53. ADRIANO Y EVA
ANDY:
No puedo creer que no pueda localizar dónde vive Lili ahora.
Nadie sabe decirme hacia dónde se ha mudado.
Tampoco logro ubicar a Luci ni a la señora Libia; no responden mis llamadas y Luci dejó de ir a su escuela.
Me dijeron que a Lili la han visto en la empresa de Minetti con su padre, pero no al mismo Minetti.
¿Qué estará haciendo ahí? Las veces que he ido a Roma y he vigilado esa empresa, nunca la he visto.
Dicen que entra, hace sus cosas y desaparece con el viejo Minetti.
Eso de que ella es la señora Minetti desde hace mucho no me lo creo.
Él debe haberla ayudado porque, de seguro, se enteró de quién es ella en realidad.
Pero no voy a dejar que nadie me la quite.
Ella es mía. Y no lo digo ahora por lo que representa; me he dado cuenta, desde que me gritó que no me amaba, que había estado burlándose de mí con aquella cara de sufrimiento llena de dolor, de que la amo más que a nadie en el mundo, y quiero protegerla.
No dejaré que nadie nunca más haga sufrir a mi Lili así, ni siquiera yo.
La conozco muy bien. A pesar de gritarme aquello, pude ver su mirada de dolor y sufrimiento. Soy un imbécil. Ahora entiendo por qué Galatea me besó en la fiesta delante de ella. Estoy seguro de que sabía que ella era mi Lili. No voy a descansar hasta recuperarla. No me importa lo que deba hacer.
—¿En qué piensas, Andy? —pregunta Eva.
—¿A ti qué te importa? —le espeto furioso.
—Oye, que yo no tuve nada que ver con todo lo que pasó —protesta Eva, sin olvidar recalcar—. Siempre te he ayudado.
—¡Debiste decirme lo que tramaba Galatea! —le reproché indignado—. ¿Cómo se les ocurrió mandar a mi Lili a interrumpir la boda del capo Minetti? ¡Pudo matarla!
Eva me miró con el ceño fruncido, cruzando las piernas sin prestarme mucha atención. Estaba realmente enfurecido porque le hubieran hecho eso a mi novia.
—¿Por qué no le contestaste cuando te llamó? —contraatacó Eva—. Yo contaba con eso, que le responderías y le dirías que era mentira.
—Estaba dormido y no escuché el teléfono —dije la excusa de siempre.
—¿No lo escuchaste o no quisiste responder como siempre? —insistió con su misma actitud.
Caminé en círculos como un animal enjaulado. Estaba realmente furioso con estas dos desalmadas mujeres. Eva seguía hablando y tratando de justificar lo que no tenía justificación.
—Eso es lo de menos, Eva, debiste avisarme —grité como loco—. Por poco matan a mi Lili. Si me hubieras avisado, yo le habría respondido enseguida.
—¡Ah, no, Andy! No me hagas responsable.
¡Yo no hice nada! —me espetó poniéndose de pie—.
Ya sabes que Galatea me tenía amenazada con contarle a papá que me acosté con su enemigo para que lo dejara tranquilo.
Todo eso de mandarla a Minetti para que la matara fue idea de tu prometida.
Yo siempre imaginé que Lilian te llamaría y tú le dirías la verdad.
Además, que yo sepa, tú no estabas enamorado de ella.
¿Cuál es el ataque? A ti te convenía también.
La odiaba por decirme la verdad como siempre. Eva era como mi hermana, nos habíamos criado juntos. Pero ella sabía que yo había preferido ignorar la llamada de Lilian, como tantas otras, para seguir en mi diversión. Me acerqué a ella, lo suficientemente cerca como para que se sintiera intimidada.
—Pues eres muy mala leyendo a las personas, Eva, ni siquiera porque eres psicóloga. ¿Por qué crees que respeté a Lili todos estos años? —pregunté molesto, más conmigo que con ella.
—Porque no te interesaba como mujer, siempre me dijiste —respondió volviendo a cruzar sus largas piernas con desgano.
—¡Eres una estúpida! ¡Lilian me gusta con locura! —le grité queriendo que entendiera mis verdaderos sentimientos.
No esperaba que Eva soltara una gran carcajada mientras dejaba de observarse las uñas y me prestaba atención.
—Vamos, Andy, ¿a quién quieres engañar? ¿Qué puede gustarte de Lilian? —cuestionó con incredulidad—. No es el tipo de mujer con la que siempre anduviste.
—¡Exacto! —exclamé para su desconcierto y el mío—. Eso es precisamente lo que hizo que me enamorara de ella locamente. Lili es lo más tierno, inocente, honesta, sincera y fiel persona que he conocido en toda mi vida.
—En otras palabras, tonta —dijo con sarcasmo.
—¡Eva, no voy a tolerar que la sigas ofendiendo!
¡Ella no tiene nada de tonta, es mucho más inteligente que tú mil veces!
—Ahora sí estaba furioso—. Lo que me confía ciegamente.
Y eso es otra cosa que hizo que la amara.
Todo el mundo se empeñó en hablarle mal de mí, hasta yo.
Pero su amor por mí es tan grande que nunca, óyeme bien, nunca desconfió de mí.
Y eso es algo que ni en cien vidas voy a volver a encontrar.
Eva levantó una ceja mientras me observaba claramente incrédula. Sonreía burlona sin dejar de mirarme, pero la conocía demasiado bien; por primera vez, estaba entendiendo la profundidad de mis sentimientos.
—Vaya, sí que estás de verdad enamorado de ella —al fin repuso, ahora seria—. ¿Qué piensas hacer? No creo que ella te perdone lo de Galatea.
—Lo primero es encontrarla —dije dejándome caer en el sofá a su lado—. Yo sé que cuando se le pase la molestia, me buscará.
—Soñar no cuesta nada, Andy —escuché a Eva añadir—. Pero en la fiesta, si no se te olvida, el señor Minetti la enamoró de tal manera que opino que la perdiste.
Cerré los ojos mientras respiraba hondo, temiendo esa verdad. Necesitaba calmarme, pero la simple mención de esa noche me hacía perder el control. Eva me observaba disfrutando de mi reacción. Pero no importaba lo que ella pensara. Lili me entenderá cuando le explique todo.
—Una noche no puede competir con casi seis años de relación —casi gruñí a su lado.
—Seis años en que la maltrataste y no la enamoraste como debías, y mucho menos le demostraste ese amor que dices tenerle —Eva parecía la voz de mi conciencia, esa que yo no quería escuchar—. ¿No es porque ella es millonaria que la amas ahora, verdad?
—¡No! ¡Eso no tiene nada que ver! —aclaré de inmediato—. Por eso me fajé con papá. Aunque Lili me acepte, no me aprovecharé de su fortuna, me haré un excelente cirujano para que ella vea cuánto la amo.
Eva no agregó nada de inmediato, pero giró para mirarme parpadeando sorprendida. Incluso abrió la boca, pero no dijo nada más. Agradecí su silencio porque no quería seguir hablando de cómo me había portado con Lilian, aunque no quisiera admitirlo, era verdad.
—¿Eso quiere decir que volverás al hospital en Roma? —quiso saber, directo, volviendo su atención a sus uñas.
—Sí, seguiré trabajando bajo Rufino —contesté con firmeza.
—¿Y Galatea? —la miré sin entender.
—¿Qué hay con ella? No somos nada, nunca lo fuimos —aseguré con firmeza.