¡Ups! ¡No me equivoqué! 57. CAZANDO EN MARSELLA
19%

57. CAZANDO EN MARSELLA

(RETROSPECTIVA)

ALESSANDRO:

Llevamos dos horas detrás de estas ratas, pero si ellos creen que se nos van a escapar esta vez, no me conocen. El que me ataca a mí lo paga muy caro, ¡muy caro! Y eso que le hicieron a la mujer de mi vida no se los voy a perdonar jamás.

—Alessandro —me llama Rufo—, creo que se adentraron en otro territorio, lejos del de Demon.

—No me importa, Rufo, seguiremos —ordené con firmeza—. No dejaré escapar a ninguno, ¡a ninguno!

Seguimos avanzando por el territorio. Es un pueblo de las afueras de Marsella. Los hombres del grupo del padre de Demon se esconden con todas sus familias. Alguien salta delante de mi auto, y nos detenemos.

—¿Quién es? ¡Péguenle un tiro en la cabeza por meterse en el medio o pásenle por arriba! —grité, furioso, sin querer perder más tiempo.

—Jefe, es una mujer —me informa el chofer.

—¿Una mujer? —pregunto, mirando hacia adelante.

—Vamos a ver de quién se trata, Ale —me pide Rufo—, a lo mejor nos dice dónde se encuentran.

Bajamos del auto despacio. Me coloco mis guantes negros y saco mi arma. No me importa quién sea; si es de ellos, le meteré un tiro. Está arrodillada en medio de la carretera, llena de nieve. Es una mujer joven y tiene un bulto en sus brazos.

—Señor, por favor, ayúdenme —me pide en cuanto me ve, en perfecto italiano. Eso me llena de sospechas. Estamos en Francia, ¿cómo supo que somos italianos en medio de la nada?—. Mi hijo no tiene la culpa de nada.

La mujer levanta la cabeza lentamente. El frío le ha robado el color de sus mejillas. Los brazos envuelven con fuerza el bulto en sus brazos, apenas dejando entrever una manta ajada en la que parece haber algo pequeño y frágil.

—¿Quién eres? —inquiero secamente.

No sería la primera mujer lastimera que ayuda a los enemigos a tenderme una trampa. Se estremece al ver que no me he conmovido con su imagen.

—Yo…, yo… —tartamudea y baja la cabeza para terminar de decir en un susurro lastimero—: era una de las mujeres de Demon.

No ha terminado de decirlo cuando saco mi arma y le apunto, decidido a acabar con ella.

Antes de que pueda eliminarla, Rufo me toma la mano.

Luego se agacha al lado de la mujer, quien está iluminada por los focos del auto.

En ese momento se escucha el llanto de un bebé.

Entrecierra los ojos mientras le quita el cabello del rostro.

—¿Eres la hija menor de Máximo Tonetti? ¿La desaparecida? —preguntó Rufo, para mi asombro.

La mujer traga saliva y mira fijamente a Rufino, tiene los ojos enrojecidos, posiblemente por el frío o por haber llorado. Puedo ver el miedo en ellos, pero también una determinación que me llama la atención.

—¿Me… me conoce, señor? —preguntó sorprendida, mirando a Rufino con asombro.

—¿La conoces, Rufo? —quise saber, acercándome a ella.

No es la primera vez que nos encontramos con rehenes de los grupos mafiosos. Sobre todo las mujeres, que son fáciles de raptar y tomar como pago por deudas entre mafiosos.

—A ella la recuerdo más o menos de niña —Rufo se pone de pie mientras sigue explicando—.

A su padre sí lo conozco muy bien. ¿Recuerdas al dueño del restaurante en el que trabajaba cuando me encontraste?

Ella era su hija, que luego desapareció.

Él me ayudó mucho. Tiene ese lunar característico y se le parece. No sé qué hace aquí.

Mi dedo descansa sobre el gatillo. Sé que esta podría ser una trampa.

