¡Ups! ¡No me equivoqué! 40. SE ACUERDA DE TODOS, MENOS DE MÍ
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40. SE ACUERDA DE TODOS, MENOS DE MÍ

ALESSANDRO:

La miré sin poder creerlo. Esta mujer me estaba matando, se acordaba de todos menos de que éramos pareja.

Los celos me consumían. Apretó su mandíbula tratando de procesar lo que acababa de decir.

La observé mientras mi cuerpo se enfriaba.

Ella retrocedió riendo, aunque no dejaba de mirarme intrigada.

Era evidente que le importaba más ese maldito hombre que el que tenía frente a ella.

—¿Damián? —repetí su nombre cargado de veneno—. ¿Por qué diablos me preguntas por él, Lili? ¿Por qué?

—¡Oh, por Dios, Ale! Dime que salvaste a Damián, Ale, dímelo —me rogó con tremenda ansiedad.

¡Rayos! Esta mujer iba a acabar conmigo.

No respondí de inmediato porque no confiaba en lo que pudiera salir de mi boca en ese momento.

Me senté en la cama, sintiendo cómo la furia crecía dentro de mí.

¿Damián? ¿Era en serio, Lili? Después de todo lo que habíamos pasado, todo lo que habíamos compartido, ¿todavía le importaba él más que yo?

—¿Por qué, Lili? ¿Te enamoraste de él? ¿Es eso? —inquirí, poniéndome de pie y alejándome de la cama.

¿Qué otra cosa podía ser? Primero se creía novia de Andy y ahora me preguntaba por el otro. Pero de mí no se acordaba. Esto debía ser una broma que me estaba jugando el destino.

—¡No, no, Ale! No se trata de eso, él me salvó —vino corriendo y se abrazó de mí por la espalda.

Me giré entre sus brazos, mirándola fijamente—.

No me mires así, lo acabo de recordar. Iba escapando de este tipo de los ojos amarillos y monté en su auto.

Me salvó, Ale, me salvó. No me dio a los hombres que me buscaban.

Lilian me contaba apresuradamente y me llenaba de alegría al ver que estaba recordando. La estreché y la besé en los labios mientras me decía: Alessandro, tienes que tener paciencia, como te dijo Rufo. No la presiones. Respira, respira y ayúdala a recordar todo.

—Lo sé, que te salvó, Lili. Por eso lo traje con nosotros —respondí al fin con una sonrisa, sin soltarla.

—¿Lo trajiste? ¿De dónde? —ella seguía abrazada de mí, y yo de ella, lo cual me llenaba de alegría.

—De Francia, está en la casa de tu mamá, en el lago —seguí explicando con una sonrisa.

Se quedó inmóvil sin entender. Por un momento, me miró incrédula, con los ojos entrecerrados tratando de recordar. Se soltó de mí, con expresión de incredulidad.

—¿Qué hace Damián en la casa de mi mamá? —preguntó extrañada.

—Te salvó. Él no tiene otra familia. En agradecimiento lo traje con nosotros. Tiene muchos enemigos allá en Francia, lo estaban matando. No quiero que le vaya a pasar nada —le expliqué con sinceridad.

La vi un poco perdida, y revolvió su cabello como era su costumbre cuando estaba ante un problema. Luego se fijó en mí y no pude evitar sentir que estaba recordando a Damián. Respiré hondo, conteniendo los celos. No podía presionarla más.

—¿Y por qué lo tienes en casa de mamá y no aquí? —preguntó intrigada y temerosa.

—La señora Libia y tu hermana Lucila se ofrecieron a cuidarlo en agradecimiento por salvarte —expliqué, sabiendo lo que le preocupaba, aunque preferí no decir nada más.

Lilian seguía revolviendo su cabello, caminando de un lado a otro por delante de mí. Extendí la mano para detenerla. Aunque me alegraba ver a mi Lili así, sentía que al fin había regresado a mí.

—Es cierto, Damián me salvó de Demon, aunque me quiso robar de ti. Menos mal que solo estuve en Francia un día —se detuvo al escucharse decir eso—. Gracias por ir por mí, Alessandro. Espera…, ¿cómo recuerdo eso? ¿Qué pasó? ¿Cómo fui a parar a Francia?

—Te montaste en el auto de Damián mientras escapabas de Demon y él te llevó a Francia. Se casó contigo y pretendía robarte de mí —le expliqué todo de un tirón viendo cómo me miraba—. Pero no sirvió de nada porque eres mía. Ya nos habíamos casado con tu verdadero nombre.

—¿Verdadero nombre? —me observó intrigada—. ¿Qué quieres decir con eso?

Su rostro mostraba una expresión de desconcierto que me deleitó.

No me imaginaba qué tan difícil era la falta de memoria para ella, pero para mí estaba siendo una gran prueba.

Sobre todo, tener a Damián tan cerca después de lo que había hecho por mi mujer solo aumentaba mis celos, aunque no quisiera reconocerlo.

—Es una historia larga que prefiero que te la cuente tu mamá mañana —le tomé las manos, tirando de ella suavemente—. Hay algo que debo aclararte, cariño. No estuvimos en Francia un día, sino tres meses.

—¡¿Tres meses?! —exclamó soltando mis manos—. ¿Cómo que tres meses? ¿Me estás diciendo que me perdí mi graduación, Ale?

Retrocedió visiblemente irritada, sin recordar.

Su mirada chispeante y llena de obstinada decisión me atravesó como una bala.

Si tan solo supiera una décima parte de las cosas que me había visto obligado a hacer para mantenerla a salvo.

Y ahora ella me estaba acusando. Era el culpable de todo para ella.

No comprendía que me estaba matando. Se tapó el rostro con ambas manos, resoplando.

Cuando las apartó, su expresión había cambiado.

—Alessandro, ¿no me están engañando? ¿Es verdad que me separé de Andy o solo es una mentira para que esté contigo? —Pude ver una esperanza en su mirada que me destrozaba—. Esto debe ser una trampa tuya, Alessandro, para confundirme. Todo eso que me cuentas no puede ser verdad, no puede...

Levanté una mano y le cerré la boca con un dedo.

Me incliné y la besé con amor. Ella no se negó, me dejó hasta que su respiración se entrecortó.

Lilian era impulsiva, directa y no temía decir lo que pensaba.

Pero ahora se sentía perdida ante la falta de memoria y la desconfianza hacia mí, lo cual me dolía demasiado.

—Lili... —la abracé fuerte, tratando de protegerla de sus miedos—.

Me conoces, soy el peor de los hombres, pero sabes que no hago promesas vacías, y menos a ti.

Sí, te separaste de Adriano porque tiene una prometida.

Sí, es verdad que te amo y que cuando te sentiste dolorida, yo te confesé mi amor.

Pero no me aproveché de ti. Esas imágenes que tienes fueron la intimidad que tuvimos jugando, pero nada más.

Lilian no dijo nada por un segundo. Esta mujer, esta loca e impredecible mujer mía, me estaba llevando a mis límites.

Si fuera cualquier otra persona, ya le habría puesto un alto definitivo.

Pero mi Lili… Suspiré mientras besaba su cabello.

Rufo tenía razón: necesitaría toda la paciencia del mundo y más.

Porque esta mujer no solo iba a acabar conmigo, ya lo estaba haciendo.

Y lo peor: nunca la alejaría de mí. Me tenía en sus manos.