¡Ups! ¡No me equivoqué! 43. LA AYUDA PROFESIONAL
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43. LA AYUDA PROFESIONAL

ALESSANDRO:

Ignorando por completo el semblante estricto de Rufo, que intentaba mantenerme alejado, tomé las manos temblorosas de Lilian, que me miró con los ojos llenos de lágrimas y de temor. Se quedó mirándome fijamente, como si mi imagen la ayudara a recordar.

—Vaya, en verdad son mis memorias todo eso que recuerdo —dijo sin dejar de observarme. Luego me preguntó—: ¿Entonces la fiesta, Andy con la tal Galatea, es verdad? ¿Andy tiene una prometida que no soy yo?

—Sí, sí, querida —afirmé feliz, al ver que Rufo estaba logrando que sus recuerdos regresaran y se organizaran en su cabeza—. Luego nos fuimos a la casa en la playa y sucedió todo eso que recordaste hace un momento en el comedor.

Estaba tan feliz de ver que estaba regresando a la memoria de Lilian que quería saltar de alegría.

Fui a abrazarla, pero Rufo se aclaró la garganta, haciéndome detener.

Sin embargo, no aparté mis ojos de ella, con el corazón acelerado.

Tomé aire sin intervenir, dejando que el profesional siguiera su trabajo.

—Ya veo, era verdad todo lo que me decían de Andy. Al parecer, se burló de mí. Pero me acaba de decir que todo lo hizo por mí. A lo mejor es una prometida de mentiras. Quiere que lo deje explicarse —dijo sonriendo tímidamente y como aliviada de que él le fuera a explicar.

Y los celos, otra vez, los sentí como un puñal en mi pecho, pero me aguanté.

No pude evitar cerrar los puños con fuerza, aguantando las ganas de gritarle de nuevo.

¿Prometida de mentiras? ¿Qué iba a hacer con esta mujer?

¿Cómo podía creer que Andy lo estaba haciendo por ella?

¿Cómo podía estar pensando siquiera en escuchar a ese malnacido después de todo?

Me puse de pie y me alejé, conteniendo el profundo odio que guardaba en mi interior. Quería salir y pegarle un tiro entre ceja y ceja a ese malnacido, mientras continuaba escuchando la voz calmada de Rufino.

—Ya eso lo hizo, doctora, recuérdelo —la interrumpió Rufo—. Le pidió explicaciones a Andrea el último día del simposio.

—¿Lo hice? ¿Hablé con Andy? Espere... recuerdo algo. ¿Fue en la recepción? —Se giró hacia mí, sorprendida y alarmada a la vez —. ¿Alessandro, dijiste que era tu esposa a todos?

—Lo anunció usted primero, doctora —la siguió guiando Rufo—. Alessandro solo lo corroboró.

—Creo que me acuerdo de eso. Todos se reían de mí y Alessandro apareció. ¿Es así?—Asentí, sonriendo al ver que cada vez organizaba más sus recuerdos —. Después hicimos un contrato de las vacunas, ¿fue así, director?

—¡Exacto, doctora Lilian! —afirmó Rufo, complacido con el desarrollo—. Va muy bien.

El rostro de Lilian se iluminó con la aprobación de Rufino. Ella confiaba en él ciegamente, y eso era claro al ver que no dudaba de nada de lo que él decía. Volvió a mirarme, llena de confusión.

—¿Quién es el de los ojos amarillos, que me dijo que era suya? —Sabía que estaba llena de preguntas, y no sabía si quería que recobrara esas memorias.

—Era Demon, que vino a reclamarte como su esposa —al fin respondí, bajo la mirada atenta de Rufino.

—¡¿Cómo así?! —Se puso de pie alarmada, agarrándome fuerte—. ¿No me hiciste tu tatuaje, Alessandro, para marcarme como tuya?

—¿Te acuerdas, Lili, que te hice ese tatuaje? —pregunté feliz de que se estuviera acordando de todo, de que estuviera regresando a mí.

Tomé sus manos y la atraje hacia mí; su cuerpo se estremeció, realmente asustada. La iba a abrazar, pero Rufo negó con la cabeza, indicando que la dejara que siguiera recordando.

—Sí, me lo hizo el director, fuimos con Migue. ¿Verdad? —Volvió a mirarme en busca de confirmación; asentí, feliz —. ¿En serio Andy y yo terminamos?

Su cuerpo se estremeció completamente mientras me miraba tímidamente, llena de desconcierto. Se alejó de mí, pasando sus manos por la cabeza mientras negaba, con expresión de estar perdida en sus recuerdos.

—Lilian, mírame —le llamó la atención Rufo, al verla así—. Yo apreté con fuerza mis puños para no explotar de celos. Todo está bien, porque tú te diste cuenta de que estabas enamorada de Alessandro, como él también se dio cuenta de que no puede vivir sin ti.

Lilian se detuvo al escuchar eso. Se quedó quieta, mirando a Rufino fijamente. Su mirada le brillaba mientras se giraba hacia mí, como si quisiera confirmación a eso que le acababa de decir.

—¿Alessandro…? —Estaba tan asustada que me adelanté y la abracé fuerte.

—Sí, vida mía, te amo, te amo como no sabía que se podía amar —me apresuré a afirmar con todo mi corazón—. No temas, te protegeré, nunca más te pasará nada.

Parecía tan indefensa en mis brazos, todavía sin poder creer lo que acababa de confesarle. Su cuerpo estaba tenso, debatiéndose entre el miedo y el desconcierto por lo que no recordaba ni comprendía. Ella se separó lentamente de mí.

—Yo… Yo… —tartamudeaba sin contestar a mi confesión.

—Lilian —la volvió a tomar Rufo de mis brazos y hizo que lo mirara—, no te desesperes en recordarlo todo ahora. Ve despacio, cuando tengas una duda pregúntale a Ale, a mí, a Migue. A cualquiera que tengas cerca, no debes quedarte con la duda.

Ella asintió rápidamente, casi desesperada. Me miraba a intervalos, manteniendo ese hilo invisible que parecía unirnos, incluso en medio de sus discusiones. La duda y el temor ardían en su mirada, haciendo que todo en mí quisiera protegerla.

—No sigamos por ahora —dijo Rufino con serenidad—. Lilian, solo debes confiar en los que te amamos. No debes creerle a ningún extraño.

—Está bien, director, lo haré así. Muchas gracias —aceptó, abrazándose a sí misma—. Disculpe lo de antes, sé muy bien que usted es un gran doctor.

—No tienes que disculparte ni darme las gracias, Lilian. Eres mi cuñada, mi tutorada y mi amiga —Rufo le dedicó una sonrisa y le acarició la cabeza—. Ahora conversa con Ale, de lo que quieras. Pero no te esfuerces en recordar. Mañana te volveré a ver. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —aceptó y preguntó—: ¿Migue está bien? ¿Lo ha visto?

—Migue y yo estamos juntos, vivimos aquí.

Está descansando ahora, mañana lo verás —sonrió Rufo mientras contestaba—.

Ahora los dejo. Cualquier cosa, me llamas, Alessandro.

No la fuerces a recordar, su cerebro organizará todo, ya verás.

Y por el amor de Dios, mantén los celos y el mal carácter controlados.

Pero, sobre todo, nada de sexo; ella no debe excitarse.

Me aconsejó Rufo mientras lo acompañaba a la puerta. Lo detuve antes de salir. Miraba a Lilian; se había quedado allí, parada justo donde la había dejado, todavía abrazándose a sí misma.

—La cuidaré, Rufo, lo haré. ¿Crees que ahora despertó para siempre? —le pregunté, ansioso.