35. EL EXTRAÑO COMPORTAMIENTO
LILIAN:
Los miré fijamente en silencio, sin comprender por qué se comportaban así. Sus expresiones eran de un alivio indescriptible. ¿Por qué? Solo me había quedado dormida toda una tarde. Me reí por lo bajo, sacudiendo la cabeza en lo que intentaba avanzar hacia la escalera para ir a comer.
—¿Por qué se comportan así? Claro que sé quiénes son, ¿qué pregunta es esa?
Aunque he tenido algunos mareos, creo que deben ser por el hambre y por dormir tanto —hablaba mientras intentaba rodearlos y avanzar hacia la escalera—.
No tiene que hacerme un estudio cerebral por ello, doctor, no es para tanto.
Alessandro frunció el ceño, sin dejar que avanzara, y hasta llegó a rodearme con ambos brazos como si en cualquier momento pudiera caerme. El doctor Rufino, por otra parte, se colocó directo frente a mí, imposibilitando que siguiera adelante.
—¿Cómo se siente, doctora Lilian? —inquirió el director con el ceño fruncido, mirándome preocupado.
—¿Estás bien despierta, Lili? —preguntó el señor Minetti de nuevo, como si no lo pudiera creer.
—¿Qué les pasa? —les cuestioné al ver su extraña reacción al verme—.
Ni que hubiesen visto un fantasma. ¡Claro que estoy despierta!
Sé que dormí mucho, pero no es para tanto.
Estaba cansada, del trabajo, de tanto entrenamiento y demás.
Con su permiso, señor Minetti, tengo tremenda hambre.
¿Cree que Ninetta tenga algo de comida a esta hora? Al parecer, me quedé dormida sin comer.
—Lilian —al fin reaccionó el director—, ¿se siente bien? ¿No tiene mareos ni dolor de cabeza? ¿Puede mover bien todo su cuerpo?
Me concentré en mi director; su preocupación me llamó la atención. Era un gran doctor y no me estaría observando así sin alguna razón. Por eso, aunque no entendía por qué me hacía esas preguntas, decidí responder con la misma gravedad.
—Bueno, director, sentirme bien… no lo estoy.
Me costó un poco moverme; me sentía muy dolorida muscularmente, pero todo me funciona bien —respondí con la verdad, pues si estaba enfermando con una gripe, me vendría bien que me recetara alguna medicina—.
Cuando me fui a levantar no podía de los mareos y la debilidad; creo que me está cogiendo una gripe, director.
¿Por qué me lo pregunta? ¿Tan mal me veo?
Minetti negó con la cabeza sin cerrar los brazos; parecía que temía que cayera en cualquier momento. Él no era un hombre que se portara así. Sin embargo, no podía evitar observarlo sin saber si debía reírme o no. Había algo terriblemente satisfactorio en ver cómo apretaba los dientes sin apartarse.
—Es que el entrenamiento del señor Minetti me dejó muerta —justifiqué mis dolores musculares al ver que el director seguía escudriñándome con la seriedad con la que se analiza a un paciente.
Luego miré a Alessandro—. Señor, tiene que aflojar un poco.
Siento todos mis músculos agotados; apenas si podía moverme.
Mañana mismo haré un chequeo general; debo tener falta de magnesio o calcio.
Ahora, con su permiso, voy a ver qué como. Siento que voy a desfallecer de hambre.
—Espera, Lili… —me interrumpió el señor Minetti sin dejar que saliera del círculo que había hecho con sus brazos.
—¿Qué pasa? Déjeme ir, señor, tengo hambre. No debió dejar que durmiera tanto —dije, impaciente. Al ver que no cedía, lo increpé directamente—. ¿Dónde estaba, señor Minetti, que no me despertó? Mi mamá debe de estar preocupada porque no he llegado todavía a la casa.
Antes de que me diera tiempo de hacer algo más, Minetti se inclinó y, sin más, me levantó como si no pesara más que un suspiro. Caminó hacia la cama en la habitación, ignorando mis quejas y mis patadas en el aire.
—Lili, amor, no hagas eso —me pedía mientras me colocaba en la cama con una delicadeza que me asombró, seguido del director—. Cariño, deja que Rufo te vea un momento; después iremos a comer. ¿Sí, amor?
—¿Por qué? Ya les dije que debe ser gripe —protesté, pero al ver la mirada que me dedicó el director, me callé—. De acuerdo, pero, por favor, sean rápidos.
No pude evitar sentir mucha extrañeza ante su comportamiento. Pero, sobre todo, me intrigaba por qué Alessandro me estaba tratando con tanto cariño. ¿Me acababa de llamar "amor"?
—Doctora Lilian, le voy a realizar varias preguntas —me habló muy serio el director, parado frente a mí—. Quiero que me las responda honestamente.
—Está bien —acepté resignada—. Sea breve; creo que me voy a desmayar si no como pronto.
Ambos hombres estaban detenidos frente a mí, con miradas escrutadoras, lo cual comenzó a preocuparme un poco.
Las miradas de ambos hombres fijas en mí eran tan intensas que me removía incómoda.
Tragué saliva, reprimiendo las ganas de lanzar algún comentario impertinente que terminara de desatar una tormenta.
—Seré breve —aseguró con gravedad mi director. Y a continuación, Rufino me preguntó con suavidad—: ¿Además de los mareos, siente algo más en su cabeza?
Esta vez lo observé fijamente, intentando saber por qué el director me miraba de esa manera, pero, sobre todo, por qué me contemplaba como si fuera su paciente.
Conocía demasiado esa mirada inquisitiva que había visto innumerables veces dirigidas a sus pacientes en el hospital cuando me llevaba a trabajar con él.
—¿En mi cabeza? —puse atención y miré al doctor. En verdad tenía sensaciones que me desconcertaban, por lo que decidí ser honesta—. Ahora que lo menciona, la siento algo apretada.
—¿Apretada? —intervino Alessandro, realmente asustado, mirando al director con expresión de espanto—. ¿Qué significa eso, Rufo?
—Debe tener la presión intracraneal todavía fuera de lo normal —contestó con seriedad y profesionalmente el director—. No es nada serio.
Eso me llamó la atención; después de todo, mi director era un doctor que no engañaba a los pacientes, y no creía que ahora lo estuviera haciendo. Entendía, como doctora que era, ese lenguaje profesional: "presión intracraneal". Era un término que conocía muy bien en pacientes. No obstante, pregunté:
—¿Qué quiso decir con eso, doctor?
—Después le explico todo, doctora Lilian —fue su tajante respuesta—. Ahora respóndame. ¿Qué es lo último que recuerda?
—¿Lo último que recuerdo de qué? —de repente sentí un poco de miedo.
—De lo que ha hecho, su rutina del día —me aclaró el doctor—. ¿Cuál es el último día que recuerda?
Lo observé con incredulidad. ¿Y esa pregunta tan tonta?
¿Qué día voy a recordar si no es el de hoy?
Miré al señor Minetti con recelo. ¿Me habría engañado Alessandro con lo del permiso de esta semana?
Pero él parecía muy preocupado, sin dejar de mirarme fijamente, por lo que volví mi atención a Rufino.
—Bueno, director, ¿cuál día voy a recordar? El día de hoy —respondí, perdiendo un poco la paciencia.
—Muy bien —aceptó el director—. ¿Puede decirme todo lo que hizo hoy con lujo de detalles?