24. TRATANDO DE RECORDAR
LILIAN:
Mientras me abrazaba y yo sentía el peso de su poder mezclarse con el calor de su amor, mi mente no dejaba de dar vueltas.
Sabía que estábamos lejos de alcanzar la calma que nuestras almas necesitaban.
Lo peor apenas estaba por comenzar. Mi Ale estaba celoso, y aunque una parte de mí encontraba adorables sus caprichos, era innegable que otra parte también temía las consecuencias.
Si bien el amor que me profesaba era incondicional, su posesividad era el filo de una navaja que podía cortar con brutal precisión.
—¡Lo estoy! —afirmó con una honestidad aplastante, dejando escapar una risa seca pero verdadera—. ¡Estás elogiando y defendiendo mucho a Damián! ¿Es que acaso no sabes a qué se dedica desde hace años?
No pude evitar reír con su infantilismo.
Lo observé divertida escapar de mi mirada.
El rudo capo seguro de sí mismo me estaba demostrando una debilidad que estaba segura de que no mostraba a nadie más.
Sus celos, por absurdos que fueran, le arrancaban esa fachada de hombre impenetrable.
Lo miré con cariño e incredulidad mientras él deliberadamente evitaba mi mirada.
—¿De verdad estás celoso? —pregunté con una sonrisa burlona.
—Yo no funciono así, Lilian —murmuró sin mirarme, frotándose la mandíbula con fuerza.
—Ay, Ale… —murmuré suavemente antes de inclinarme hacia él. Atrapé su rostro entre mis manos y lo obligué a mirarme directamente a los ojos—. Tonto, todo el tiempo hablaba de ti. No sabes cómo me asusté cuando me desperté y me dijo que estabas grave en terapia intensiva.
Alessandro permaneció en silencio, sin dejar de mirarme. Podía ver la tormenta en su mirada, la misma que había visto en los ojos de Damián cuando hablaba de él.
—¿Te dijo que estaba herido? —preguntó sin mirarme.
—Sí, para convencerme de que debía permanecer con él hasta que tú pudieras reclamarme y defenderme de Demon —contesté al recordar esa conversación—. Pero después escuché a escondidas que lo que me había dicho sobre haber estado durmiendo tres semanas era mentira y supuse que todo lo demás también.
—Me alegro, amor —sonrió complacido—. Yo estaba herido, pero no mucho, ya sanaron todas.
—¿Todas? ¿En un día? —pregunté con incredulidad.
Alessandro frunció el ceño, dejando de sonreír. Se quedó mirándome fijamente con visible preocupación. Luego cambió la mirada, soltó todo su aire antes de volver a hablar.
—No fue un día, cariño —aclaró sin dar más detalles—. Pero sigue contándome, ¿qué hiciste después de saber eso?
No respondí de inmediato porque, en el fondo, me daba cuenta de que faltaban cosas en mi memoria, y una de ellas era el tiempo. Así que, en lugar de hablar, acerqué sus manos a mi pecho para que sintiera el latir acelerado y constante de mi corazón.
—Me acordé del entrenamiento de supervivencia que me diste —le conté con satisfacción—. Así que le seguí el juego como me enseñaste. Lo empecé a tratar como un buen amigo.
—¿Solo eso? ¿No se propasó contigo? —Ahí estaban los celos de nuevo.
—¡Ale! ¡Deja los celos! Damián es un caballero —lo regañé con cariño—. ¿Cómo está él? ¿No lo mataste, verdad? Tengo esta memoria de él muriendo, ¿no lo hiciste, verdad?
Alessandro Minetti podía ser el hombre más peligroso que había pisado la tierra, pero también era el que hacía que mi corazón bailara al borde del abismo. Su amor era un abismo sin fondo, pero no había forma de que me alejara de él, aun sabiendo que escondía cosas.
Él siempre decía todo a la cara, con esa brutal sinceridad que, a la vez que irritaba, me hacía sentir segura. Sin embargo, ahora podía percibirlo esquivo, ocultando parte de la verdad tras su máscara de calma controlada.
