48. TE PUEDO SALVAR DE TODO, MENOS DE LA MUERTE
LILIAN:
Quise reírme al ver al capo de todos los capos celoso.
Alessandro había cruzado los brazos, mientras no dejaba de mirarme a la espera de que le respondiera.
Podía ver cómo tenía tensada su mandíbula mientras torcía levemente la cabeza, un gesto que ya reconocía.
Pero no dije nada; en su lugar, tomé la historia clínica de Damián.
Rufino había detallado todo con suma profesionalidad.
Todo parecía normal para su condición. A mi mente vino el sonido del disparo que lo dejó así.
Luego, el momento exacto en que se abalanzó sobre mí y tiró de mi mano.
—Se hace tarde, Lili, todavía no estás recuperada del todo —me recordó Alessandro sin insistir, tendiendo su mano hacia mí—. Debemos regresar.
—Está bien, vamos —agarré la mano que me ofrecía Alessandro—. Mamá, Luci, espero despertar mañana y venir a pasarme el día con ustedes. Pero si no lo hago, no se asusten, es solo temporal. No olviden que tengo al mejor neurocirujano como doctor.
—Ojalá que despiertes, mi hermana —me abrazó Luci, asustada de nuevo—. Te extraño mucho. Además, no olvides que tienes que venir a curarme.
El agarre de mi hermana en mi brazo me decía el miedo que la embargaba. Me solté de la mano de Alessandro y la abracé muy fuerte, sintiendo el mismo temor reflejado en mi madre, quien acariciaba mi cabeza.
—No estés asustada, lo haré, ya verás. Despertaré y vendré o te llamaré —prometí, deseando que fuera verdad.
—Luci —vino Alessandro en mi ayuda—. Tú, en cuanto te levantes mañana, conéctate a la empresa. Te diré cuál es tu trabajo.
Al escucharlo, me soltó enseguida, mirando a Alessandro con incredulidad y una alegría que me enterneció. Mamá también lo miró asombrada.
—¿Es en serio, Alessandro? ¿Me vas a dejar seguir trabajando en tu empresa? —preguntó todavía sin poder creerlo.
—Por supuesto. Ahora no puedes ir, pero en cuanto puedas, tendrás una oficina lista, si lo prefieres —siguió diciendo Ale con seriedad—.
Pero irás como Luci, no como Lili. Todo depende de ti.
Te habilitaré una buena oficina con todo aquí en la casa también, para que trabajes desde donde quieras.
Eres muy buena. No puedo perderte, me ayudaste mucho todo este tiempo.
Hablaremos de tus estudios y salario, señorita. Te debo todos estos meses.
Por un instante, Luci me miró con un brillo de felicidad en sus ojos. Su rostro parecía haber revivido. Pero, en lugar de dar rienda suelta a su alegría, me miró con una sonrisa que me hizo sentir agradecida a Alessandro. Lo miré queriendo ir a abrazarlo, pero me contuve.
—No me debes nada —escuché a Luci rechazar el pago que él le ofrecía—. Le hice un favor a mi hermana.
—¿Qué quieres decir con eso, Luci? —pregunté, ahora queriendo saber qué le habían hecho hacer esos dos.
—Después te cuento, hermana —se apresuró a decir ella, sin dejar de sonreír, todavía prendida de mi brazo mientras salíamos de la casa—. Hasta mañana.
Nos despedimos, montamos en el auto y regresamos. Al ir a bajar, me sentí realmente agotada, por lo que esperé que Alessandro diera la vuelta y extendiera su mano para ayudarme a salir y ponerme de pie.
—Esposo —lo detuve sin soltarlo—. ¿Puedes cargar a tu esposa y llevarla a la cama? Estoy extenuada.
—No tienes que preguntarme. Te llevaría la vida entera en mis brazos. Ven, amor, no sabes lo feliz que me hace que al fin recordaras todo —se inclinó y me levantó en sus brazos—. Me hiciste sufrir al ver que no recordabas cuánto te amo, vida mía.
