47. REGRESANDO TODO A SU LUGAR
LILIAN:
Al fin la hice reír divertida, su mirada había dejado de estar triste y asustada al verme comportarme como siempre. Me contó que lo desvió de un envío a China. Al escucharla, la volví a regañar muy seria. Debía tener mucho cuidado; me daba miedo todo eso que hacía por internet.
—No te preocupes, el abuelo lo pagó —mencionó para tranquilizarme—. Además, hay un premio para quien logre atraparme a mí.
Sabía que era verdad lo que decía, más ahora que el abuelo le había comprado los mejores equipos. Al fin terminé de ponerle toda la medicina, recogí todo y lo guardé. Me quité los guantes mientras le indicaba que se pusiera delante del ventilador para que se secara.
—¿Te dolió mucho? —inquirí al ver que todo estaba rojo.
—Sí, pero ahora me siento mejor —contestó mirándose en el espejo—. Te extrañé, Lili. ¿Crees que vuelvas a dormir otra vez tantos días seguidos?
—No lo sé, Luci, espero que no —le recogí el cabello, viendo el miedo en sus ojos de nuevo—. Ahora voy a ir a ver a Ale y a mamá. Cuando te seques, vienes.
Salí sintiéndome feliz y triste a la vez.
Era mi culpa que mi pobre hermana estuviera así.
¿Cómo no pude pensar en ellas? Ale llegó a salvarme.
Tenía que dominar mis impulsos. ¿Por qué no confié en que él me buscaría y salvaría?
Me había demostrado que me amaba mucho. A partir de ahora, jamás volvería a dudar de que él me encontraría. Confiaría ciegamente en mi esposo.
—¿Por qué se demoraron tanto? —preguntó mamá en cuanto me vio.
—Disculpa, mamá, estaba curando a Luci —expliqué, lanzando miradas furtivas a Alessandro, que me miraba con ansiedad.
—Ya la curé hace un rato —protestó ella. Me acerqué y la abracé.
—Estoy segura de que no fue como yo —le dije con cariño—. Tienes que arrancarle toda la piel muerta y restregarle hasta que suelte sangre. Luego le echas la crema y la pones a secar delante del ventilador.
—¡Por Dios, hija, no tengo el valor de hacerle eso! —exclamó, soltándose de mi agarre—. Me parte el corazón hacerla sufrir.
La miré con el pecho apretado; la sensación de culpa se incrementó de nuevo. Mi madre había sufrido mucho a pesar de que trataba de ser siempre fuerte, y había hecho lo que cualquier madre haría; aun así, podía ver que mi locura la había hecho flaquear. Y lo peor de todo era que yo era la culpable.
—Lo sé, mamá —la abracé de nuevo, dándole dos besos sonoros—. Por eso se lo hice ahora. Ya verás que mañana amanece mejor.
Pude ver cómo se limpiaba unas lágrimas con disimulo. Alessandro no decía nada, solo nos observaba, sobre todo a mí. Podía ver el temor que trataba de disimular mientras se alejaba para dejarnos espacio.
—Amor, ¿vamos a ver a Damián? —lo llamé, acercándome sonriente a él.
—¿Eh? —se sorprendió mientras se acercaba a mí, y pude ver cómo torcía la boca al escuchar lo que le pedía—. ¿Quieres ver a Damián?
—Sí, vamos, amor —repetí melosa, extendiendo una mano hacia él—. Luego regresaremos a nuestra casa.
—¿Nuestra casa? ¿Lili...? —Pude ver cómo la esperanza e incredulidad asomaban a sus ojos.
—Sí, es lo que estás pensando —lo abracé por la cintura y me puse de puntillas para darle un beso suave en sus labios, para luego mirarlo fijamente y confesar—: Me acuerdo de todo, de todo, mi querido esposo. Perdóname, amor, por no esperarte.
No había terminado de decirlo y sentí como su cuerpo se tensó entre mis brazos, y por un instante creí que dejaría de respirar.
Me miraba con una intensidad buscando más allá de lo que acababa de decir, queriendo asegurarse de que no estaba soñando.
Me abrazó con fuerza, casi hasta no dejarme respirar; luego me levantó y giró conmigo feliz.
—¡Suéltame, suéltame, me da mareo eso que haces! —se detuvo al momento, asustado al escucharme, y me bajó con delicadeza mirándome fijamente.
—Disculpa, Lili, disculpa —se apresuró a decir revisando—. Es que me dio tanta alegría el saber que al fin me recuerdas como tu esposo, que no pude controlarme. ¿Estás bien?
Aunque lo recordara todo, todavía me parecía increíble que él me amara, porque lo hacía. Lo estaba mirando a los ojos, y en ese momento en la enorme expresión de preocupación que tenía reflejada en él. Le tomé el rostro y le di un beso sonoro en su boca.
Cerré los ojos con fuerza para poder experimentar esta sensación que tanto anhelé, inhalando su aroma. Las emociones me embargaron al venir a mi mente la mirada de terror justo cuando apreté el gatillo.
—Sí, tonto, estoy bien —lo estreché fuerte con un suspiro—. Y gracias por ir a rescatarme. Prometo que de ahora en adelante, pase lo que pase, esperaré siempre por ti, porque sé que vas a encontrarme, no importa dónde me metan.
—Lo haré, cariño, lo haré —era una promesa, lo sabía—. Te protegeré mucho para que no vuelvan a agarrarte. Te haré fuerte, cariño, muy fuerte.
Me abrazó tan fuerte que sentí que podía fundirme con su cuerpo, que casi me dejó sin aliento.
Hacía tantos días que no había recibido consciente su abrazo y sentí que ahora todo estaba en su lugar.
Él era mi hogar, aunque sonara irónico considerando que nuestro mundo estaba lleno de caos, intrigas y muerte.
—Sí, hija, ¿cómo se te ocurrió dispararte a la cabeza? Si no llega a ser por el pobre de Damián, no estarías aquí —escuché a mamá regañarme, y se abrazó también de mí llorando—. No lo vuelvas a hacer, hija mía, nunca más. Mientras haya vida, hay esperanza.
¿Qué podía decir? Giré dentro de los brazos de Alessandro que no me soltaba, más bien atrajo a mamá, y la estreché muy fuerte sintiendo cómo sollozaba aferrada a mí. Yo era su única hija, y casi me perdió.
—Perdóname, mamá, perdóname —rogué al verla llorar—. No lo volveré a hacer nunca más, te lo prometo.
—Yo también quiero —se adelantó Luci sonriente y se unió al abrazo de nosotros. Se sentía tan bien estar entre sus brazos—. Vamos a ver a Damián ahora.
Lo hicimos, la seguimos hasta la habitación de invitados. Cuando entramos, lo vi en el centro de la cama; estaba muy demacrado desde la memoria que guardaba de él. Pero ellas aseguraban que estaba ganando peso. Me incliné y le di un beso en la frente.
—Gracias, Damián, por salvarme —susurré acariciando su frente—. Vendré a verte todos los días, así que ponte bien rápido. ¿Recuerdas lo que me prometiste?
—¿Qué te prometió Damián? —preguntó Alessandro visiblemente celoso—. ¿No me vas a decir? Cualquier cosa que te ofrezca yo puedo darte diez veces más.