49. DESPERTÓ DE NUEVO
ALESSANDRO:
No he podido dormir en toda la noche observando a Lili.
Se durmió apenas terminó de desvestirse y ponerse la ropa de dormir.
Estoy aterrado, no quiero que vuelva a dormirse.
Nunca había sentido tanta impotencia al no poder hacer nada con lo que le pasaba a mi ser más querido.
No podía hacer nada por ella, todo estaba en las manos de Dios.
Por lo que, mientras la contemplaba dormir, le rezaba, pidiéndole que hiciera que todo volviera a la normalidad con ella.
Que si se dormía, despertara sin olvidarme de nuevo. No sé si podré aguantar otro rechazo.
Jamás pasó por mi mente que un día, yo, Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi, el UNO, que no le tiembla la mano ante el peor de los maleantes para meterle un tiro, estaría temblando de miedo ante la posibilidad de que mi esposa me olvide.
Casi al amanecer, el sueño me venció. Cerré los ojos por un momento.
Me despertaron unos besos suaves en mis labios y el peso de un cuerpo encima del mío. Abro los ojos; ahí está la sonrisa más encantadora y pícara que recordaba de mi esposa.
—Hola, dormilón —me dice con una sonrisa.
La emoción no me deja responder; la estrecho muy fuerte, al tiempo que la beso repetidamente, dando gracias al Señor porque ella despertara y no me olvidara.
—¡Gracias, Lili, gracias por despertar! —le digo emocionado—. ¿Cómo te sientes?
—Bien, con mucha hambre y me estoy orinando —responde con naturalidad.
Sin esperar más, se levanta como siempre y sale corriendo para el baño. Reacciono y salgo detrás de ella, con miedo de que le dé un mareo y se caiga. Al llegar, me observa sonriendo, sentada en el baño.
—¿Y esa cara? Deja de estar asustado, estoy bien —me dice, comportándose como siempre—. Quiero ponerme al día con todo, Ale. Me tienes que ayudar. Siento mis músculos todavía débiles y mi cabeza no está bien del todo; es como si algo me apretara. Le diré a Rufo en cuanto lo vea.
—¿Apretada? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Lo llamo ahora? —la lleno de preguntas, aterrado.
Lili me mira y suspira con paciencia sin dejar de sonreír.
Sacude la cabeza mientras termina, se levanta y se coloca frente al espejo, lavándose las manos mientras yo observo su reflejo detenidamente.
Estoy feliz y asustado al mismo tiempo. Sus hermosos ojos verdes están llenos de vida.
Quiero abrazarla, pero me contengo. Mis pensamientos oscuros inundan mi mente, llenos de miedo que no quiero que ella vea.
—No es necesario, no te asustes, lo vamos a ver dentro de poco —dice ella con calma mientras me lanza miradas furtivas por el espejo—. Dale, vamos a entrar a bañarnos, y ve pensando en cómo entrenarme en todo.
La forma tan desenfadada en que me pide que la entrene me hace suspirar.
Para Lili parece un juego o un deporte. Ella todavía se comporta como si no tuviera idea del mundo en que vivimos, donde cada paso que das puede significar supervivencia, armas, sangre y lealtades que pueden traicionarte en segundos.
Y mi Lili es tan hermosa, tan brillante, no pertenece a este mundo. Pero ahora es mía, no puedo dejarla ir. Me acerco a ella mientras todavía se quita la ropa frente al espejo, tratando de aparentar tranquilidad, aunque no puedo dejar de ver su nerviosismo que trata de esconder.
—Lo haré, solo si Rufo está de acuerdo —digo con seriedad, imitándola—. Mencionó algo de la presión intracraneal, que no te hiciera molestar o excitarte.
—¿Te dijo eso? —pregunta, fijando su mirada.
Mientras habla, sigue desnudándose; entra en la ducha como si nada. Mete la cabeza bajo el chorro de agua, la gira y me mira.
—¿Qué estás esperando? —pregunta con su jovialidad—. Ven, vamos a bañarnos, te va a coger tarde para el trabajo y a mí para ir al hospital.
La miro complacido mientras mis labios se tensan, tratando de no sonreír al verla tan hermosa, desnuda y sana frente a mí. Termino de desnudarme y me acerco. Mis manos toman las suyas automáticamente para sostenerla. Mi instinto quiere protegerla al verla acercarse.
—No, señora, usted no va a hacer nada que no lo ordene el doctor —respondo, introduciéndome en la ducha desnudo con ella.
—¿Eso quiere decir que no puedo hacer esto? —pregunta enseguida lista para discutir.
Para mi sorpresa, no lo hace. Lili comienza a besarme, acariciarme y restregarse contra mí. La abrazo con fuerza, la lleno de besos. La amo tanto que creo que mi pecho no me alcanza para tanto amor; nos besamos hasta el cansancio, estoy muy excitado.
—Lili... —gruño con mi cabeza en su hombro.
—Hazme tuya, Ale, no quiero esperar más, vamos a tener sexo —me pide para mi sorpresa.
No es que no lo desee, pero ella acaba de despertar después de una larga recuperación por el tiro en su cabeza, y le prometí a Rufo que no haría nada con Lilian hasta que él me asegurara que no le pasaría nada.
—¿Aquí en la ducha? No, linda, prefiero que te revise Rufo primero, recuerda que es tu cabeza la que tiene problemas —corrí su cabello de su rostro con ambas manos para mirarla a los ojos—.
Me aclaró que no fuera a tener nada de esto contigo.
Ya lo he incumplido, ¿te sientes bien? No quiero que te vaya a suceder nada, esperemos que él nos diga que podemos, ¿sí? En cuanto lo permita, no te me escapas.
—Tienes razón, me duele algo la cabeza, está bien —aceptó, pasando la mano por su cicatriz en la cabeza—. Te haré caso, Ale, te lo dije. ¡No volveré a llevarte la contraria! Cumpliré cada cosa que digas, aunque no me guste.
La miro con amor e incredulidad. Pero esta sumisa mujer no es mi mujer.
No, la mía es una rebelde empedernida y no quiero que cambie.
Me enamoré de su manera libre de ser. Respiro hondo, llenando mis pulmones porque también quiero poseerla.
La beso con furia, queriendo comerla; luego apoyo mi cabeza en su frente.
—No, no, cariño. Tampoco así, no quiero que cambies.
Sigue siendo tú, pero más responsable —le pido con toda la sinceridad de mi pecho—.
Tienes que ser consciente de quién eres ahora, que tienes muchos enemigos y debes estar en alerta todo el tiempo.
Pero, sobre todo, cariño, recordar que no estás sola; tienes tu seguridad, que irá donde quiera que les digas.
—Disculpa, Ale, por no confiar en ti, por no esperarte —vuelve a pedir perdón por lo que hizo—. Jamás lo volveré a hacer; confiaré ciegamente en ti, amor, te lo prometo.
—No sigas pidiéndome disculpas, Lili. Fue mi culpa que te asustaras así, pero fue tu culpa que Demon te agarrara —aclaro las cosas porque necesita conocer nuestros errores—.
Si hubieras esperado a los de seguridad, ellos no te iban a impedir seguir el rastro de sangre, te iban a acompañar.
Eso es lo que tienes que entender: tú eres la jefa, no ellos.
Aunque se opongan a lo que quieras hacer, te seguirán porque eres la que manda. ¿Entiendes, Lilian?