Me sentí realmente feliz. Lo abracé muy fuerte por su cuello.
¿Cómo pude intentar contra mi vida teniéndolo a él?
Eso fue un gran error. Él realmente fue por mí.
Mi capo mayor movió cielo y tierra para encontrarme y rescatarme.
Podía sentir cómo sus músculos se tensaban mientras me llevaba.
Hundí mi cabeza en su pecho, cerrando los ojos.
—No lo volveré a hacer, Ale. No te dejaré solo —le dije, sintiendo cómo su corazón latía acelerado—. No tengas miedo. No importa lo que me hagan, esperaré por ti, cariño. Te lo prometo.
—Gracias, Lili, muchas gracias —me apretó más contra su cuerpo—. Por poco me muero cuando vi que te disparaste en la cabeza. Puedo salvarte de todo, menos de la muerte, cariño, menos de ahí. No lo hagas nunca más.
No pude evitar que una lágrima rodara por mi mejilla al escucharlo.
¿Qué había hecho? ¿Cómo pude ser tan egoísta y no pensar en los demás?
Los había lastimado a todos, más de lo que podía imaginar; no podía volver a hacerlo.
Me estreché más contra él, no podía evitar sentir que sus brazos eran el lugar más seguro del mundo para mí.
—Lo siento, Ale... —susurré sin mirarlo a los ojos—. Ni siquiera sé cómo empezar a perdonarme.
Se detuvo en seco y me miró. Parecía estar intentando desmenuzar cada rincón de mi alma. Me sentía terrible por el sufrimiento que le había causado. Él ya había visto morir a su primera esposa e hijo y yo lo había sometido a esa tortura. Por lo menos, a Celia la mataron, pero yo…
—Mírame, Lilian —ordenó con dureza.
Eso era una orden, lo sabía. Levanté la mirada hasta encontrar la suya oscura y encendida. Conocía esa mirada, era la del loco Alessandro. Me estremecí sin atreverme a decir nada.
—No te perdono, Lilian. No confiaste en mí, pero a pesar de eso, esto no se repetirá de nuevo. ¿Verdad? —preguntó con una tristeza que me estremeció—. Porque si lo haces otra vez... no sé qué haría.
—Nunca más —le juré—. Nunca más dejaré de confiar en ti, te lo prometo.
Volvió a acomodarme en sus brazos subiendo las escaleras. Al llegar a la habitación, me depositó en la cama y comenzó a ayudarme a desvestir. Lo dejé porque realmente sentía como si todas mis fuerzas me abandonaran.
—Pobre Luci, está así por eso que pasó —dije todavía con la imagen de ella en mi mente—. Siempre que se asusta le dan las crisis.
—Ahora que ya vio que estás bien, cariño, se pondrá bien —trató de consolarme y agregó—: ¿Sabes que es verdad que Damián casi tiene la vacuna?
—¿De veras? —Lo miré emocionada—. Lo amaré toda la vida si logra salvar a mi hermana.
Dejó escapar un breve bufido que me hizo levantar la mirada para verlo. Era extraño verlo celoso, lo observé realmente. ¿En verdad estaba celoso porque me amaba o porque era posesivo?
—Lili, no digas eso, no lo soporto, querida —confesó al fin—. Quiero que me ames solo a mí. Estoy muy celoso de Damián, no te lo niego, ayúdame, cariño.
—¡Lo hago, amor, lo hago! —tiré de él por la corbata—. Eres el hombre de mi vida, Alessandro Minetti. Ven acá, deja de estar celoso de todos y dame otro beso. Pero sobre todo, deja de estar asustado, ya verás que despertaré mañana.
—Hazlo, amor, despierta para mí, muero sin ti —contestó mientras me estrechaba fuertemente en sus brazos.
Cerré los ojos sintiendo cómo el sueño se adueñaba de mí. Escuché los movimientos de Alessandro hasta que se acostó a mi lado.
—Diosito, permite que despierte mañana y todos los días siguientes —fue mi último pensamiento antes de hundirme en el sueño. ¡Tenía que despertar!