dirigir nada de eso.
Toda su vida había sido solo un guardaespaldas.
Ha tratado de que el abogado personal recupere todo lo que están vendiendo, pero su dinero no es tanto, ni el del abogado tampoco.
—Pero, señor Minetti, tenemos localizadas todas las cosas que han vendido y quizás usted sí pueda adquirirlas —se detuvo sin dejar de que lo ayudara a ponerse de pie—. Prefiero que sean suyas que de unos extraños.
Lo observé sin responder, luego de obligarlo a sentarse de nuevo en la silla.
Estaba cansado, tenía unas grandes ojeras y respiraba con dificultad.
Pero podía ver claramente que no le quedaba otra opción que venir a mí.
Damián había salvado a mi esposa, no podía dejar que lo arruinaran de esa manera.
Volví a leer el testamento para asegurarme de que en verdad tenía el derecho antes de responder.
—Muy bien —dije, al ver que era verdad que soy el legítimo heredero de todo hasta que Damián despierte—, dígale al abogado que compre todo lo que vendieron de las propiedades, ¡todo! Que ofrezca lo que tenga que ofrecer, pero que recupere todo lo de Damián.
Lilian se giró entre mis brazos para mirarme a los ojos. Luego me besó con pasión. Al separarnos, sus ojos brillaban reflejando las luces.
—¿En serio, Ale? ¿Damián le dejó todo a Celia? —quiso saber Lilian, sorprendida como yo—. Todavía debe amarla mucho.
—Sí, él le dejó todo a Celia, y la ama todavía, lo sé —contesté con pesar—. Por eso me odia, porque no la cuidé bien.
—No fue tu culpa, amor —dijo ella, como otras tantas veces desde que se enteró de cómo había muerto Celia y mi pequeño hijo.
—Sí lo fue, no debí salir con tan poca seguridad de aquella fiesta —refuté lo que me decía.
Cerré los ojos tratando de tranquilizarme y continuar—.
Eso no viene al caso ahora, ya no puedo hacer nada, solo cuidar de sus cosas.
Por eso es que ahora todo es mío temporalmente.
Bueno, no exactamente mío. Te explico ahora lo que hice, deja que siga el orden de lo sucedido.
—Está bien, ¿y qué hiciste cuando te dieron el testamento? —retomó ella, en el punto que lo había dejado—. ¿Compraron todo como ordenaste?
—Sí, recuperamos todo —contesté de inmediato.
Le había ordenado a Ignacio no solo que recuperara todo, sino que mandé a convocar a todos los abogados de la empresa. También al consejo de la empresa en pleno en la sala de conferencia de las oficinas centrales. Quería hacer una reunión en la que tomaría el control de todo.
—¡Muchas gracias, señor Minetti, muchas gracias! —Ignacio me agradeció emocionado.
—No me las des, es lo menos que puedo hacer por Damián, haber impedido que mi esposa se suicidara —aseguré, estrechando su mano—. Velaré por todo hasta que él despierte, y si no lo hace, ya veremos.
—¿Damián fue el que impidió que me suicidara, Ale? —preguntó Lilian al escucharme. La miré preocupado—. Esa parte no la recuerdo bien. Solo recuerdo a Demon avanzando hacia mí, sonriéndome con aquella mirada amarilla y su sonrisa malévola.
La estreché muy fuerte, no podía creer que ella no recordara ese fatídico hecho. Pero ahora no podía mentirle. Por eso le conté que Damián le atrapó en el último instante su mano y, aunque disparó, la bala no se introdujo en su cabeza porque él tiró de su mano, haciendo que disparara hacia arriba.
—¿Y quién lo hirió así? —logró preguntar, casi sollozando—. Recuerdo haberlo curado de un disparo. ¡Ale! ¡Santa Madonna Madre de Dios! ¡Damián…! ¡Damián, Ale…! ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo pudo hacer eso? ¿Cómo? ¡Si apenas me conocía!
—¿Qué cosa, cariño? —pregunté, preocupado al ver lo alterada que estaba, temiendo que le sucediera algo con ese lío de la presión intracraneal—. Cálmate, no te alteres así, no llores, dime lo que sea. Vamos, Lili, me estás asustando.
—Damián… —trató de responder entre sollozos, sin poder controlar el llanto—. No solo me salvó esa vez. ¿Cómo pudo hacer eso, cómo? Él… él…