¡Ups! ¡No me equivoqué! 41. TODAVÍA SIN RECORDAR
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41. TODAVÍA SIN RECORDAR

ALESSANDRO:

Lilian se separó de mis brazos y dio un paso atrás. La forma en que me miraba me alertaba de que no se había rendido. Seguía todavía sin recordar todas sus memorias. No podía culparla. Pero…, ¿cómo podía permitirse dudar aún de mí, después de todo lo que estábamos enfrentando?

—Entonces…, si soy tu mujer y dices que me amas tanto, ¿por qué siento que me escondes cosas, Alessandro? —insistió de nuevo, pero fue interrumpida por los golpes en la puerta que se abrió sin esperar nuestra respuesta, dejando pasar a Rufo.

Rufino me lanzó una mirada de advertencia de que no interviniera. Me contuve y respiré profundamente, dejando paso al profesional mientras intentaba mantener mi compostura. Rufo se acercó despacio.

—Doctora Lilian, tendrá respuesta a todas sus preguntas —dijo Rufo, acercándose despacio mientras yo agradecía que hubiera aparecido, porque no sabía si iba a poder controlarme, los celos me estaban matando—, vayamos despacio. Ahora no debe preocuparse por eso.

—¿Cómo no me voy a preocupar, señor director? —lo enfrentó ella, visiblemente confundida—. ¡Si es verdad que pasaron tantos meses, perdí mi graduación y no me gradué! ¿Sabe lo que eso significa?

Rufo no le respondió de inmediato. Lilian lo miró con lágrimas en los ojos. Con toda la calma del mundo, la tomó de una mano y la hizo sentar en la cama. Él tenía la habilidad de calmarla al instante.

—No fue así, yo entregué su trabajo y aprobó —confesó Rufo. Lilian lo miró, desconcertada—. Su tesis, ¿no me diga que se le olvidó que soy su tutor y que me la había dado para una última revisión?

—¿Mi tutor? ¿Es usted mi tutor? —Lilian lo miró con la misma incredulidad de cuando la aceptó.

La vi parpadear, sorprendida. Era evidente que no se acordaba de mucho, y eso me desesperaba. Ella levantó su barbilla, mientras sus ojos chispeaban con incredulidad. Qué hermosa se veía cuando estaba así, no podía dejar de pensar. Tanto que incluso dolía.

—Rufo, estoy perdiendo la paciencia —interrumpí, sin poder contenerme—.

¿Me puedes explicar por qué las veces anteriores que se despertó, se acordaba de todo bien y ahora no?

Todo lo tiene confundido. ¿Cómo puede olvidar todo lo que la hizo sufrir Andrea?

¡Hasta lo llamó por teléfono y se citó para hablar con él!

Este escenario jamás lo imaginé. Que perdiera la memoria lo entendía, incluso que se olvidara de mí y tuviera que volver a enamorarla.

Pero que siguiera pensando que era novia de Andrea, no lo aguantaba, ¡no señor!

Y mucho menos que estuviera tan preocupada por Damián y de mí no se acordara. Estaba al borde de explotar.

—Calma, Ale —me pidió Rufo, que me conocía mejor que nadie—. ¿Qué es lo que tiene confundida la doctora Lilian? ¿No le contaste todo en orden como te dije?

—¡Traté, pero ella cree que es novia de Andy todavía! —exclamé, desesperado.

—¡Lo soy! ¡Andy y yo somos novios! —dijo Lilian categóricamente, como antes, y me alejé al punto de explotar.

Mientras me alejaba rumbo al balcón, sacando un tabaco, mi mente no dejaba de preguntármelo: ¿qué iba a hacer ahora, si ella seguía sin acordarse de que era mi esposa y no la novia de Andrea? Me detuve al escuchar a Rufo refutarle a Lilian con firmeza.

—No, doctora. No lo es...

—¡Sí lo soy, soy su prometida y me voy a casar con él!

—lo interrumpió Lilian, poniéndose de pie, molesta.

Se alejó de nosotros, mirándonos con desconfianza—.

Así que dejen de querer engañarme para que esté con Alessandro.

¡Yo soy la prometida de Andrea, o Adriano, y punto!

Me iré a arreglar todo con él mañana mismo y nos casaremos. ¿Me escuchan?

La miré, desesperado. Lilian no solo se aferraba a sus recuerdos equivocados, sino que además me acusaba de intentar controlarla, de mentirle.

Yo, que podría tener todo lo que quisiera con un chasquido de mis dedos, estaba atrapado en la cárcel que ella había construido entre sus dudas, y mi control se rompió en ese instante.

—¡No lo eres, Lili, eres mi mujer, mía! —le grité, retrucando todo a mi alrededor.

Olvidando que estaba enferma, no me pude aguantar.

Este carácter mío me jugó una mala pasada—.

¿Lo escuchaste? ¡Eres mía desde que naciste!

¡Mía, mía! ¡Así que métetelo en esa cabeza!

¡No te dejaré ir a ver a Andy! ¡Maldición!

Me sentí tan frustrado que di un fuerte golpe en la pared para ver si se iba esta enorme furia e impotencia que me hacía sentir esta situación. Pero el grito de Rufo me hizo callar.

—¡Basta, Alessandro! —rugió Rufo, colocándose frente a Lilian.

Lo miré con ojos llameantes, con el cuerpo tenso y los puños cerrados.

Él dio un paso más, señalándome con un dedo—.

¿Es que no ves lo que estás haciendo? ¡Ella está enferma y confundida!

¡Tú solo estás empeorando todo con tus gritos y tus golpes!

Por unos segundos, los tres nos quedamos paralizados.

Rufino, que siempre se mantenía calmado, ahora había perdido la paciencia conmigo.

Me dio la espalda para girar hacia Lilian, que retrocedió sujetando su cabeza con los ojos muy abiertos.

Miré a mi esposa y vi que ahora tenía una mirada llena de desconfianza y temor que me hizo sentir culpable. ¡Oh, madre mía! ¿Qué había hecho?

—Lili, Lili, amor…

Corrí al encuentro de mi Lilian, que nos miraba aterrada y con tremenda desconfianza, apretando su cabeza con ambas manos. Ella se alejó de mí, girando su mirada como si buscara por dónde escapar.

—Yo… Yo… ¡No te me acerques! —me gritó con expresión de terror en su mirada. Rufo se adelantó y la tomó por las manos—. ¡Tengo que ver a mamá!

—Lilian, no te asustes. Lilian, mírame a mí, a mí, doctora. No mires a Alessandro, solo a mí —Rufo la perseguía por la habitación, muy preocupado—. Sal de aquí, Alessandro, ¡ahora!

Me pidió Rufo, interponiéndose entre ella y yo.

Lo hice. Salí al balcón, tomé todo el aire que pude.

¿Cómo pude perder los estribos con ella?

Estaba enferma, enferma. ¿Cómo pude gritarle así a mi pobre Lili?

La necesitaba tanto, tanto que verla y escucharla decir eso hizo que mis celos saltaran incontrolables.

Creía que si no recordaba todo, me iba a volver loco.

La necesitaba al punto de no poder pensar claro sin ella.

Si no regresaba a mí, si no me recordaba, creía que no iba a poder sobrepasar este problema.

Los celos me estaban matando. Alessandro Minetti, tienes que controlarte. Si no te recuerda, ¡enamórala de nuevo!