50. CONVERSANDO ENTRE NOSOTROS
ALESSANDRO:
Lilian asiente en silencio de una manera cargada de culpa. Conozco a mi mujer; sé que ella es demasiado espontánea y me gusta que sea así. Tengo que enseñarle a ser la jefa. Le puse a los mejores hombres que tengo para cuidarla, pero ella tiene que aprender a dirigirlos.
—Cierto, siempre tengo este miedo de que ellos me digan que no —confiesa sin dejar de mirarme.
—No lo harán, Lili. Pueden advertirte del peligro, pero irán contigo aunque sepan que van a morir —le aclaré de inmediato—.
Te daré otra vez a Humberto y Estefan. En ellos puedes confiar como si fuera yo.
Escúchalos, Lili, tienen mucha experiencia, pero si algún día quieres hacer algo a lo que ellos se opongan, no tengas miedo en ordenarles.
Ellos te seguirán. Ellos solo te obedecerán a ti; ni yo podré mandarlos.
—¿Puedes entrenarme en eso, Ale? —me pidió con modestia.
La abrazo muy fuerte al verla tan indefensa y siento cómo su cuerpo se estremece. Le prometo que lo haré, le enseñaré todo lo que necesita conocer. Aunque es una doctora y no va a dejar de ejercer, ni se lo impediré, debo entrenarla para que pueda sobrevivir en este mundo.
—Lilian, ¿puedes tomarte un año sabático para que te recuperes completamente y pueda entrenarte para asumir todo lo que debemos asumir juntos? —Aunque ya lo hablé con Rufo, ella es la que tiene que decidir.
—Lo haré, Ale. Estoy muy cansada —aceptó, volviendo a meterse debajo del agua—. Quiero quedarme con mamá y Luci un tiempo. Quizás irnos de luna de miel tú y yo. ¿Qué crees?
—Está bien. Quiero realizar nuestra boda de nuevo —digo, cediendo de inmediato—. Así aprovechamos y te presento como mi esposa a todos. ¿Quieres?
Se aparta suavemente de mí mientras termina de quitar el jabón de su cuerpo, y yo sigo observándola con cariño. Puede que quiera aparentar tranquilidad, pero puedo ver cómo sus ojos se mueven de un lado a otro, lo que me dice que está nerviosa. Además, se revuelve el cabello a cada rato.
Asiente que sí con la cabeza. Propone hacer todo como si no nos hubiéramos casado antes. Hasta fiesta de solteros propone.
—Tú invitas a tus amigos y yo a los míos.
¡Lo haremos, Ale, lo haremos! —se emociona más a medida que lo piensa—.
Al final, me casé con un nombre falso, sin un lindo vestido de novia, sin mamá y Luci, toda asustada.
Ahora anhelo hacerlo todo bien: que el abuelo me lleve al altar, que Luci sea mi dama de compañía y ver a mamá feliz.
Además, tendré mi verdadero nombre, pero sobre todo, y lo más importante, me estaré casando feliz con el hombre que amo.
No puedo esconder la emoción que me provoca verla tan ilusionada hablando de nuestra boda.
En este mundo mío, donde la felicidad es la mayor debilidad de un capo, hace que me tiemble la mano por un instante.
Respiro y me compongo antes de que lo note.
Pero no me detendré, no renunciaré. Haré lo que sea necesario para que ella tenga la boda que siempre soñó.
Bien lo dijo: se casó con un nombre falso, y aunque puede ser un sueño peligroso en este mundo, lo defenderé. Porque ahora sé que ella es mi todo.
—De acuerdo. Será solo en apariencia porque estamos casados de verdad, amor.
Pero haremos todo como quieres. Es una gran oportunidad para reunirnos con todos los grandes jefes —accedí a todos sus planes—.
Ese día haremos el juramento de la organización como parte de la ceremonia de boda.
Diremos además nuestros votos, que no lo hicimos la primera vez, e invitaremos a tus amigos.
Pero no podrá ser en la iglesia, amor. Lo haremos aquí en el jardín.
—Está bien, Ale. Me gusta mucho la idea —dice mientras sale de la ducha, su piel aún húmeda y brillante por el agua que recorre su cuerpo.
Su sonrisa traviesa me desarma, pero sus siguientes palabras me toman por sorpresa—.
Vamos ahora. Necesito que Rufo me vea y me diga si podemos tener sexo.
Estaba aterrada de que otro me tomara antes que tú.
Me detengo un segundo, evaluando sus palabras. Por supuesto que me desconciertan, pero cuando veo su rostro, no puedo evitar sonreír. Su sinceridad, su falta total de filtro, es algo que solo ella tiene. Eso me fascina y me tortura.
—¿En serio? —pregunto, esta vez sin poder contener la expresión de felicidad que crece en mi rostro. Y, aunque lo intento, mi mente me traiciona. ¿Seguirá, en verdad, intacta como lo asegura? Sin embargo, mi corazón me frena. No puedo desconfiar de ella.
—Perfecto, principessa. —respondo mientras me acerco a ella con pasos lentos. La sujeto con cuidado, más por pura necesidad de tocarla que por evitar que pierda el equilibrio.
—Quiero que seas mi único hombre —repite ella mientras se seca con calma, lenta y provocadora—. No sabes lo arrepentida que estoy de no haberlo hecho antes.
La determinación en su voz disuelve cualquier duda que aún pudiera rondar mi mente. Mi pecho se llena de una mezcla de alivio y un deseo que por momentos me resulta casi imposible de controlar.
—Está bien, si es así, no esperaremos —consentí, mi corazón saltando emocionado ante lo que esas palabras significan—. ¿Qué crees, Lili? Si Rufo está de acuerdo, podríamos casarnos el próximo fin de semana.
—Por mí no hay problema. Aunque es muy poco tiempo para preparar todo.
Tengo que preguntarle a mamá, y de seguro Luci no va a querer participar, no así como está —contesta después de un momento de reflexión, frunciendo el ceño mientras su mente parece procesar todo—.
No, mejor esperamos a que ella esté mejor.
La quiero conmigo, feliz. Además, recuerda que ansío bailarte en el tubo; tengo que practicar.
Mi sangre se enciende al escuchar eso, tanto de enojo como de deseo. Pero más que un pensamiento lógico o racional, lo único que sale de mí es un impulso visceral.
—¡No harás tal cosa! No lo permitiré, estás convaleciente todavía —le digo con firmeza, mi voz llena de una autoridad que debería sentir como inquebrantable.
Ella se para en seco a medio paso, girándose despacio para mirarme fijamente.
Sus ojos se entrecierran, y ahí está ese gesto tan suyo, tan característico, que siempre precede a uno de sus estallidos.
Quizás una parte de mí debería temerlo, pero lo único que hace es provocar una mueca de felicidad involuntaria en mi rostro.
Con Lili, cualquier intento de controlarla dura tanto como un cigarro encendido en medio del viento.
—No me lo puedes impedir —sentencia finalmente, dejando salir lo que yo esperaba escuchar. Su tono no deja dudas. Empujar los límites es su especialidad—. Es mi sueño bailar en el tubo para ti la noche de la boda. Lo haré cuando Rufo me dé permiso. ¿Contento?