¡Ups! ¡No me equivoqué! 28. EL LEGADO DE LA ABUELA
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28. EL LEGADO DE LA ABUELA

ALESSANDRO:

Ha pasado una semana desde que Lili despertó en la casa, después de nuestro regreso. Parecía que todo estaba bien, que despertaría al otro día. Pero no, al abrir mis ojos y llamarla otra vez no obtuve respuesta. Había apretado levemente mi mano, pero Rufo aseguró que era solo un movimiento reflejo.

Sé que tengo que tener paciencia, que es un trauma severo el que se provocó con el disparo en la cabeza y que es un milagro que esté viva.

Sin embargo, nunca he sentido tanto miedo en mi vida.

¿Y si permanece así toda la vida, despertándose por horas y volviendo a dormir?

¿Y si un día no despierta jamás? ¿Cómo podré vivir sin escuchar su voz, su risa, sus gritos, sus locuras?

Me levanto despacio sin dejar de mirarla, salgo al balcón a fumar; el nudo que tengo en la garganta me está ahogando.

No se confundan, no soy un cobarde, ni un blandito.

Soy un hombre que ha soportado los peores golpes que le pudo dar la vida desde que nació.

Perdí a mis padres, a mi abuela, a mi esposa, a mi hijo, y seguí adelante.

Sin embargo, a pesar de que amé con todo mi corazón a Celia, jamás imaginé que se podía amar de la manera que lo estoy haciendo a otro ser.

Había renunciado a ese sentimiento, lo hice el día en que vi tirada y toda ensangrentada a mi Celia encima del cuerpo de mi pequeño hijo, en su intento por protegerlo.

Ese día me juré no volver a dejar que nadie se metiera en mi corazón, al punto de dejar casi de ser yo, para vivir por esa persona.

Ese fatídico día en que me arrebataron lo más preciado que tenía en aquel entonces, aprendí de golpe que no se puede tener todo lo que uno quiere, porque la misma vida se encarga de arrebatártelo.

Me empeñé en tener a Celia, que no estaba destinada para mí, era el amor de Damián, mi mejor amigo francés.

Los herí a ambos tanto que no se repusieron del golpe.

Aún cuando Celia se entregó a mí y llegó a quererme, jamás lo hizo como a Damián; sus ojos le brillaban cuando escuchaba mencionarlo.

Y por muy extraño que parezca, no me despertaba celos ese cariño de ellos, sino culpa.

Porque a Damián le pasaba lo mismo cuando la veía, sus ojos brillaban y desbordaban un verdadero sentimiento.

Ellos estaban hechos el uno para el otro.

Y ahora los comprendo, porque mi amor verdadero y destinado, el que me completa, el que me remueve todo mi ser, por el cual soy capaz de hacer cualquier cosa, yace en esa cama dormida.

La tengo y no la tengo. Siempre escuchaba a mi abuela decir que existían personas mágicas y me reía; no podía pensar en que ella creyera en ello.

Un día en que se lo dije, se quedó mirándome seria y me explicó cuáles eran las personas mágicas.

Fue unos días antes de que dejara de existir, y ahora no sé por qué sus palabras vienen a mi mente.

Mientras contemplaba a mi abuela, sentado a su lado, su voz temblorosa y el brillo melancólico en sus ojos me impactaron profundamente. Con su mano arrugada se aferraba a la mía, intentando sostener el tiempo un poco más.

—Ale, sé que la vida te ha tratado muy duro —empezó a decir, llena de amor y compasión—. Pero créeme, un día va a aparecer esa persona mágica que te hará feliz sin que tú lo esperes.

No dije nada, no quería contradecirla. Mi corazón latía con fuerza, lleno del miedo a perderla como había perdido a mis padres. Ella y mi abuelo eran los únicos familiares que me quedaban en esta vida.

—Créeme, se te va a meter dentro aunque no quieras.

Y cuando te vengas a dar cuenta, la estarás amando tanto que te va a sorprender —continuó, con una leve sonrisa asomándose en sus labios.

En ese instante, vislumbré que quizás recordaba momentos felices de su juventud—.

Porque, cariño, así son ese tipo de personas.

En cuestión de segundos, se meten en tu mundo.

Sabía que mi abuela había vivido el amor verdadero junto a mi abuelo, que nos observaba con los ojos vidriosos por el llanto contenido; la miraba con anhelo, atesorando cada momento de su vida y, como ella, reviviendo memorias de una vida plena.

—Ese tipo de personas mágicas hacen lo imposible, lo que otros han intentado y no lograron —sus frases parecían reflejar la lucha que todos enfrentamos—. Ellos, sin siquiera proponérselo, se meten en tu universo.

Su respiración se volvió más pesada y dirigió la mirada hacia mi abuelo, que le sonrió, aunque aquella sonrisa parecía más una mueca.

La angustia me envolvía al ver su dolor ante la despedida.

Sentía un nudo en la garganta; mis emociones estaban a flor de piel, y mis desesperanzas parecían un manto oscuro sobre mí.

—Ale, hijo, no creas que son dichos sin sentido de una vieja moribunda.

Las personas mágicas existen de verdad, y cuando llegan a ti, se quedan ahí porque llegaron para acompañarte, para compartir la vida contigo —explicó, mientras una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla arrugada.

Podía sentir el esfuerzo que hacía por contener su emoción—.

Te enloquecen, pero te cuidan, te abrazan, llenándote de cariño sin que tú lo pidas, y puede hasta que te rechacen.

Recuerdo mis propios rechazos a Lilian. Cómo le había prohibido amarme sin saber que yo mismo la estaba queriendo sin darme cuenta, como decía mi abuela. Estoy inmerso en la desesperanza, pero su amor me golpea con fuerza como una ola ardiente.

—Y lucharás con todo porque se queden en tu mundo —prosiguió ella, su mano apoyada en mi corazón, queriendo que sus últimas palabras tuvieran el poder de cambiar mi destino—. Porque, aunque no creas a esta vieja, tú sí te darás cuenta de que es tu persona.

No la había contradicho. Solo apreté su mano contra mi corazón, queriendo retener esa adorable y cálida sensación.

Ella estaba llena de sabiduría. Y aunque cuando me dijo eso no entendí nada, ahora sus palabras son claras para mí; me conectan con una parte de mí que ahora cree en ese sentimiento que describió para mí cuando apenas era un niño.

—Porque, hijo, una vez que una persona mágica entra en tu vida, jamás sale. Ella llega para quedarse —pronunció, casi en un susurro, como si temiera que el sonido rompiera la magia del momento—. Ese día, sabrás lo que es el verdadero amor.

Ahora lo sé, mi abuela tenía razón. Mi corazón late con más fuerza que nunca de solo pensar en Lilian. Ese recuerdo que llega ahora a mi mente, fuerte y lleno de cariño, me envuelve como un abrazo cálido.

—Escucha a esta vieja que te ama más que a nadie en el mundo —seguí recordando la voz de mi abuela, que se tornó nostálgica, tocándome el alma—. Mi único pesar al abandonar esta existencia es dejarte metido en ese mundo de oscuridad en que te encuentras. ¿Me estás escuchando, Ale?