58. RECORDANDO EL PASADO
ALESSANDRO:
La mujer me observa con expresión de terror mientras busca con la mirada a su hijo. Abro el abrigo y dejo que lo vea dormido en mi pecho. Se echa a llorar mientras niega frenéticamente con la cabeza al escuchar mi pregunta.
—No, no es hijo de Demon —logra al fin decir—. No sé quién es su padre. Me hacían...
Bajó la cabeza, abochornada, sollozando. Entendí a lo que se refería; de seguro la tenían de mujer de pago y complacencia. Saco al niño de mi abrigo y se lo devuelvo; ella lo toma temblando. Rufo la cubre con una de las mantas que tenemos en el auto.
—Hazte cargo de todo —le ordeno a Rufo y cierro los ojos.
Por suerte, el viaje de regreso fue rápido y sin problemas.
A pesar de haber torturado a todos los prisioneros, no logramos saber a quién se refería el segundo de Demon.
Solo la chica llamada Milena nos dijo que era alguien muy poderoso, que había sido el de la idea desde que mis padres dirigían la organización. Quería ser el jefe.
Salgo del baño y voy al balcón queriendo fumar.
Lilian está acostada y parece que duerme, pero yo no puedo hacerlo todavía, pensando en todo lo sucedido unas horas antes.
¿Ese jefe será quien está detrás de la desaparición de mis padres y de la muerte del padre de Lilian?
Sacudo la cabeza al escuchar que se acerca Lilian.
—¿Qué haces, amor? —pregunta en cuanto llega.
—Nada, cariño, fumando un tabaco antes de acostarme —respondí mientras me giraba para verla—. ¿Te sientes bien?
—Sí, pero no tengo sueño, y al no sentirte en la cama me asusté —contesta, mientras se abraza a mí—. ¿En qué piensas?
—En cosas que debo resolver, cariño —repuse evasivamente.
—Deja que me siente y abrázame —me pide con dulzura.
Nos sentamos en el balcón de la habitación.
Ella se acomoda dentro de mis piernas, la estrecho fuerte.
Estoy feliz porque Lili no ha vuelto a quedarse dormida indefinidamente.
Todas las pruebas que le ha hecho Rufo han dado buenos resultados.
Está evolucionando muy bien y se comporta como siempre: alegre, amorosa y alocada, aunque también temerosa.
Lo puedo observar. A cada rato gira la cabeza, mirando asustada a su alrededor.
La hago sentarse delante de mí en el sillón para poder abrazarla mejor. Tengo que trabajar en que vuelva a recobrar su confianza. Parece un conejito asustado, siempre metida en mis brazos. Ahora mismo está envuelta en una colcha, mientras la abrazo y apoyo mi cabeza en su hombro.
—Amor, ahora que ya estoy mejor, ¿puedes contarme la historia de todo lo que pasó mientras dormía esos tres meses en Francia? ¿Y por qué Damián está así de grave? —me pide, para mi sorpresa—. No recuerdo que su tiro en el pecho fuera tan malo. Yo lo curé en la cabaña, de eso me acuerdo bien.
Al escucharla decir eso, se me hace un nudo en la garganta.
La imagen de ella que tengo en mi cabeza me desmorona.
No quiero hablar de esos días en los que su sueño infinito pesaba más que el aire mismo.
Pero ella tenía derecho a saberlo todo. Rufo me había advertido que debía decirle siempre la verdad sin ocultarle nada.
No podía haber secretos entre los dos. Le acaricio la mejilla con cariño.
—¿Quieres saber por qué trajiste a Damián a Italia? ¿Qué es eso de que eres el dueño de toda su fortuna? Me lo dijo Luci, ¿no te aprovechaste de que está así para adueñarte de todo, verdad? —quiere saber sin dejar de mirarme. Sabía que esa mirada que me dedicaba hace días tenía que ver con Damián.
—No, no, cariño, no es así —me apresuré a decir—. ¿En serio quieres que te haga esa larga historia?
—Sí, quiero que me cuentes cada detalle, no te saltes nada —exigió con vehemencia—. Te amo, Ale, y sé a lo que te dedicas, pero me dolería que le hicieras eso a Damián ahora que no puede defenderse.
La estrecho fuerte. Sé que tiene motivos para desconfiar de mí con respecto a Damián, por eso no le contesto enseguida. Me tomo un segundo para pensar. Lilian no iba a dejar de preguntar hasta averiguar toda la verdad. Me besa suavemente los labios, exigiendo una respuesta.
—No le he hecho nada de eso que estás pensando a Damián.
Está bien, cariño, escucha la historia. No omitiré ningún detalle —suspiré, resignado a contarle todo sin dejar nada fuera—.
Hacía más de dos meses desde que tú te habías disparado cuando inició todo.
Habías despertado unos días después; tuvieron que volverte a dormir porque no estabas tranquila, al punto de levantarte y provocar un edema.
Rufo te indujo al coma por un tiempo. Luego, cuando quiso despertarte, no lo hiciste.
Él no quería moverte y el viaje en avión hasta acá era demasiado peligroso.
Tampoco queríamos exponerte a un viaje tan largo por carretera.
Por eso decidimos quedarnos allá hasta que estuvieras en condiciones para viajar en avión.
Lilian me escuchaba atentamente, con la vista perdida en mis campos de golf donde mis hombres habían iniciado a correr. Ya era de madrugada. La sentí llenarse de aire y luego soltar todo su aire asintiendo.
—Entiendo lo que hizo Rufo —dijo con suavidad—. Es verdad, las lesiones en la cabeza son muy peligrosas, ¿y entonces qué pasó?
—¿Qué me aconsejas, Rufo? —le consulté ese día cuando terminó de examinarte con cara de preocupación—, no puedo seguir aquí en Francia.
—Ella está bien, Ale, lo que no despierta —respondió como siempre—.
Voy a realizarle unos exámenes y si todo da bien, nos la llevaremos.
Su herida sanó bien, su cerebro no presenta ningún problema en su recuperación, lleva tiempo todavía para que se normalicen ciertas cosas, pero puede viajar controlada por mí.
Dame unas horas y te digo. Yo tampoco puedo seguir con esta viajadera de Roma a París, me está matando y Migue ni hablar, no para de vomitar.
Le voy a hacer unos exámenes a él también en cuanto llegue.
—Está bien, mandaré a tener listo el avión —estuve de acuerdo con él.
Continué contándole cómo había regresado a la habitación después de que Rufo se había ido y yo regresado a su lado en la habitación donde seguía ella dormida.
Tenía que estar esa misma noche en Roma; la situación con un nuevo grupo que amenazaba con expandirse más de lo permitido me preocupaba.
La sabandija de Rodrigo se supo escapar y esconderse muy bien y era él quien estaba detrás de todo.
Por otro lado, Florencia le estaba poniendo las cosas muy difíciles a Luci, interfiriendo con todos los buenos convenios.
Gracias a Dios ella es muy buena. Recobró el control de todo con mi ayuda.
Sin embargo, el estrés le estaba cobrando factura; se había llenado de granos y Rufo quería que ella dejara de trabajar.
El abuelo también estaba perdiendo memorias más rápido de lo que habían dicho. Definitivamente, debía volver.
—Estaba esperando a Rufo cuando unos toques en la puerta me hicieron levantar la cabeza de la computadora —seguía recordando todo lo sucedido en el hospital.
—Buenos días, señor Minetti. —Ignacio, el hombre de confianza y casi un segundo padre de Damián, entró despacio en la habitación—. ¿Puedo hablar con usted?
—Dime, Ignacio, ¿algún cambio con Damián? —pregunté mientras le estrechaba la mano.