26. EL MIEDO DE ALESSANDRO
LILIAN:
Mis rodillas comenzaron a temblar, y Alessandro me sujetó para que no me derrumbara. Ahora estaba convencida de que había olvidado muchas cosas. Él me sujetó muy fuerte, impidiendo que me cayera. Lo observé por un momento, convencida de que me estaba ocultando cosas.
—Te lo contaré todo —dijo al ver mi mirada—. ¿Quieres que te cargue?
—No, deja que me ejercite, solo sujétame con firmeza —me negué de inmediato—. Siento como si hiciera mucho que no me muevo.
Me abracé a su cuerpo caliente y me gustó. Vaya, cómo extrañé este cuerpo; hundí mi cabeza en su cuello y lo besé. Pude sentir cómo se estremecía.
—No hagas eso, cariño, no lo hagas. Llevo mucho tiempo sin ti —pero me estrechó con intensidad y, a su vez, hundió su cabeza, besando mi cuello—.
Quiero decir, sin estar de esta manera contigo.
Dormías todo el tiempo; tuve mucho miedo de que no despertaras.
Me vuelvo loco por hacerte mía, Lili. Vamos, camina despacio, no temas, yo te sujeto.
Y avanzamos despacio hasta el baño; me ayudó a desvestir mientras pude ver el destello de deseo en su mirada, aunque trataba de disimularlo. Terminé, fui a ponerme de pie y me asaltó un mareo; me sostuvo rápidamente.
—Cuidado, amor —me dijo, más aterrado que yo.
—¿Cuánto dormí, Ale? —insistí de nuevo—. ¿Cómo me hice esa herida en la cabeza? ¿Qué me pasó? Siento un vacío en mi memoria, o más bien, como si fueran sueños. Debí preguntarle al director; me siento como una nube.
—No te preocupes, Rufo dice que todo está bien ahora —me dijo, tratando de tranquilizarme.
Me abrazó tan fuerte que, por un momento, olvidé el caos en mi mente. Me aferré a su pecho cálido y no pude evitar pensar lo mucho que lo había extrañado. Paso a paso, avanzamos lentamente hasta el baño.
—¿Dijo eso? ¿Y por qué siento que he olvidado muchas cosas? —inquirí mientras me ponía de pie—. Ven, ayúdame a lavar mis manos; mejor me baño, ¿me acompañas?
—Ya te bañaron hoy, cariño —dijo para mi sorpresa—. Tu mamá y tu hermana lo hacen cada día. Mejor regresemos a la cama; ¿se te quitó el mareo?
No entendía nada de lo que sucedía; yo sentía que no había transcurrido mucho tiempo desde que había escapado de las manos de Demon.
Pero, al mismo tiempo, en lo profundo de mi mente, algo me decía que había olvidado mucho.
Además, tenía la sensación de que, por momentos, mi cerebro se apagaba y todo se volvía negro, pero sobre todo, la debilidad de mi cuerpo me decía que no estaba bien.
Era doctora, y lo sabía. Yo estaba enferma.
—Un poco, Ale, pero deja que lave mi rostro y mi boca —y lo hice sin dejar de mirar la cara de ansiedad que tenía. Terminé y, de a poco, me sentí mejor—. Vamos, cariño, ya se me pasó el mareo, pero sostenme. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Todas las que quieras, vida mía —respondió mientras me sostenía para llegar a la cama; nos sentamos uno al lado del otro, tratando de mantener la compostura, ocultando el miedo que me embargaba.
La tensión entre nosotros no pasaba desapercibida.
Alessandro estaba siendo paciente, incluso cuando no dejaba de preguntar.
—¿Soy tuya, Ale? ¿Nunca más va a aparecer alguien reclamándome como si fuera un animal? —quise saber, porque, aunque recordaba algo borroso de lo que pasó, sentía como si fuera a olvidar todo, pero ese miedo no—. ¿No tengo que tener miedo de eso? Soy solo tuya, Ale, como tú lo eres mío, ¿verdad?
