¡Ups! ¡No me equivoqué! 42. CELOS INCONTROLABLES
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42. CELOS INCONTROLABLES

ALESSANDRO:

Regresé a la habitación donde Rufo la había hecho sentar delante de él en los sillones. Me mantuve alejado. Le hablaba muy serio, mirándola fijamente a los ojos. Todo un profesional. Quizás era lo que ella necesitaba ahora; yo no estaba en condiciones de aclararle nada, los celos me consumían.

—Doctora Lilian —inició a hablar lentamente Rufo—. He sido su director durante todo este tiempo. ¿Me considera capaz de engañarla hasta ese punto? ¿No confía en mi profesionalidad como doctor?

—Perdón, director, no quise decir eso. Es que… —Lilian se inclinó varias veces delante de él—. No quise…

—La entiendo, Lilian. Créame que la entiendo —le dijo en el mismo tono—. Pero le doy mi palabra de que no he faltado jamás a mi juramento como doctor por nadie.

—Lo sé, director. No quise ofenderlo —repetía Lilian, apenada—. Confío en usted, es que todo esto me sobrepasa.

Desde mi posición en la penumbra, observaba cada uno de sus gestos.

La forma en que retorcía las manos en su regazo, cómo bajaba la mirada con cierta desesperación mientras intentaba explicar algo que claramente no podía entender.

Era absurdo, me molestaba cómo buscaba justificar lo injustificable.

Pero qué podía decir. Yo tampoco estaba seguro de lo que haría cuando decidiera finalmente enfrentarla.

—Bueno, como me ha dicho que confía en mí, empezaré por decirle que usted no es novia de Adriano Mancini, conocido por nosotros en el hospital como Andrea Valachi —le habló con seriedad Rufo.

Pude ver la mirada de incredulidad de Lilian. Pero no intervine, dejé que mi amigo siguiera haciendo su trabajo.

—Doctora, jamás le mentiría ni me aprovecharía de un paciente, y usted es mi paciente. Vamos a recordar detalle a detalle todo. ¿Qué fue lo que te dije que hicieras, Alessandro?

Me regañó Rufo, y vi que era verdad que me había saltado muchas cosas. Pero ver que ella había olvidado todo lo que sucedió entre nosotros, sobre todo, que me había aceptado como hombre y esposo, me consumía.

—Doctora Lilian, nos habíamos quedado en que fue al simposio con Alessandro y conmigo, que soy su tutor —retomó Rufo donde había dejado las cosas con Lili.

—Sí, ya me acordé de eso —estuvo de acuerdo ella.

—Muy bien, entonces debe acordarse de cómo fue a ese simposio —siguió guiándola Rufo.

—Bueno…, creo que fui disfrazada de la señora Minetti, me lo acaba de decir el señor Alessandro, y ahora lo recuerdo algo —contestó ella todavía apenada, comportándose como una paciente.

—Muy bien, por lo que siempre andaba con Alessandro—. Ella asintió, concentrada en él, con mirada ansiosa.

—Entonces, cierre los ojos y concéntrese en todas las memorias que tiene junto a Alessandro del día del simposio. Dígalas en voz alta.

—Bueno, señor director —me miró como si buscara mi ayuda —. Llegamos, hubo una ceremonia, luego vimos una interesante conferencia y después, más tarde… Oh, oh, es verdad, es verdad…

Lilian giró otra vez la cabeza buscándome, lo cual me llenó de alegría, y le sonreí. Luego regresó su atención a Rufino, que esperaba pacientemente.

—¡Andy no se llama Andrea Valachi! —exclamó, abriendo los ojos muy grandes, y me llené de regocijo. ¡Estaba recordando!

—Cierto, se llama Adriano Mancini y nos lo encontramos en compañía de Eva, que son amigos desde niños y estaban infiltrados en nuestro hospital —le dijo todo de un sopetón.

Lilian pareció quedarse congelada, mirando alternadamente a mí y a Rufo. Le dije que sí con la cabeza al ver el miedo aparecer en su rostro. Sabía que estaba tratando de procesar toda la información de golpe. Luego regresó a Rufo, buscando confirmación.

—¿Infiltrados? ¿Por qué alguien querría infiltrarse en un hospital? —preguntó finalmente, con incredulidad.

—Sí, doctora, siga recordando. ¿Después de ese encuentro, qué más pasó?

—Rufo se giró hacia mí—. Si ella no lo recuerda, Alessandro, puedes ayudarla, acércate por favor, pero mantén la calma.

Comienza tú a contar lo que hicieron ese día, cuando ella no lo recuerde, para que vaya uniendo las memorias.

Lilian me sostuvo la mirada por unos segundos. Entonces, asintió, pero volvió su atención a Rufo. Me acerqué un poco más, pero sin llegar a su lado.

—Después de encontrarnos con Adriano y Eva, conversar con ellos en el pasillo del hotel, subimos a nuestra habitación —dije, observando cómo a ella se le comenzaban a llenar los ojos de lágrimas.

Mi mandíbula se tensó queriendo correr a abrazarla y consolarla, pero la mirada de advertencia de Rufino me detuvo. Maldición, mi autocontrol pendía de un hilo. Rufo carraspeó, interrumpiendo mi deseo.

—Doctora Lilian, continúe usted. ¿Qué pasó después? —preguntó con seriedad en su rol de doctor.

—Fuimos a la conferencia, y por la noche maté a un hombre… —Rufo se giró a mirarme, interrogante.

—No, no, amor, no mataste a nadie —intervine con toda la dulzura y amor que pude transmitir en mi voz, muy suavemente—, y no fue ese primer día en que fuimos al hotel, cariño.

Fue antes de iniciar el simposio que fuimos a un club.

Hubo una pelea, y alguien te amenazó, solo te defendiste, pero no le hiciste nada a ese hombre.

Lilian se llevó la mano temblorosa a su boca, realmente impresionada por lo que estábamos ayudando a recordar. Su mirada estaba nublada por la confusión. Parecía un pajarito asustado y pude ver miedo cuando giró a verme.

—No logro recordarlo con claridad. Siento que estoy perdiendo la cabeza —susurró, más para ella que para nosotros.

—¿Entonces quiere decir que la noche antes de comenzar el simposio pasó eso? —preguntó Rufo. Dije que sí con la cabeza viendo cómo él volvía su atención a ella, que seguía confundida.

—Muy bien, Lilian, vamos de nuevo. El día que llegaron a Milán fueron a un club y pasó eso; luego fueron a la inauguración; después el encuentro con Andrea y Eva en el hotel, y siguieron las conferencias. ¿Vamos bien, doctora?

—Sí, director, ya está más claro en mi cabeza. Lo otro que recuerdo es beber con muchos extraños. ¿Lo hice? —preguntó temerosa de lo que recordaba, y esta vez, me miró tímidamente en busca de confirmación.

¡Oh, Dios, mi pobre y adorable Lili estaba perdida y yo de imbécil la había asustado así! Me acerqué queriendo abrazarla, protegerla de todo. Pero una mirada rápida de Rufino me detuvo. Me agaché a su lado demostrando calma.

—Eso fue cuando te presenté a mis hombres de Milán, linda —dije con suavidad, temiendo asustarla—. Te divertiste mucho con ellos.

—¿Quién es el capo Cian? —preguntó de pronto.

—Es el capo de Milán; le caíste muy bien —respondí enseguida—. ¿Recuerdas, Lili, lo que hicimos ese día?