39. LLENO DE FRUSTRACIÓN
MINETTI:
Respiro profundo. Esto no puede estar pasando, no puede.
La miro; ha comenzado a comer como si nada, con tremendo apetito.
Se ha vestido muy bonito, con un juego de sayas que la hace ver hermosa, y actúa como siempre.
Me siento a su lado de nuevo; la observo mientras devora toda la comida.
Siempre me ha gustado su apetito. Cuando veo que termina y toma el vaso de agua, respiro hondo y comienzo a hablar.
—Lili, ya Andy no es tu novio. No lo es —repito, tratando de mantener la calma, algo que casi no puedo conseguir—. Andy hace mucho que dejó de ser tu novio. Yo soy tu esposo, tú eres mía. Él te engañó todos estos años.
—¿De qué hablas, Alessandro? Deja de inventar cosas sobre mi novio —. La miro fijamente y me doy cuenta de que no recuerda nada de lo que pasó con él.
—Lili, ahora mismo me preguntaste si era verdad que tú y yo habíamos intimado. ¿No es así? —trato de razonar con ella.
—Sí, ¿y qué tiene eso que ver con Andy? —Lo defiende con fervor—. De seguro cometí una locura en alguna borrachera. No sería la primera vez que lo hago.
Mi paciencia es escasa y está a punto de quebrarse.
¿Cómo puede pensar que lo nuestro, todo por lo que he luchado, todo lo que he sacrificado, fue una simple "locura" de una noche?
Una borrachera, dice. ¡Diantres! No se le pasa por la cabeza todo lo que implica ser mía.
No soy un hombre común, no puedo permitirme debilidades.
Y ahora mismo, Lilian es mi mayor debilidad, aunque ella ni siquiera se acuerda de mí.
—No, cariño, no estábamos borrachos —digo con firmeza.
Decido decirle toda la verdad, pero recuerdo el consejo de Rufo—.
Habíamos acabado de comer una cena romántica cuando eso pasó.
Te respondí que sí, que éramos una pareja real, porque lo somos, amor, lo somos.
Lo que no recuerdas es por tu accidente.
Mejor te cuento todo lo que pasó en el simposio, detalle a detalle, como dijo tu doctor, sin saltarnos nada.
¿Quieres, cariño? Así sales de esa confusión que tienes y recuerdas todo.
Le tomo una mano y la beso repetidamente.
Lilian se queda observándome muy seria, con recelo.
Ha terminado de comer todo lo que le sirvieron y ahora bebe su agua.
Ella me mira confundida, lo puedo ver. Es evidente que no lo recuerda.
En su mente, Lilian todavía vive en su mundo de caos, risas nerviosas y decisiones impulsivas.
Y lo peor: en esas memorias existe Andrea.
En su mente, él es su novio, el hombre que ama… Y yo… ¡Maldita sea, me ha olvidado!
—Alessandro, ¿en serio todo eso que parecen sueños pasó? ¿No me estoy haciendo ilusiones contigo? ¿Me aceptaste de verdad como tu mujer? —pregunta, para mi alegría.
—Sí, sí, cariño, es verdad —me apresuro a decir—. Todo eso que crees que son sueños no lo son; pasó de verdad entre nosotros. ¿Quieres que te cuente o prefieres preguntarme tú?
Se pone de pie despacio y camina lentamente rodeando la mesa.
Hace que me enderece en la silla y me aleje un poco.
Cruza una pierna por encima y se sienta a horcajadas sobre mis piernas, y ya veo que es lo que recuerda.
Por eso la tomo, como hice aquella vez en la casa de la playa, por sus glúteos y la impulso contra mi erección, que no tarda en manifestarse al sentir su centro caliente sobre mi miembro.
—¿Esto pasó de verdad, Ale? —pregunta en un susurro, mordiendo mi oreja.
No le respondo. La beso apasionadamente, introduciendo mis manos por debajo de su ropa. Acaricio sus glúteos, tratando de hacer exactamente lo que hice esa noche en Milán.
—Ale… Ale… —gime en mi oído.
—Dime, cariño, ¿te acuerdas ahora? —inquiero con anhelo—. ¿Quieres que repitamos todo de nuevo?
Me levanto con ella cargada, que sigue abrazada de mi cuello, y subo las escaleras casi volando.
Cierro la puerta de la habitación con mi pie, sin dejar de besarla.
No quiero que se arrepienta; esperé mucho por esto.
La acuesto en la cama, dejándome caer encima de su cuerpo, sin dejar de besarla.
Permanece con los ojos cerrados, disfrutando de mis caricias.
Intento quitarle las bragas, pero me detiene.
—¡Ale, me acuerdo! ¡Me acuerdo de esto, me acuerdo! ¡Oh, por Dios, Ale, estuve contigo! ¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios! ¿Qué fue lo que hice? ¿Fui tu mujer, Alessandro? ¿Lo hice de verdad? ¿Es en serio? ¿Lo hicimos? —pregunta asustada, sentada en la cama y alejándose de mí.
—Sí, sí, eres mi mujer, Lili. Mi amor, mi esposa —respondo, tratando de acariciarla, de volver a besarla, pero me rehúye—. Eres la *Prima Donna* de la mafia italiana. Pero como me dijiste, sobre todo y lo más importante, eres…
—La mujer que te vuelve loco, ja, ja, ja.
¿Te dije eso? Recuerdo habértelo dicho y salir corriendo descalza.
¿Pasó eso de verdad, Ale? ¿Cómo pude decirte eso?
Ja, ja, ja —ríe mientras se pone toda colorada, sin dejar de mirarme, avergonzada.
Adoro a mi Lili; es tan inocente y pura—.
¡Soy la mujer que te vuelve loco! Ja, ja, ja…
¡Qué locura es esta! Tiene que ser una broma.
No pude serle infiel hasta ese extremo a Andy.
Todo cambia en la habitación. Su risa nerviosa sonaba en medio de su respiración agitada. No dejo de acariciarla, sintiendo cómo todo mi cuerpo reacciona a sus caricias.
—No es broma, Lili. Lo haces, me vuelves loco. Y no le fuiste infiel a Andy porque no eras nada de él cuando sucedió. Así que ven, no te vas a escapar esta vez. Te haré mía —trato de atraparla de nuevo y colocarla debajo de mí, pero se revuelve, mientras no deja de reír, escapándose de mis manos.
—¡No, no! ¡Suéltame! Quiero ir a ver a mamá —sigue riendo, divertida—. Si es cierto eso que dicen tú y Rufo, que dormí por tanto tiempo, ella y Luci deben estar muy asustadas. Dale, vamos a verlas ahora mismo.
Quiero negarme, pero sé que no debo hacerlo.
Ella desea verlas, y es su derecho. Pero este momento lo es todo para mí.
Sin embargo, no puedo impedirlo. Ver a mi Lili, revolviéndose en mis brazos, esquivándome, sacándome de control otra vez con su impulsividad, con su impredecible manera de ser que tanto me gusta.
—¿Ahora? Es tarde, cariño. Quédate conmigo, recordándolo todo, anda. No quiero que vuelvas a olvidar que eres mía —ruego sin recato—. ¿Y si no te despiertas mañana? Por favor, amor, quédate esta noche conmigo, te extrañé mucho. Eres mi mujer, mía, Lili.
—¡No digas eso! —protesta de nuevo, y eso me enfurece.
—¿Por qué no? —la enfrento, mirándola fijamente—. Eres mi esposa, Lilian. Rompimos el contrato, ahora somos marido y mujer de verdad.
—¡Ale! —exclama de pronto, como si recordara algo importante—. ¿Dónde está Damián?