29. SIGUE DORMIDA
ALESSANDRO:
Eché una chupada a mi tabaco mirando las luces en los grandes campos de golf mientras Lilian seguía durmiendo en mi cama detrás de mí.
Las últimas palabras de mi abuela seguían resonando en mi mente.
Sonreí recordando que no le había creído.
¿Personas mágicas? Estaba muy incrédulo, convencido de que mi abuela alucinaba en sus últimos momentos.
—Créeme cuando te digo que tu persona mágica aún no ha aparecido, Ale.
Por eso, hijo, quiero que me prometas que el día que tu persona mágica llegue, te aferrarás a ella con uñas y dientes —en su mirada había una intensidad abrumadora, mientras su mano se apretaba a la mía buscando una promesa como si fuera la única herencia que pudiera dejarme.
Me apresuré a asentir aunque no creía en lo que me decía. Ahora comprendía que tenía razón.
—No la dejes escapar, Ale —concluyó, aferrada a mí con fuerza—. Porque, créeme, esa persona te hará querer como no sabes hacerlo todavía, pero sobre todo, te hará inmensamente dichoso.
Luego de obtener mi promesa, había sonreído y llamado a mi abuelo.
Esa promesa había sido el legado que me había dejado mi querida abuela.
Con lágrimas en los ojos, le prometí guardar sus palabras en mi corazón, esperando que, algún día, la magia entrara en mi vida, aún cuando había renunciado a volver a amar.
Cuánta razón tenía mi abuela. Porque mi persona mágica llegó envuelta en un halo de locura, rompiendo todas las barreras que yo mismo alcé, metiéndose en cada rincón de mi alma sin que yo pudiera impedirlo.
Destruyendo cada barrera que puse con su locura, con su ingenuidad, con su forma de ser tan honesta y sincera.
Con su manera de ver y vivir la vida, tan distinta de la mía.
Confiando ciegamente en mí sin siquiera saber quién era ni de lo que soy capaz de hacer.
De a poco, al sentir que tenía a alguien que me esperaba en casa, me llenó de alegría.
Pasaba el día deseando que transcurrieran las horas solo para verla, estar con ella, explicarle las cosas que me pasaban por la cabeza.
Reírme con sus locuras y ocurrencias, escuchar sus opiniones, que eran muy inteligentes.
Sobre todo, que me tratara como alguien normal y bueno, sin miedo de decirme todo lo que pasaba por su cabeza, haciendo que me sintiera vivo de nuevo, valorado como hombre y como persona.
Y un buen día me di cuenta de que Lilian era esa persona mágica de la cual me había hablado mi abuela, y la quise para mí. Porque, aun cuando la tenía sentada a mi lado, deseaba buscar su cercanía. Lili es mi persona mágica, la que hizo que aprendiera a amar de la manera en que lo hago.
Por eso, en este instante, siento esta tremenda opresión en mi pecho, que sé que no es resultado de que esté afectado ningún órgano de mi cuerpo físico.
Pero me asfixia, es insoportable; lo tengo aquí, clavado en mi pecho, haciendo cada vez mayor el nudo en mi garganta.
Por el miedo a que ella permanezca así. Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos, apagué el tabaco y fui a abrirle a Rufo, quien, por mi semblante, supo.
—¿No despertó hoy tampoco? —preguntó en cuanto abrí. Negué con la cabeza señalando a Lili en la cama.
—Deja que la revise. Todo parece normal, Ale, ten un poco más de paciencia.
—Lo hago, Rufo, lo hago. Me paso horas acostado al lado de ella, hablándole, contándole todo, para ver si el sonido de mi voz la despierta, pero nada —contesté con un gran suspiro—.
Lo bueno es que cada vez que me siente, se gira y se mete en mis brazos.
No te miento, Rufo, estoy desesperado porque despierte, pero al menos sentir que me reconoce me da algo de satisfacción.
Rufo sostuvo mi mirada un instante antes de regresar su atención a Lilian.
Revisaba su pulso en busca de algún indicio que pudiera darle una respuesta, aunque fuera mínima, para comprender lo que le sucedía a mi esposa.
Yo permanecí junto a la cama, cruzando los brazos con fuerza, tratando de no explotar mientras sentía la opresión en mi pecho crecer y amenazar con derrumbarme.
—Alessandro... —al fin Rufo vino a mi encuentro—. Su cuerpo sigue reaccionando de manera regular. Acostúmbrate a que este proceso tomará tiempo.
—¿Tiempo? ¡No tengo paciencia para el maldito tiempo, Rufo! —espeté, alzando un poco la voz—. ¿No me escondes nada? Cualquier cosa que le suceda, no me la escondas, dímelo ahora. No necesito que suavices nada. O mejor aún, ¡haz lo que sea necesario para que despierte!
Rufo suspiró sin contradecirme. Me conocía mejor que nadie, entendía lo peligroso que era empujarme más allá de este límite. Finalmente, resoplé, tratando de contenerme. Lo dejé terminar sin presionarlo más.
—¿Cómo está Migue? ¿Salió todo bien? —Me percaté de que no le había preguntado, y sabía que lo habían operado—. Disculpa por no ir a acompañarte. Me pasé el día complicado, primero en la empresa y después aquí con Lili. ¿Era algo muy serio lo de Migue?
—No es nada, era el bazo, como lo supuse.
Se lo sacaron por laparoscopia, son solo tres pequeñas incisiones, por eso lo traje conmigo —explicó con tranquilidad mientras recogía todas sus cosas—.
Salió muy bien, menos mal que me di cuenta ahora; si llego a demorarme más, le hubiera provocado una gran hemorragia.
—Rufo, no quiero ser indiscreto, pero estoy algo preocupado, por eso deja que te pregunte esto sin ofenderte por meterme donde no debo —lo tomé por el brazo y me alejé de la cama—.
¿Amas en verdad a Migue o es otra de tus relaciones pasajeras?
No quiero que ninguno de los dos sufra, ambos son importantes para mí y Lili.
Si no es algo serio, déjalo ahora que es el inicio y pueden ser buenos amigos.
Rufo me miró durante un instante que se sintió eterno con sorpresa. Seguramente preguntándose por qué demonios me entrometía en su vida personal. Nunca antes lo había hecho. Era obvio que no esperaba la pregunta, pero yo no iba a retirarla. No quería que dos de los míos salieran heridos.
—No tienes que preocuparte, Ale. Esta vez encontré a la persona que estuve buscando, y creo que Migue también siente lo mismo —contestó con la sinceridad que siempre lo caracterizaba—.
Es increíble cómo nos comprendemos con nada más mirarnos.
Es tan hermoso, no solo físicamente, que lo quiero de veras en tan poco tiempo que lo conozco; deseo todo con él.
Sabía cuánto Lilian amaba a Miguel, y yo lo consideraba el hermano que no me dieron mis padres, pero que había elegido con todo mi corazón.
Quería que fuera dichoso, pero también que no existiera nada que pudiera interferir en nuestra hermandad.
Amaba a mi esposa y ahora le temía a todo lo que la pudiera hacer infeliz.
—¿Estás seguro de eso, Rufo? —inquirí preocupado.