Conozco la historia. Mis hombres, aunque no han bajado la guardia, permanecen alerta.

Pero si hay algo que aprendí en este podrido mundo de traición y muerte, es a escuchar la verdad entre líneas.

Y su mirada, ahora fija en Rufo, me dice otra historia.

—¡Rufo! —exclamó con un grito la mujer, mirando hacia el bosque aterrada—. ¿Eres Rufo, el estudiante de medicina?

—Sí —respondió Rufo y volvió su atención a ella—. ¿Milena es tu nombre, no?

—¡Es una trampa, Rufo, es una trampa! —grita de pronto. Se pone de pie, lanzándose contra Rufo. Ambos chocan conmigo y caemos al piso, al tiempo que una gran ráfaga de fuego se cierne contra nosotros.

Mi espalda golpeó el suelo con fuerza. El estruendo de los disparos llenó el aire, y vi cómo varios de mis hombres mueren ante los disparos que caen sobre nosotros de todas direcciones.

Me arrastro hasta debajo de mi auto, que es alto, junto con Rufo que tira de la chica herida.

Tomamos las ametralladoras que tenemos debajo de ellos y comenzamos a disparar, cada uno desde una parte del auto.

—¡No dejen que se escape ninguno! —ordené a mis hombres que se han acercado en varios autos que me seguían.

—¡Al suelo, Ale! —gritó Rufo al ver que trataba de salir por el otro lado, mientras cubría a la mujer y al niño con su cuerpo.

Los que nos atacan, al ver nuestras armas largas, se dan a la fuga.

Los perseguimos por todo el pequeño bosque lleno de nieve.

Son muy hábiles, pero no más que mis hombres, que los tengo muy bien entrenados.

En menos de media hora los hemos reducido y hecho prisioneros a todos.

Es el segundo al mando del grupo del padre de Demon, está herido, pero se ríe al verme.

—Por muy dragón que seas, no podrás escapar a la venganza nuestra —dice en cuanto me ve—. ¡La pagarás, Minetti, la pagarás!

—Si me dices todo lo que sabes, puede que tu muerte no sea tan dolorosa —digo mientras enciendo un tabaco con el control de la situación.

—Prefiero morir antes de delatar a tu peor enemigo —dice, y sin más, se pega un tiro en la boca antes de que tengamos tiempo de hacer nada.

—¡Llévenlos todos a nuestra casa, los interrogaremos personalmente! —dispongo, frustrado.

El llanto del bebé resonó de nuevo en medio de la noche. Giré mi cabeza hacia la mujer que ahora estaba acurrucada detrás de Rufo, temblando como una hoja. Sostenía al pequeño con el terror reflejado en su mirada.

—Ale, tenemos que regresar al hospital —me recuerda Rufo, su vena de doctor apareciendo de nuevo—, esta chica está herida y su hijo parece desnutrido. Además, no me gusta dejar a Migue y Lilian tanto tiempo sin supervisión.

—Vamos, pero esta cacería no ha terminado —no protesté, yo tampoco deseaba estar mucho tiempo lejos de Lili. Siempre regresaba antes de que amaneciera y hoy no sería diferente—. No estaré tranquilo hasta que elimine a cada miembro de ese grupo que osó hacerle daño a mi mujer.

—Opino que eso es una masacre, Ale —no dije nada al escuchar al doctor ahora, ya no era mi consigliere.

—Rufo… —gruñí al escucharlo.

—Está bien, lo conversaremos después —aceptó, me conocía demasiado bien para ponerse a discutir conmigo ahora.

Regresamos al auto, Rufo se pone a revisar a la chica que está casi inconsciente, me da el bebé para que lo sostenga. Me recuerda a mi hijo Alessandrito cuando nació, tan pequeño e indefenso. Está muy frío, lo introduzco de inmediato dentro de mi abrigo, lo cual hace que deje de llorar.

—¿Es hijo de Demon? —pregunté a la mujer que acababa de abrir los ojos y me miraba aterrada.