Necesitaba esa afirmación una vez más. Alessandro me abrazó muy fuerte, mientras hundía su cabeza en mi hombro.
Asintió de nuevo, sin mirarme, asegurándome que lo era, que era suya para siempre.
No preguntó más; no quería saber qué había hecho.
Lo único importante era eso que había dicho, que era suya, que nadie me podía arrebatar de él.
—Gracias a Dios... Ahora acostémonos. Me agotó esa caminata al baño —dije, dejando escapar un largo suspiro.
Me llevé la mano a la sien, masajeándola suavemente—.
Siento extraña mi cabeza. Quizá debí preguntarle a Rufo.
¿Crees que sea por la herida? Es como si mi cerebro estuviera apretado contra mi cráneo… y duele.
—¿Quieres que lo vaya a buscar? —preguntó enseguida, poniéndose de pie con cara de espanto—. ¿Te duele mucho?
—No, no, es más bien una sensación extraña —negué despacio, alzando la mano para que no diera un solo paso más—. También siento mi memoria confusa, borrosa. Pero es seguro que se me pasa con el sueño. Si mañana sigo así, le pregunto, ¿de acuerdo?
Alessandro se quedó observándome con cara de espanto. Alcé la mirada hacia su rostro preocupado y mordí mi labio inferior, tratando de reunir coraje para aguantar las ganas de seguir preguntando. Tiré de él, haciendo que se acostara a mi lado.
—Amore mío, no debería esperar hasta mañana —murmuró finalmente, aunque sin moverse.
—Anda, tranquilízate ya —con un movimiento rápido, tiré de su brazo, obligándolo a sentarse, y luego lo atraje suavemente hacia la cama.
Alessandro era más fuerte que yo, pero en momentos como este, me dejaba ganar sin resistirse. Podía sentir su cuerpo tenso a mi lado, listo para levantarse y salir corriendo en cualquier momento.
—Está bien, amor —habló mientras se acostaba a mi lado—. Pero despierta mañana otra vez, vida mía, no vuelvas a dejarme solo.
Sabía que no quería mostrarse vulnerable, pero lo estaba. No todos podían notarlo, pero yo sí; yo podía verlo claramente. Acerqué mi cuerpo al suyo, pegándome aún más. Apoyé mi cabeza en su pecho, disfrutando por un momento del sonido constante de su corazón.
—Vida mía, no vuelvas a dejarme solo —susurró de nuevo, lleno de emoción y temor que intentaba ocultarme—. Muero sin ti, Lilian; no vuelvas a dormir indefinidamente.
No le respondí de inmediato. Estaba ocupada peleando conmigo misma. Quería, por un lado, quitarle ese miedo que podía sentir en su voz, que nunca antes había escuchado. Y, por otro lado, deseaba desesperadamente recordar todo lo que había olvidado.
—No lo haré, cariño, deja de estar asustado —le pedí con ternura—. Ven a abrazarme; me hace sentir segura. Gracias por hacerlo todas estas noches.
—¿Lo sentiste, cariño? —preguntó emocionado.
—Claro, sabes que no puedo dormir si no me abrazas —susurré emocionada dentro de sus brazos—. Gracias, Ale; no olvides que te amo, aunque se me olvide a mí.
—¿Qué quieres decir con eso, Lili? ¿Quieres que llame a Rufo? —reaccionó de nuevo, realmente aterrado, a punto de salir corriendo a buscar al director.
Cada minuto que pasaba viendo las reacciones de Alessandro de terror me convencía de que había pasado por algo muy grande relacionado conmigo.
Él era el Capo di tutti i capi de la mafia italiana, el hombre que aterrorizaba a todos con solo su presencia, y ahora se estremecía ante la posibilidad de que lo olvidara. ¿En verdad había intentado suicidarme?