¡Ups! ¡No me equivoqué! 36. UNA CONSULTA INESPERADA
12%

36. UNA CONSULTA INESPERADA

LILIAN:

Me quedé en blanco por unos segundos. Sentía una sensación extraña en la manera en que me trataba el director, pero, sobre todo, en cómo me miraba Alessandro y cómo estaba atento a todo lo que hacía el doctor Rufino.

No contesté de inmediato, por lo que me concentré en tratar de recordar todo lo que había hecho ese día.

—Bueno…, hoy tenía que hacer guardia. El señor Minetti aquí presente me fue a buscar; llegó justo a tiempo para impedir que Humberto y Estefan le volaran la cabeza a Andy por la discusión que manteníamos.

Perdón por eso, director, le aseguro que no lo volveremos a hacer.

Andy se porta así, pero no es malo, usted lo conoce muy bien —le conté con un poco de vergüenza—.

Después discutimos el señor Minetti y yo en mi consulta del hospital.

Luego usted me dio permiso para faltar esta semana por el lío del tiro en París. ¿Me dio permiso, verdad?

—Lili, eso pasó hace mucho —intervino Alessandro sin dejar que el director me aclarara la duda—. Ya pasaron muchos días después de eso. ¿No recuerdas nada más?

—¿Muchos días? ¿Qué quiere decir? —Lo miré realmente preocupada ahora.

Lo miré confundida, sobre todo porque no entendía por qué me trataba con tanta familiaridad el señor Minetti delante de Rufino, quien sabía que nuestro matrimonio era falso. Estaba a punto de averiguarlo, pero el director se adelantó.

—Espera, Ale —lo interrumpió Rufino—. Doctora Lilian, haga el esfuerzo y concéntrese. Vamos de nuevo. ¿Qué recuerda después de eso?

—Después de eso, bueno…, fui a ver a Alessandro a su empresa. Lo cogí al punto de meterle mano a una francesa —solté una carcajada al ver el rostro que ponía diciendo que no—. Bueno, no lo dejé. Luego me entrenó y comimos en el restaurante de los obreros.

—Muy bien, excelente, excelente, siga —insistió el doctor—. ¿Qué pasó después?

—Nada, vinimos para la casa, me bañé, me acosté y me quedé dormida hasta ahora —terminé con alivio y me giré hacia Minetti—.

Por cierto, debió despertarme, señor. He tenido algunas pesadillas terribles.

No puedo dormir de día, ya lo sabe. Para la próxima vez que vea que me duermo en las tardes, despiérteme.

Minetti intercambió una mirada con Rufino mientras yo alternaba mi atención entre ambos, tratando de entender qué demonios estaba pasando. Entonces, para mi sorpresa, Alessandro dio un paso adelante, acortando la distancia entre nosotros y tomando mis manos.

—¡Lili, no me hagas esto, por Dios! —exclamó de pronto Alessandro, y me quedé mirándolo, intrigada.

Solté mis manos, retrocediendo sin entender qué había hecho ahora. ¿Qué era lo que no quería que le hiciera? ¡No había hecho nada!

—Ten paciencia, Alessandro —lo regañó el director, mientras lo alejaba de mí—. Acaba de despertar; todavía su sistema no se acostumbra a que está despierto.

Miré al director, intrigada. Los términos médicos en los que hablaba hacían que todas mis alertas se activaran. Rufino se acercó despacio, dejando a Alessandro atrás.

—Doctora Lilian, mejor vamos a seguir con lo que hacíamos —pidió con paciencia y un tono muy profesional—. Cuénteme esos sueños que usted dice tener.

—¿Mis sueños? —lo miré intrigada, pero acepté—. Bueno…, estábamos en un viñedo; mamá, Luci, el abuelo y el señor Minetti se apareció con Susel, su secretaria...

—¡Deja de decirme "señor Minetti"! —explotó Alessandro—. ¡Soy tu Ale, y eso fue nuestro viaje a Valencia, no es un sueño, pasó de verdad!

