27. OTRA VEZ DORMIDA
ALESSANDRO:
La abracé al ver que se sentía culpable.
Su impulsividad no había hecho otra cosa desde que me conoció que meterme en problemas una y otra vez.
Quería decirle que ella era lo mejor que me había sucedido en mi vida, que me había sacado del mundo oscuro en el que me había sumido después de la muerte de Celia y de mi primogénito.
—No te asustes, Ale —me pidió con cariño—. Pero creo que se me van a quedar secuelas de esa herida. Si en verdad me disparé, puede que olvide muchas cosas. No olvides que soy doctora, no puedes engañarme. Prométeme que si te olvido, me tendrás paciencia.
—No va a pasar nada —me apresuré a decir—. Las veces que te has despertado siempre recuerdas quién soy.
—Es que trato de acordarme de todo lo que pasó y no lo logro, solo fragmentos aislados —confesó, acurrucada en mi pecho—. Promételo, que me cuidarás aunque pierda la memoria.
—Lo prometo, vida mía, solo despierta mañana, amor, solo despierta —rogué, sin poder esconder el miedo en mi pecho—. Te prometo que si lo olvidas todo, te volveré a enamorar y haré que me ames. Pero no vuelvas a dormirte tantos días.
—Gracias, ahora ven, tengo frío y me estoy durmiendo —me pidió, haciendo que me acercara más.
Acostado a su lado, sin dejar de observarla con cara de susto, no quería que cerrara sus ojos. Se introdujo en mis brazos, apoyando su cabeza en mi pecho para escuchar mi corazón, que esta vez estaba agitado.
—¡Ojalá despierte mañana normal, para que dejes de estar asustado! —la escuché susurrar.
La abracé con firmeza contra mi cuerpo, llenándola de besos en su rostro, terminando en un apasionado y delicado beso en sus labios, al tiempo que le susurré al separarnos:
—Regresa a mí de nuevo mañana, Lili. Me estoy muriendo sin ti —susurré con verdadero pavor.
El cansancio la venció y se durmió, sintiéndose en el lugar más seguro de la tierra: mis brazos.
¡Ojalá despertara mañana normal! Pero no lo hizo. Al abrir mis ojos a la mañana siguiente, los de mi Lili permanecieron cerrados.
—¡Lilian, despierta! —rugí, agarrando su rostro entre mis manos, queriendo devolverle el aliento que parecía haberse llevado el amanecer.
Mis pensamientos y temores aparecieron como un volcán. No podía perderla, no después de todo lo que habíamos pasado.
—¡Maledizione! ¿Por qué no despiertas, Lili? —musité con angustia, apretando los dientes mientras sentía cómo el pánico me calaba hasta los huesos.
Mis manos temblaban al acariciar su rostro inmóvil, tan pálido y falto de vida.
Allí estaba ella, mi caótica, irreverente y maravillosa doctora, enredada entre sábanas que ahora me parecían una condena.
Quería mantener la calma y convencerme de que ella iba a despertar.
Pero sus ojos cerrados me perforaban el alma y no pude contener un grito de furia que retumbó en aquella habitación.
El sonido era la única forma de sacar el vacío oscuro que amenazaba con consumirme por dentro. Todo. Porque sin Lili... yo ya no tenía nada.
—¡Entra alguien ya! —vociferé hacia la puerta, y en cuestión de segundos, Ninetta entró corriendo—. ¡Llama a Rufo! ¡Ahora!
Volví al lado de mi Lilian. Besé su frente suavemente mientras intentaba encontrar cualquier señal que me dijera que aún estaba ahí conmigo.
Posé mis dedos debajo de su nariz con miedo, pero su respiración estaba allí, demasiado suave para mi tranquilidad, que a momentos me parecía que su pecho había dejado de moverse.
—No puedes dejarme, amore mío, por favor despierta —murmuré, aferrándome a su mano con fuerza.
Estaba aterrado de que ella volviera a dormir por mucho tiempo.
¿Qué rayos estaba sucediendo con esto? Sentí como una maldita lágrima se deslizaba por mi mejilla.
La quité de un manotazo sintiéndome ridículo.
Nadie jamás me había visto llorar, porque Alessandro Minetti no lloraba.
Pero frente a ella, yo no era el capo de capos, no era el hombre más temido de Italia.
Era solo un hombre roto, desesperado por no perderla.
El sonido apresurado de pasos me arrancó de mi propio abismo. Apareció Rufo en la puerta seguido de Migue, tan flacucho y con cara nerviosa que temblaba como un cervatillo frente a un león. Corrió al lado de Lilian, apretando su mano.
—Lili, despierta, Lili, es tu Migue, abre los ojos —la llamaba desesperado.
—Rufo, ¿qué sucede? ¿Por qué no despierta? Dijiste que iba a estar bien ahora. ¿Cuándo va a despertar? —rugí, señalando impacientemente a Lilian.
—¿Qué sucede? —entraron por la puerta la señora Libia y Lucila, seguida por mi abuelo en su silla de ruedas—. ¿Qué pasa con Lili?
—Tranquilos, dejen que la revise —dijo el doctor Rufino, alejando a todos de la cama donde dormía Lilian—. Su pulso es débil, pero está estable.
¿Débil pero estable? Ese era el tipo de respuesta que uno daba cuando no quería que le volaran la cabeza por incompetencia.
Rufo la revisaba con cautela mientras nosotros lo observábamos aturdidos.
Lo observé de cerca, cada movimiento, cada tic, cada maldito segundo que tardaba mientras revisaba a mi mujer.
Mi paciencia ya estaba al borde, crispada, lista para estallar.
—Hay una reacción normal, puede ser algo temporal, pero necesito monitorearla más… —explicaba Rufo, actuando como si no sucediera nada—. Las heridas en la cabeza son un misterio, Alessandro, tienes que tranquilizarte.
Mientras Rufo me hablaba, no podía apartar la mirada de Lilian.
Dormía tranquilamente, ajena a todo mi tormento.
No aparté la mirada de ella ni un segundo.
Solo podía pensar en todas las malditas veces que ella, con su lengua rápida y su temperamento explosivo, se había enfrentado a mí sin temerme, a mí, al diablo.
Y ahora, allí estaba, durmiendo tan frágil, tan silenciosa.
Me acerqué despacio al ver cómo Rufo volvía a ponerle un suero en el brazo. Apreté su otra mano con cariño al ver cómo fruncía el ceño ante el pinchazo. Era irónico que temiera tanto a perderla cuando probablemente era lo que el destino me tenía preparado.
—Vamos, Lili... Dame un problema más, discúteme algo, insúltame si quieres, pero no me hagas esto —le imploré mientras apretaba mi frente contra la suya—. Nadie puede reemplazar tu locura. Solo tú me haces sentir vivo. Regresa a mí, Lili, lo prometiste, vuelve cariño.
En medio de ese silencio insoportable, noté un leve movimiento. Apenas perceptible, pero suficiente como para que mi corazón, que había estado atormentado, diera un salto.
—¡Lili! —exclamé con urgencia, esperando que fuera más que mi imaginación—. Vuelve a hacerlo, aprieta mi mano. Lili, despierta, despierta cariño. Abre tus lindos ojos verdes para mí, por favor…