¡Ups! ¡No me equivoqué! 38. RECORDANDO COSAS
13%

38. RECORDANDO COSAS

LILIAN:

Cuando llegamos al comedor, todo estaba impecable. Me di cuenta de que recordaba el lugar. Miraba a mi alrededor, evitando mirar a Alessandro, que seguía observándome fijamente. Me senté frente a la mesa de roble antiguo, a su derecha, sin dejar de lanzarle miradas furtivas.

—¿Qué es, cariño? Pregúntame, no te mentiré, te contaré toda la verdad. Estoy feliz de que al fin despertaste —me pidió con sus ojos brillosos, exudando una tremenda expresión de felicidad al decir esas palabras.

—¿Tú y yo? —comencé a hablar—. Es decir, nosotros… quiero decir…

—Deja de tartamudear y dime —me interrumpió con su tono autoritario de siempre—. ¿Quieres saber si te hice mía? ¿Es eso?

—Sí —contesté sintiendo cómo me ruborizaba—. Tengo unas memorias… ji, ji, ji… Tú y yo… ji, ji, ji… Tú y yo... ¡Diantres, Lilian! ¿Cómo es que todo lo tuyo es una locura? ¿En serio perdiste tu virginidad con él en ese simposio y no te acuerdas? ¿Qué va a pasar con Andy ahora?

Sin apartar su mirada de la mía, Alessandro se mantenía calmado. Su presencia imponente y dominante era imposible de ignorar. Incliné la cabeza con fuerza mientras intentaba enfocarme en la comida, pero no podía. Jugaba con el tenedor mientras mi corazón latía con fuerza en mi pecho.

—No, amor, no te he hecho mujer todavía. Pero sí jugamos, te saboreé completa y tú a mí. Somos una real pareja, cariño —me dijo sonriente, reflejando una satisfacción, diría yo, peligrosa—. Te dejaste de Andrea al comprobar que te había estado engañando todos estos años. Me aceptaste a mí.

—¡¿Qué?! ¿Cuándo me dejé de Andy? —inquirí, totalmente incrédula por lo que me decía—.

Está mintiendo. Yo no me he peleado con él.

Tampoco puedo haberlo aceptado, cuando usted me prohibió enamorarme de usted, señor Minetti.

¿Se acuerda? Usted me dijo que solo amaría a Celia toda su vida.

¿Cómo ahora dice que me ama a mí? ¡Eso jamás lo voy a creer!

Yo no lo acepté. Nunca aceptaría a un hombre que ama a otra mujer, aunque esté muerta.

Lo solté todo de un golpe, como siempre. Alessandro, sin embargo, ni se inmutó. No dejó de mirarme, levantando una ceja mientras tamborileaba sobre la mesa, completamente sereno. Mantenía el control absoluto, lo cual me irritaba y me desarmaba al mismo tiempo.

—Lilian… —murmuró inflando su nariz y sabía que estaba aguantándose. Luego se irguió y me miró de frente—. Lilian, me aceptaste después de que yo te confesara que te amo más que a Celia, más que a nadie en este mundo, y nos convertimos en un matrimonio real.

Con esa elegancia felina que reconocía por fragmentos en mis memorias confusas, se acercó más a mí.

Mi instinto me gritaba que me apartara, pero mi cuerpo no me respondía, y ni se movió.

E inclinándose un poco más para acercarse, hizo que mi respiración se acelerara al sentir su cercanía.

Tan masculino e intenso, que asemejaba un arma muy peligrosa.

—¿Te acuerdas de eso, amor, cuando te lo confesé desnudos en el baño? —preguntó de pronto, con una suavidad que me sorprendió—. Perdóname, cariño, cuando te prohibí eso no sabía que ya te habías metido en mi corazón. Te amo, Lilian, te amo como nunca supe que se podía amar a alguien.

Lo miré con incredulidad, saqué despacio mi mano debajo de la suya con recelo. Podía ver que había sinceridad en su mirada, lo cual me llenaba de emociones y miedos. Quería que fuera verdad y, al mismo tiempo, me llenaba de temor.

