51. VOLVIENDO A SER LILI
MINETTI:
Me cruzo de brazos, mirándola detenidamente.
Esa mujer frente a mí no tiene idea de cuánto inclina mi mundo con cada palabra que sale de su boca.
Y el problema es que, aunque me niego verbalmente, todo en mí arde con solo imaginarla haciendo realidad su confesión.
Maldición, ella es muy peligrosa y adorable para mí a partes iguales.
—¿No acabas de decir que no me llevarás la contraria y que harás todo lo que te diga? —le recuerdo con una sonrisa que intenta ser seria, pero inevitablemente me quiebro ante su descaro.
—¿Y tú no me acabas de decir que no cambie, que siga siendo la misma? —espeta, lanzando las palabras con picardía y malicia, dándome esa mirada desafiante que siempre logra sacar lo peor y lo mejor de mí al mismo tiempo.
¡Esa es mi Lili! Suelto una carcajada en lo que me acerco y la abrazo, llenándola de besos por toda la cara hasta que la escucho reírse a carcajadas y empujarme suavemente en un intento de liberarse.
No puedo evitar pensar que, a pesar de lo alocada que es, así es como la quiero: oponiéndose a mí cuando es necesario, luchando por lo que cree, incluso cuando lo que quiere me pone de los nervios.
—Te adoro, mi Lili, te adoro; no cambies nunca —le pido con cariño y luego agrego muy serio—. Pero no bailarás en el tubo.
—Sí lo haré —insiste tratando de escapar de mi abrazo.
—No.
—Sí.
—No.
Y seguimos discutiendo entre besos y caricias, riendo felices de estar de nuevo juntos. Nos acariciamos y nos besamos otro rato.
—Ale, suéltame —protesta, aunque su risa desmiente cualquier molestia real.
—Jamás, tendrás que acostumbrarte —le respondo mientras aprieto mi abrazo un poco más, disfrutando del calor de su cuerpo desnudo—. Ahora, me has retado, y creo que sabes bien a dónde te lleva eso.
Lilian levanta la vista con una sonrisa descarada que me hace contener una risa. Sé que me está provocando, pero tengo que controlarme por su bien. Estoy tan feliz de que esté despierta y no le haya quedado ninguna secuela que no quiero hacer nada que le afecte.
—¿A qué me lleva? —inquiere con falsa inocencia, elevando las cejas y sin romper ese gesto de traviesa ironía que amo tanto como odio porque siempre me desarma.
—Me lleva a demostrarte que soy yo quien controla este juego. Y sabes que me encanta castigarte cuando haces pucheros —le muerdo suavemente los labios, notando cómo suspira ante el gesto—. No bailarás en el tubo.
Ella finge un suspiro dramático, girando los ojos como si mi negativa fuera el peor de los crímenes, aunque sus labios tiemblan tratando de contener otra mueca de risa.
—Eso no lo decides tú, sino mi doctor —contesta mientras se suelta de mi agarre con un movimiento rápido y seguro—. Vístete, vamos a verlo.
No tengo otra opción más que seguirle el juego, aunque una parte de mí duda si Rufo estará dispuesto a lidiar con ella en este estado de energía desbordante.
A veces pienso que Lili es más agotadora que todos los problemas de mi "negocio" juntos.
Sin embargo, no cambiaría ni un segundo de su locura por nada en el mundo.
Salimos al fin de la habitación, felices y con esa extraña paz que solo ella es capaz de traer a mi vida.
Bajamos al comedor y, como siempre, la casa no está nada tranquila.
Nos encontramos a Rufo peleando con Migue, ambos discutiendo a voces y haciendo de la estancia un verdadero campo de batalla.
Pero al ver a Lili, Migue olvida todo lo demás y, dejando caer algo que parecía un plato, se levanta de golpe para abrazarla.
—¡Lili, no creía que fuera verdad que te hubieses despertado por fin! Rufo no me dejó ir a verte al cuarto —dice mientras la envuelve en un fuerte abrazo, pero al momento la aleja de él—. ¡Cuidado, Lili! No me aprietes.
—¿Qué tienes, Migue? —quiere saber de inmediato con preocupación genuina.
Rufo y yo los observamos en silencio, midiendo sus movimientos. Me acerco y me siento frente a él en la mesa del comedor mientras admiro, una vez más, la forma natural en que esos dos se entienden. Realmente parecen hermanos, y ese extraño vínculo que los une reconozco el mismo que me une a Rufo.
—Rufo me hizo sacar el bazo, dice que estaba atrofiado —contesta Migue levantando su camisa para mostrarle.
Migue señala su abdomen con una expresión lastimera. Lilian, a su lado, lo revisa con ojo de doctora y hermana a la vez.
—Siempre te lo dije cuando te daba el dolor —la escucho decir—. Pero no me hacías caso. Buenos días, Rufo.
—Buenos días, Lilian. Veo que estamos recuperados —contesta Rufo, poniéndose de pie y mirando a Miguel con preocupación—. Ven aquí, deja que te inspeccione.
—Cariño, deja que desayune. ¡Manía que tienes de ser doctor siempre! Es hora de desayunar, no de consultas; te aguantas. Ven, Lili, siéntate aquí a mi lado —protesta Migue, haciendo sus gestos expresivos ante la mirada de adoración de Rufo y de preocupación de Lilian.
Rufo, imperturbable, lo toma por el brazo y lo obliga a sentarse frente a una fuente servida sobre la mesa.
La acción es tan rápida y calculada que Migue ni alcanza a quejarse.
Lilian aprovecha la distracción para venir a sentarse a mi lado, sin dejar de observar a los dos hombres en el centro de aquel pequeño drama doméstico.
—Deja de protestar y sentémonos a comer —ordena Rufo sin siquiera mirarlo, como quien lidia con un niño rebelde—.
Empieza, que no quieres comer y has bajado de peso.
Comete toda la crema que te mandé a hacer, no voy a ceder en eso.
Al terminar, nos iremos todos al hospital, incluyendo a Luci y el abuelo. ¿Vienes, Alessandro?
—Sí, quiero saber si todo está bien con mi Lilian —respondo sin dudar, mientras tomo su mano bajo la mesa y entrelazo mis dedos con los suyos—. Por cierto, ella quiere tomarse un año sabático.
—Haces bien, Lilian; tenemos muchas cosas que resolver —acepta Rufo sin dejar de darle cucharadas de comida a Miguel como si fuera un niño—. Hoy les haré las pruebas a todos y luego trazaremos un plan de acción.
De pronto, el teléfono de Lilian comienza a sonar insistentemente. Me levanto y lo busco; no lo puedo creer, nos habíamos olvidado de él.
—¿Quién es, amor? —pregunta Lilian al verme regresar.
—Andy —le muestro—. Recuerda que lo llamaste ayer.
—¡Diantres, es verdad! —exclama ella—. ¿Qué voy a hacer ahora, Ale? Lo traté como si no hubiese pasado nada entre nosotros, no me acordaba de lo que pasó en el simposio cuando hablé con él.
—Dámelo a mí, Alessandro —me pide Rufo y accedo poniéndolo en altavoz—. Hola, doctor Adriano, es el director Rufino.
—Buenos días, director. ¿Puedo hablar con Lili? —pregunta Andrea.