34. LA LLAMADA DE ANDY
LILIAN:
Me quedo mirando el teléfono. ¿Por qué dice que se llama Adriano Mancini?
¿Qué clase de broma ridícula es esa? Andy siempre ha sido un poco melodramático, pero hoy logra superarse incluso a sí mismo.
Siento mi estómago gruñir, y cualquier otra preocupación pasa a segundo plano.
Mi prioridad es comer, lo que sea, antes de empezar a lidiar con las tonterías de mi novio.
—¿Dónde voy a estar? En mi casa —respondo, todavía confundida. No puedo decir que estoy en casa del señor Minetti—. ¿En serio te llamas Adriano Mancini?
—¿Por qué me preguntas si lo sabes? —vuelve a decir, lo cual me confunde aún más. Es la primera vez que escucho ese nombre—. Nunca quise que te enteraras así, te lo juro, Lili, pero te lo explicaré, bonita. Ya verás que me entiendes.
Me detengo un momento en lo que hago para prestar atención a las cosas incongruentes que me dice. Hay ansiedad en la manera en que habla, y eso es muy raro en él. Puedo escuchar que camina de un lado a otro, agitadamente.
—Está bien —acepto hablar con él para tranquilizarlo—. Pero no voy a tolerar más que sigas haciendo eso, Andy. ¡Te dije que teníamos que sentarnos a analizar nuestra relación!
—Lili, ¿te sientes bien, bonita? ¿Sabes de lo que te hablo? —vuelve a preguntar en un tono muy preocupado.
—¿Por qué me preguntas eso? —me molesto de nuevo—. ¡Deja de hacer preguntas tontas! No te vas a escapar esta vez, tenemos que hablar, Andy. No puedes seguir haciendo lo que te da la gana en nuestra relación; no lo permitiré. ¿Me escuchas?
Estoy segura de que otra vez está tramando algo. ¿Qué es lo que habrá hecho esta vez en contra de mí? Solo había dejado de verlo un día y ya me está pidiendo perdón.
—¿Qué cosa no vas a permitir, bonita? —inquiere para mi sorpresa. ¿Es sordo o qué?—. No tienes que aguantar nada, amor; ya terminé todo, estaré solo contigo. ¿Seguro que estás bien, Lili?
—¡Claro que estoy bien! —respondo de nuevo ante su insistencia—. Nada más me siento un poco mareada, parece que me está cayendo gripe. ¿Por qué me lo preguntas seguido? ¿Y qué quieres decir con eso de que estarás solamente conmigo, Andy? ¿Es que acaso tenías otra?
—Lilian, ¿te sientes bien? —su tono ha cambiado a uno más serio—. ¿Te acuerdas de todo lo que pasó entre nosotros?
—¡Claro que me acuerdo! —esta vez grito molesta—. ¿Por qué me preguntas eso tantas veces?
—Nada, nada; mejor lo hablamos de cerca, bonita.
¿Puedo ir a verte a tu departamento ahora, Lili?
—pregunta, y escucho cómo se monta en su auto—.
Te he extrañado mucho, cariño; por favor, deja que te vea.
Yo sabía que cuando pasara el tiempo, me ibas a llamar; sé que me amas tanto como yo a ti.
Solo estabas molesta y confundida. Voy ahora mismo a verte, amor, a donde me digas.
En verdad no entiendo nada de lo que dice Andy. Por la manera que habla, parece que ha estado sin verme muchos días. Pero me siento fatal, no quiero salir de la casa, solo para ir hasta la casa del lago con mamá y Luci. Por eso me apresuro a negarme.
—Mejor mañana; es muy tarde ahora, estoy cansada y muero de hambre. Te llamo para avisarte dónde vernos —digo con más calma.
—Gracias, Lili; muchas gracias por esto. No te vas a arrepentir, bonita; te juro que te haré feliz —escucho a Andy con incredulidad—. Cuídate mucho, amor; no te escucho bien. ¿Seguro que estás bien?
—Ya te dije que nada más estoy un poco cansada y mareada, nada de qué preocuparse —respondo, queriendo colgar.
—Está bien, bonita; solo me preocupo. Te amo mucho, Lili —al fin se decide a despedirse.
—Y yo a ti —respondo por inercia—. Hasta mañana.
Qué raro está Andy; nunca lo había sentido tan ansioso y preocupado por mí. ¿Qué es eso de que se llama Adriano Mancini? ¿En qué nuevo lío se habrá metido? Y está muy cariñoso, ji, ji, ji. Sí que los celos con el señor Minetti le han dado fuerte, ja, ja, ja.
Deja vestirme e iré a comer algo; muero de hambre.
Después iré a ver a mamá y a Luci; esa sinvergüenza me las va a pagar, le cortaré la mitad de su cabello también, ya verá.
Si ella cree que seré la única con su cabeza medio rapada, está muy equivocada; me las va a pagar hoy cuando se duerma.
A lo mejor el señor Minetti deja que me quede con ellas; se lo pediré.
Entro en mi clóset y escojo un juego de sayas.
Un momento, ¿por qué recuerdo un clóset como este, también un fuego y estar escapando en otro lugar?
¿Soñé también con Damián? ¿Por qué? Y esa pesadilla con el tipo de los ojos amarillos que venía a atraparme, es aterradora.
Tengo que dejar de dormir de día; me dan esas pesadillas horrorosas.
¡Dios! ¿Por qué siento mis músculos tan débiles?
Es la primera vez que me pasa después de hacer ejercicios tan fuertes.
Tal parece que llevara meses sin caminar; debe ser el cansancio general o la gripe.
Lilian, tienes que hacerte un chequeo mañana mismo; a lo mejor tienes falta de magnesio o calcio.
Termino de vestirme mientras sigo recordando sueños extraños en mi cabeza, y entre ellos uno en el que estoy teniendo sexo con Alessandro. ¿Qué fue eso? ¡Lilian, tienes que controlar tus hormonas! Es verdad que te gusta Alessandro, pero tienes a Andy.
Me dirijo a la puerta y escucho una conversación detrás de ella; parece que son Alessandro y el director Rufino. Me acerco y alcanzo a escuchar claramente al tiempo que abro la puerta lo último que hablan.
—Voy a realizarle otras pruebas de la actividad del cerebro para ver si se me ha escapado algo —habla el doctor Rufino—. No lo creo, pero nunca se sabe; puede que Lilian tenga otra cosa.
—¿Qué es lo que cree que pueda yo tener, director? ¿Qué nueva cosa está tramando hacer conmigo, señor Minetti? —pregunto, y ambos saltan asustados al tiempo.
—¡Lili! —exclaman ambos al mismo tiempo, realmente sorprendidos.
—Yo me siento algo mareada, un poco cansada, pero es normal —menciono, mirándolos sin entender su expresión—. Después del ejercicio tan extenuante del entrenamiento al que me sometió el señor Minetti, es lógico que sienta todo esto.
—¡Lili, al fin despertaste! —exclama asombrado el señor Minetti, con una gran expresión de… ¿felicidad?
—No es para tanto, señor; solo dormí unas horas —le quito importancia a sus reacciones—. Me disculpo ahora; tengo que ir a la cocina, tengo hambre.
—¿A dónde vas? —me detiene Alessandro—. ¿De verdad estás despierta? ¿Sabes quiénes somos? ¿Te duele algo?