¡Ups! ¡No me equivoqué! 25. DE NUEVO ENTRE SUS BRAZOS
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25. DE NUEVO ENTRE SUS BRAZOS

LILIAN:

Un destello de admiración volvió a cruzar por los ojos de Alessandro, aunque no iba dirigido a mí, sino a lo que acababa de contarle.

Era la misma admiración que veía en las miradas de todos los que conocían el talento de mi hermana.

Cerré los ojos con fuerza por un instante y los abrí de inmediato al ver la imagen amarilla de los ojos de Demon.

Los abrí enseguida, buscando refugio con urgencia en los brazos de Alessandro y me encontré pegándome más a su cuerpo en busca de su protección, esa que solo encontraba en sus brazos en mis momentos más débiles desde que lo había conocido.

—¿Ale, seguro que no tenemos que preocuparnos más de ese loco de Demon? —pregunté con la inseguridad filtrándose inevitablemente en mi voz.

Sentí cómo se tensaba al mencionar el nombre de Demon. Su mirada oscura se nubló por un instante y supe que lo que fuera que tuviese que ver con ese hombre no quedaría saldado tan fácilmente.

—No sabes el susto que me dio cuando rompió mi blusa… —continué, sin poder evitar el miedo en mi voz. Necesitaba que entendiera que su protección apagara ese miedo irracional—. Lo hizo para mirar el tatuaje y me dijo que era suya.

Noté el cambio al instante. La calma contenida que había seguido a mis palabras se rompió cuando observé la mirada de Alessandro. En un instante pasó de ser la de un hombre protector a la de un depredador. De ser mi amante al capo más cruel de la mafia.

—¿No es así, verdad? —inquirí rápido, buscando desesperadamente una confirmación que pudiera calmarme—. Soy solo tuya… nadie me puede robar de ti, Alessandro.

Alessandro se movió rápidamente, rodeándome de manera posesiva, apretándome contra él queriendo espantar los fantasmas que despertaban en mi mente. Besó mis ojos, haciéndome cerrarlos, mientras me decía con un amor reverente:

—Ven, amor, ya no tienes que preocuparte nunca más por ellos.

Nadie puede arrebatarte de mí, ¡nadie! Eres mía por derecho desde que naciste, Leslie Lemert, estabas destinada a ser mi esposa —hablaba sin dejar de abrazarme y besarme—.

No sabes lo que he aceptado para que así fuera, pero no me arrepiento.

Por ti haría eso y mucho más, cariño. No importa lo que nos depare el destino, ni lo que intenten hacer nuestros enemigos, lo enfrentaremos juntos, amor, juntos una vida entera.

—¿Qué enemigos? —quise saber, haciendo que se separara de mí para poder mirar su rostro—. ¿Te refieres a Demon y Damián?

—No, cariño, ellos ya no me preocupan, te lo dije, deja de pensar en ellos —me pidió con seriedad—. Son otros peores que ellos, que harán todo lo posible por separarnos.

—No se lo permitiremos, Ale, tienes que entrenarme muy bien; te prometo hacer todo lo que me digas sin protestar —prometí con vehemencia, escondiendo mi miedo por lo que había ocurrido—. Tengo que dejar de ser tan impulsiva, ¿verdad? No quiero ser tu debilidad, como dicen todos.

—¿Quién te dijo esa atrocidad, amor? —protestó de inmediato—. No lo eres, cariño, es todo lo contrario, eres mi fortaleza. Te haré tan fuerte como yo, seremos uno contra el mundo.

Alessandro arqueó una ceja con una sonrisa arrebatadora en la comisura de sus labios.

Pero no duró mucho; su expresión cambió rápidamente, recuperando la seriedad autoritaria, demostrando que no estaba jugando.

Lo abracé muy fuerte, queriendo demostrar lo mucho que lo amaba y que no quería vivir lejos de él.

—Sí, hazlo, amor. Quiero ser tu igual, luchar a tu lado. Voy a ser la Prima Donna de la mafia italiana... ¡Un momento! —me detuve y exclamé, tomando su rostro entre mis manos para fijar mi mirada en la suya—. Acabo de recordar.

Algo hizo clic en mi mente. Me separé un poco de él y fruncí el ceño, mientras mis pensamientos seguían sucediéndose en un torbellino imparable en mi mente. Tenía un cúmulo de preguntas desordenadas que me estaban abrazando el alma.

—¿Qué cosa es esa de que juraste y eres el Capo di tutti i capi de todos los grupos del mundo? —lo miré, no queriendo que me engañara—. ¿Qué cosas son "Los dragones"? ¿Es cierto que mi papá era el dragón rojo? ¿Quién soy, Ale?

Alessandro apretaba los labios, queriendo contener las respuestas. Sus facciones se endurecían con inquietud y visible molestia. No podía descifrar su lucha interna, lo que me llamó la atención.

—Amore mío... —susurró, e inmediatamente tratando de evitar la conversación. Podía verlo claro en su expresión—. Solo te diré que eres, al igual que yo, la número uno y como tal te entrenaré en todo, Leslie, en todo.

—Prefiero que me digas Lili —dije con un puchero—. Quiero que me expliques todo, pero tengo sueño. ¿Mamá y Luci están bien?

Estaba realmente agotada; los ojos se me cerraban. Me acomodé más en sus brazos con mi cabeza recostada en su pecho, escuchando el dulce palpitar de su corazón que tanto me tranquilizaba sin saber el motivo.

—Ellas están bien, muy contentas porque regresaste; tu mamá te contará todo después. Ahora es tarde, pero acabas de despertar, amor, ¿seguro volverás a dormirte tan pronto? —preguntó, mirándome angustiado.

Levanté la mirada hasta encontrar la suya; podía ver miedo en sus ojos. No dije nada, pero mi mente científica me decía que algo muy serio me había sucedido. Pero no quería seguir conversando; realmente me sentía muy agotada.

—¿Qué hora es? —inquirí al ver su ansiedad.

—Son las once de la noche —respondió, mirando el reloj en su muñeca—. Pero, cariño, llevabas muchos días durmiendo, ¿no puedes quedarte despierta un poco más, conversando conmigo?

—Está bien, ayúdame a ponerme de pie e ir al baño —pedí de nuevo, sintiendo que tenía necesidad de hacerlo otra vez—. ¿Cómo fue lo del accidente?

Mi corazón latía tan fuerte al tratar de recordar lo sucedido que me dolía. Las imágenes rebotaban en mi mente, pero no tenían sentido. Me levanté despacio, evitando marearme de nuevo. Alessandro se levantó rápido y corrió a ayudarme con delicadeza.

—Ya habrá tiempo para contarte todo, ven cariño, deja que te bese de nuevo. Te extrañé tanto, mi Lili —mientras hablaba, me sujetaba con fuerza—. Todo está bien ahora que estás en mis brazos. Cuidado, ¿tienes mareo?

—Un poco —contesté, sentada en la cama mientras me sujetaba—. ¿Cuánto llevo dormida, Ale?

—Mucho, amor, demasiado —respondió evasivamente—. Pero ahora al fin despertaste. ¿Puedes mover bien tu lado izquierdo?

Alessandro me tomó por una mano y la cintura, ayudándome a ponerme de pie. No quería que me cargara, pero me quedé mirándolo al escuchar su última pregunta.

—¿Mi lado izquierdo? ¿Qué tenía mi lado izquierdo? —quise saber, deteniéndome para mirarlo de frente—. Sí, lo muevo bien, no siento nada extraño. ¿Cómo fue ese accidente, Alessandro? ¿Por qué no logro recordar más nada?