Salté asustada, retrocediendo dos pasos ante su arrebato, sin entender nada de lo que decía. ¿Qué diantres hablaba Alessandro? ¿Cuándo fui con ellos a Valencia, si no habíamos tenido tiempo? Creí que le pasaba algo. Miré al director, que tenía su cara de pocos amigos que tan bien conocía.

—¡Alessandro Minetti, o te controlas o te saco de aquí! —lo amenazó el director con un tono potente.

Me estremecí y comencé a sospechar que esto era serio, aunque no lograba descifrar de qué se trataba.

Era evidente que me estaban ocultando algo o lo había olvidado.

No podía ser, recordaba con claridad lo que había hecho.

Vi cómo Alessandro se alejaba rumbo a la puerta del balcón, tomando grandes bocanadas de aire.

Estaba realmente alterado y no lo comprendía.

—Vamos a cambiar de preguntas —sugirió el director, acercándose—.

Vamos a hablar de lo que más le interesa, doctora Lilian.

¿Recuerda que usted fue al simposio en Milán sobre granulomatosis?

Fuimos juntos para ver todos los posibles avances en el desarrollo de una vacuna para la enfermedad de su hermana Lucila. ¿Recuerda que escogimos dos?

—¡Sí, sí lo recuerdo! —exclamé emocionada y confundida a la vez—. ¿Cómo cree que puedo olvidar un hecho tan importante como ese?

—¡Exacto, doctora! —se alegró el director, y Alessandro regresó al escucharme—. Usted y yo estamos realizando una investigación sobre el cerebro y esa enfermedad, ¿lo recuerda?

—Sí, sí, director, claro que lo recuerdo —me detuve y lo miré fijamente—. ¿Por qué me pregunta eso? Sabe que ese es mi objetivo en la vida: curar a mi hermana.

El doctor Rufino, al escucharme, reflejó una calma aparente, la misma que ponía con los pacientes. Lo miré ahora, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a saltar alterado ante un miedo que empezaba a surgir dentro de mí sin saber por qué.

—Entonces, doctora Lilian, como puede ver, el simposio fue mucho después de ese día que usted acaba de mencionar como su última memoria —mencionó Rufino con serenidad.

—¿Qué... qué quiere decir con eso? —balbuceé, llevando una mano a mi cabeza, allí donde sentí mi herida—. ¿He olvidado todo? ¿Me pasó algo?

No contestó de inmediato, me tomó de los brazos y me hizo sentar en la cama.

Rufino parecía estar buscando las palabras, igual que cuando se le da la información de una enfermedad terminal a un paciente.

Era como si temiera que la verdad me rompiera.

Y no lo culpaba…, porque algo dentro de mí ya se estaba fracturando.

—Doctora Lilian, usted tuvo un serio accidente. Ya se dio cuenta de esa cicatriz en su cabeza. Eso es lo que ha provocado que se encuentre en este estado. La lesión fue bastante grave, tuve que operar, por eso tiene ese lapsus de tiempo —me explicó el director con mucha seriedad.

Me quedé en shock, sin comprender ni una palabra de lo que estaba diciendo.

Mi mente trataba infructuosamente de procesar esa información.

Volví a llevar la mano a la cicatriz en mi cabeza; era real, estaba allí, confirmando lo que me acababa de decir el director Rufino.

Confiaba en él como el doctor honorable que conocía desde que empecé a estudiar medicina en ese hospital.

—Espere, director, ¿quiere decir que es verdad que ha pasado mucho tiempo y he perdido la memoria?

¿Cómo me pasó ese accidente que no recuerdo?

—Me giré furiosa hacia el maldito capo que había hecho añicos mi tranquila vida—.

¿Fue otra de sus salidas, señor Minetti?

¿Me volvieron a disparar sus enemigos? ¡Ya esto es el colmo, señor!

¡Primero me dieron un tiro en la espalda y ahora en la cabeza!

¡Por este camino no voy a llegar al otro mes!