—No, cariño, no le hice nada —se apresuró a aclarar, probablemente interpretando el pánico que se reflejó en mi rostro al escuchar siquiera el nombre de Damián—. Fue Demon quien le disparó. Estuvo muy grave, pero está mejor ahora… Después hablamos de él.
Lo miré con intensidad, aunque no pude sostener el peso de su mirada demasiado tiempo.
Su tranquilidad debería haberme reconfortado, pero una parte de mí sabía que esos "después hablamos" de Alessandro escondían mucho más de lo que explicaban.
Aun así, me lancé hacia él, abrazándolo con fuerza.
Estaba feliz por saber que Damián seguía con vida; mi corazón no habría soportado cargar con el peso de su muerte, mucho menos si había sido por mi culpa.
Había demasiadas heridas entre esos dos hombres.
Y aunque ellos no lo admitirían jamás, podría jurar que en el fondo no se odiaban.
Solo quedaba entre ellos un vacío imposible de llenar después de la pérdida de la mujer que ambos amaban profundamente.
Yo no quería ser la causa de más dolor para ninguno.
—Gracias por no matarlo, Ale —murmuré contra su pecho, subiendo la vista para encontrarme directamente con sus ojos—. Te digo que es una buena persona… aunque tú no lo veas ahora.
Él suspiró, pero no me respondió. Sus dedos pasaron con suavidad por mi cabello; ese simple gesto parecía bastar para callar mi insistencia.
—Tengo sueño —dije con un bostezo ligero, cerrando los ojos apenas por un segundo antes de abrirlos y levantar el rostro hacia el suyo—. En verdad estoy muy cansada. No sé por qué.
—Lo miré inquisitivamente, con cierta curiosidad que me pesaba en los párpados—. Por cierto, ¿cómo supiste que necesitaba sangre?
Observé mientras sus facciones mostraban, apenas perceptibles, un cambio. Alessandro rara vez perdía su compostura, pero mi pregunta pareció desconcertarlo.
—¿De veras no te acuerdas de nada después de que saliste de la casa de Damián, cariño? —preguntó, mientras me observaba fijamente.
Lo miré sin comprender a dónde quería llegar con eso. Me observaba fijamente con preocupación. Por alguna razón, esa manera de mirarme hizo que mi corazón latiera con fuerza.
—Sí me acuerdo —respondí finalmente, acomodándome contra su pecho para buscar su calor—. Me rescataste de la casa de Damián y escapamos, eso. ¿No fue así?
Levanté la cabeza al escuchar que no me respondía de inmediato, esta vez impaciente, buscando la confirmación de lo que recordaba. Pero lo único que encontré fue una interrogante en su mirada que no me daba ni una respuesta ni una negación.
—No, cariño, pero no viene al caso. Otro día te cuento todo —evadió responder directamente—.
Y lo de la sangre y los sueros fue porque Luci vio el anuncio del hospital de Marsella pidiendo tu grupo sanguíneo.
Menos mal que hizo que mandaran mucha sangre de tu tipo, porque cuando Rufo terminó de operarte quedaba apenas una bolsa, pero luego llegó todo un cargamento que ella envió.
Si la vieras, mi abuelo la hizo toda una hacker.
Me reí divertida al escuchar lo que había hecho mi hermana menor, pero sobre todo, por la admiración que había en su voz. El abuelo no había hecho a mi hermana una hacker; ella ya lo era.
—Tu abuelo solo le dio equipos mejores y ella debe estar que vuela —aclaré bajo su mirada llena de incredulidad—. Acuérdate de que ella se la pasa encerrada en casa por su enfermedad; su ventana al mundo es el internet. Todo lo averigua por ahí; es una experta.
Nunca he podido esconderme de ella; no sé cómo lo hace, pero sabe todo el tiempo dónde estoy. ¿Lo puedes creer?