—¿Me amas de veras, Alessandro? —Más que preguntar, balbuceé—. Dijiste que solo amarías a Celia. ¿Qué juego es este?

Alessandro no dijo nada de inmediato. Se quedó por unos instantes con su mirada fija en mí. Luego bajó la cabeza, apretando su entrecejo. Cuando volvió a levantarla, comenzó a hablar.

—Te dije muchas cosas ese día, es cierto. Pero, Lilian, las cosas cambian. Todos cambiamos. Tú… me cambiaste —se apoyó en el respaldo de su silla—. Es cierto, Celia fue mi pasado, pero tú eres mi presente. Eres lo único que quiero, lo único que necesito.

El nudo en mi garganta se hacía cada vez más grande. La manera en que hablaba me hacía sentir que, una vez más, estaba perdiendo ante él. Volvió a tomar una de mis manos, apretándola con fuerza, sin dejar que me escapara.

—Cariño, por favor, no es un juego, es la verdad —aseguró con vehemencia—.

Me di cuenta de que te adoraba cuando te vi flotando en el mar y creí que te había perdido para siempre.

Ahí fue cuando entendí que mi amor por ti era tan grande, que sobrepasaba con creces el que una vez pensé sentir por Celia.

¿Quieres que te repita todo lo que ha pasado desde entonces, todo lo del simposio?

¿Miraste la fecha en el teléfono? ¿Recuerdas la fecha en que te fui a liberar del hospital?

—¿La fecha? —inquirí, todavía confundida.

—Sí, cariño, ha pasado mucho tiempo desde eso que recuerdas —dijo con seriedad.

Me quedé en silencio, observándolo. Ahora que lo pensaba, cuando abrí el teléfono, las llamadas de Andy eran muchísimas.

No las pudo haber hecho todas en un día.

¿Sería verdad todo lo que me decía? Saqué de nuevo mi teléfono y lo miré.

¡Dios, era verdad! Habían pasado más de cuatro meses desde entonces.

Miré a Alessandro asustada. ¿Qué me había pasado?

—¿Alessandro…? —murmuré, sintiendo el pánico subirme por la garganta.

—No te asustes, Lili. Yo recuerdo todo. Estábamos juntos todo el tiempo.

Recuerda que fuiste al simposio como mi señora —dijo con suavidad, como si intentara tranquilizarme—, disfrazada de la señora Minetti, porque no podías entrar de otra manera.

Fue cuando supimos la verdad, que Andy no se llama así, sino…

—¡Adriano Mancini! —interrumpí, completando lo que iba a decir—. Acaba de decírmelo cuando hablé con él hace un rato.

—¿Qué? —Alessandro saltó como un resorte en su asiento. Me asombró ver el destello de celos en sus ojos—. ¿Por qué hablaste con Adriano y no conmigo? ¡¿Desde cuándo despertaste, Lilian?!

Retrocedí en mi asiento, creando espacio entre los dos. Lo miraba con incredulidad. Eran celos lo que veía en todas sus reacciones. Quería creer que, en verdad, este rudo hombre se había enamorado de mí. Sin embargo, decidí no provocarlo más y contestar lo que me preguntaba.

—A ver… Me desperté hace como media hora, quizás un poco más.

Hice mis cosas, me bañé, hablé con Andy, que me pidió perdón, quiere que nos encontremos —vi cómo su expresión se torcía, por eso me apresuré a decir—: Me explicó que todo lo hizo por mí, que nunca quiso hacerme eso.

Siempre es así con él, arma un escándalo y luego se disculpa, ja, ja, ja...

Mañana, cuando lo vea, de seguro me pedirá perdón y ya. ¡Todo arreglado entre nosotros!

—¡Sobre mi cadáver te vas a encontrar con él! ¿Me escuchas? ¡Tú eres mi esposa, mía, Lilian Minetti! —vociferó Alessandro furioso, poniéndose de pie, haciendo que la silla cayera violentamente. Me asusté, pero le respondí de la misma manera.

—¡Alessandro, que es mi novio! —solté de repente, levantándome de golpe—. ¡No me puedes prohibir que lo vea, eso no está en el contrato!