¡Ups! ¡No me equivoqué! 44. ORGANIZANDO TODO
15%

44. ORGANIZANDO TODO

ALESSANDRO:

Rufo suspiró, mirando a Lilian, detenida en el mismo lugar, abrazada a su cuerpo. Su mirada se suavizó con el peso de la preocupación. Luego, me dio dos palmadas en el hombro.

—Parece que sí, es diferente esta vez —respondió, lanzándole una última mirada a Lilian—. Aunque ya sabes, no puedo asegurarte eso, Alessandro; el trauma fue demasiado grande. No la dejes dormir por ahora. Pienso que sería bueno si la llevas a ver a su mamá y su hermana.

—¿Ahora? ¿Lo consideras de verdad una buena idea? —quise asegurarme.

—Sí, hazlo. Puede ser precisamente lo que está necesitando: escuchar la historia de alguien en quien confíe ciegamente —me aconsejó, saliendo de la habitación—. Ahora te dejo, Migue no se siente bien. No quiero dejarlo más solo. Buenas noches.

Me quedé en la puerta observando cómo se alejaba rumbo a su habitación, en el lado opuesto del pasillo. Cerré la puerta, quedándome unos segundos en silencio, pensando en sus consejos.

Me acerqué a la versión quebrada de Lilian que no se parecía en nada a la mujer radiante y segura que era. La que no medía sus palabras y siempre estaba dispuesta a enfrentarse al diablo si era necesario. Al girarme, vi cómo Lilian se observaba su cicatriz en el espejo.

—¿Cómo me hice esto, Alessandro? —preguntó al ver mi reflejo detrás de ella en el espejo.

—¿Quieres ir a ver a tu mamá y a tu hermana? —le pregunté a cambio de contestar esa pregunta—. Se van a poner felices de ver que al fin despertaste.

—¡Sí, claro que sí! —respondió enseguida emocionada—. Si es verdad que he estado durmiendo tanto, mamá debe de estar muy asustada. Vamos ahora, amor. Oh, me salió eso muy fácil.

—¿Por qué me dices así, cariño? Ven, vamos —respondí con naturalidad, extendiendo mi mano para tomar la suya—. Deja que tome una chaqueta, no hace frío, pero no quiero que te resfríes.

Ella siguió observándome en silencio, viendo cómo me movía por la habitación. Dejó que le pusiera la chaqueta e incluso una bufanda sobre su cabeza. Al ir a separarme, me tiró los brazos al cuello.

—Bésame, Ale —me pidió de pronto—. A lo mejor, si lo haces, me acuerdo más rápido de nosotros. Siento que hago esto seguido, abrazarte me refiero.

—Sí, linda, lo hacías mucho —sonreí, feliz de ver cómo regresaba mi alocada esposa que tanto me gustaba—. Espero que lo sigas haciendo. Me encanta y lo extraño muchísimo.

Y sin más, le envolví los labios en un delicado beso, que profundicé al sentir cómo su cuerpo se pegaba más al mío. Al separarme, aún mantenía los ojos cerrados, y, poco a poco, una linda sonrisa se apoderó de sus labios.

—No me acordaré de todo lo demás, Ale, pero sí de esto —dijo, con una bella sonrisa al separarnos—. Me acuerdo de esta sensación que siempre me provocaron tus besos. Me llevas al cielo, Ale, me llevas al cielo. Sigue haciéndolo todo lo que quieras; me gusta.

Y la abracé, rebosante de alegría, pues escucharla decir que recordaba que mis besos la llevaban al cielo fue más de lo que esperaba.

Envuelta así, en mis brazos protectores, bajamos las escaleras.

La llevé al auto; no quería que se agotara.

Al llegar, las luces aún estaban encendidas.

Una sombra se levantó rápido de un sillón y corrió al interior de la casa, pero Lilian la retuvo.

—¡Luci! ¿No me vas a saludar? —la llamó Lilian al verla.

—¡Lili, despertaste! ¡Mamá, mamá, corre, ven a ver, Lili despertó! —gritó y vino corriendo a su encuentro. La abrazó llorando—. ¿No sabes la falta que me has hecho, hermana?

—Ya estoy aquí, Luci. Te vas a poner bien, como siempre —la estrechó fuerte, llenándola de besos mientras la acariciaba tiernamente, como si Lucila fuera una niña pequeña.

Me asombró ver que Luci estaba casi irreconocible, llena de grandes granos. Pero me obligué a no demostrar ningún sentimiento de repulsión. Me adelanté y la estreché entre mis brazos también.

—Hola, cuñadita. Sí que sabes desaparecer. No sabes la falta que me haces —le dije la verdad. Ella era muy buena en lo que hacía.

—¿Yo? ¿Te hago falta? —preguntó, sorprendida.

—¡Claro! Me dejaste solo con la empresa y el abuelo —contesté con una sonrisa, tratando de sonar amigable y normal—. No es justo, señorita; tienes que ayudarme.

—¡Lili, hija mía, al fin despertaste! —salió corriendo la señora Libia y la abrazó también.

Me alejé un poco para dejarles espacio para su reencuentro. Libia estaba muy emocionada; no se cansaba de mirar y revisar a su hija con lágrimas rodando por sus mejillas. La entendía, porque yo sufrí mucho mientras Lili dormía. Me imaginaba que para mi suegra fue aún peor.

—¿Cuándo despertaste, hija? —preguntó Libia con las manos de Lili en las suyas, como si no pudiera creer que estuviera allí.

—Hace un rato, mamá. Disculpa por preocuparte tanto —contestó Lilian, abrazando a su madre de nuevo.

—No, no, hija. Ven, entren, entren —nos pidió mientras, con ella abrazada, la guiaba hacia el interior de la casa—. Qué alegría tan grande que al fin despertaras, hija. Tu esposo estaba muy mal, y nosotras también. Mira a tu hermana... cómo está.

—¿Mi esposo? —preguntó, sorprendida, y me miró furtivamente—. ¿Lo sabes todo, mamá?

—Claro, hija, ya me lo explicaron todo. En el corazón nadie manda —respondió con cariño, sin dejar de acariciar a Lilian—. Me alegra mucho que al fin conocieras el amor, hija. Al fin eres feliz, cariño. Sabes lo que es amar y ser amado. Además, desde que naciste eras suya.

—¿Qué? ¿Suya? —se asombró Lilian, y se detuvo para mirarla de frente—. ¿Qué quieres decir con eso?

Libia observaba a su hija con una mirada llena de emociones.

La ternura de una madre se desbordaba en cada caricia que le dedicaba.

Al escuchar la pregunta de Lilian, me dirigió una mirada y suspiró, apretando las manos de su hija entre las suyas.

Sin responder, tiró de ella hacia la cocina, mientras le preguntaba si había comido.

Pero Lilian quería saber y fruncía el ceño.

Pasaba su mirada por todos nosotros con confusión.

A pesar de que Libia trataba de evitar contestar, sabía que Lili no iba a dejar de preguntar.

Rufino me había indicado que no la apresurara en sus memorias, y me temía que, si mi suegra le contaba ahora su historia, la volviera a confundir más de lo que estaba.

—¿Cómo que ya era suya, mamá? ¿De qué estás hablando? —insistió Lilian de nuevo, en medio de la cocina, dirigiéndome miradas furtivas—. ¿Alessandro, sabes de qué habla mamá?