¡Ups! ¡No me equivoqué! 23. REPASANDO LO OCURRIDO
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23. REPASANDO LO OCURRIDO

LILIAN:

Estudié por largos segundos a Alessandro, evaluando la cantidad de preguntas. Finalmente, esbozó una sonrisa ladeada, que intentaba ser tranquilizadora. Cerré los ojos, tratando de recordar todo eso que me había preguntado.

—Déjame ver si me acuerdo de todo eso que me has preguntado —comencé a decir con suavidad—. Recuerdo que al llegar al baño y ver a Humberto y Estefan ensangrentados en el piso, me aterré. Luego había un camino de sangre que se alejaba y lo seguí creyendo que eras tú; fui a dar a donde estaba Demon.

—Eso lo vi en el video de seguridad —intervino Ale, cortándome antes de que pudiera seguir—. Él te llevó al clóset, te inyectó esa droga de mierda, tú le disparaste y después te subiste al auto con Damián. ¿Por qué lo hiciste, por qué entraste en el auto con Damián?

De inmediato supe que eso era lo que lo estaba atormentando; no podía esconder los celos. ¿Qué tanto había visto realmente en esos malditos videos? ¿Qué tanto sabía y qué tanto era conjetura? La frustración me oprimió el pecho, sobre todo porque no recordaba todo.

—¡Creí que era uno de nosotros! Era igual al auto que usan tus hombres —solté con rabia y desesperación—.

Demon me acorraló ahí dentro, me inmovilizó, me…

me hizo cosas que… ¿Qué se suponía que debía hacer?

¿Quedarme a esperar a que me atrapara de nuevo?

Lo único que podía hacer era salir de ahí como fuera, así que sí, me subí al auto con Damián porque me confundí.

¡Necesitaba escapar! ¿Crees que lo hubiera hecho si hubiera visto que era él?

Alessandro no dijo nada, simplemente mantuvo la mirada fija en mí, escrutando hasta la última célula de mi ser.

Finalmente, se levantó del borde de la cama y comenzó a caminar con pasos medidos, lanzándome miradas de soslayo.

El contraste entre su compostura y su evidente furia me helaba la sangre y, al mismo tiempo, hacía que un temblor recorriera mi cuerpo.

—Entiendo, ¿qué pasó después? —preguntó, volviendo a sentarse a mi lado.

—Lo amenacé con mi arma, porque veía a los hombres de Demon buscándome. También le recordé que me había dicho que, si algún día lo necesitaba, que lo buscara —seguí contando todo lo sucedido.

Abrí la boca para responder, pero Alessandro alzó una mano, acariciando mi rostro con esos dedos que podían ser la más devastadora de las armas o la más delicada de las caricias.

La insufrible autoridad que emanaba de su simple gesto no me dejó opción.

Pero, por un breve momento, quise sonreír al ver el destello de posesividad en sus ojos, aunque sabía que provocarlo no era lo más sensato en ese momento.

—Te advertí que confiaras en mí, que lo hicieras ciegamente.

Pero, en cuanto tienes la oportunidad… ¿a dónde va Lilian?

¡Derecho a la boca del lobo! —Su voz subió hasta convertirse en un trueno, retumbando en cada rincón de la habitación.

Creo que ni siquiera se dio cuenta de lo territorial que sonaba—. ¿Cuándo Damián te prometió eso, ah?

—En Milán, en la recepción —respondí con voz tranquila, aunque una leve sonrisa se coló en mis palabras. En el fondo, disfrutaba verlo así. Siempre tan seguro de todo, pero al borde por mí.

—¿Milán? —bufó, frunciendo el ceño—. ¿Qué pasó entonces?

El brillo peligroso en sus ojos se intensificó en cuanto me vio sonreír, pero, en lugar de arremeter, se acercó aún más.

Su presencia resultaba abrumadora, encerrándome entre la cama y su cuerpo.

Grande. Sólido. Dominante. Sentí una ráfaga de adrenalina recorriéndome.

Si había algo que detestaba y me fascinaba al mismo tiempo de Alessandro era cómo lograba hacer que el aire desapareciera entre nosotros, dejándome presa en su campo gravitacional.

—¡Suéltame! —espeté, retorciéndome para liberarme de su cercanía—. ¿No quieres saber qué pasó?

Eso pareció bastarle, porque se apartó un poco, mirándome con una mezcla de seriedad y curiosidad. Sus ojos estaban fijos en mí, evaluándome. No dejaba pasar ni el mínimo de mis movimientos. Tomé aire, sabiendo que debía explicarle.

—Por el calor que sentía en el cuerpo, supe de inmediato qué droga era.

Esa maldita sabía cómo actuar, pero yo también sabía cómo detenerla antes de que…

las cosas se salieran de control. —Mi voz era firme, aunque revivir el momento aún me incomodaba—.

He visto a pacientes en el hospital bajo sus efectos, y un doctor chino me enseñó una vez cómo manejar ese tipo de situaciones.

Sabía que si extraía mi propia sangre a tiempo, podía evitar…

bueno, eso que estás pensando. Así que lo hice.

Me extraje toda la sangre posible hasta perder el conocimiento.

Alessandro quedó en silencio, procesando mis palabras.

Había algo que lo inquietaba y, a la vez, lo tranquilizaba.

Podía ver cómo su mandíbula dejaba de tensarse, cómo sus hombros relajaban ligeramente la postura.

Y entonces, para mi sorpresa, se inclinó hacia mí y besó mis labios con suavidad, como si el hierro se transformara en pura miel.

—Oh, cariño… —murmuró, apartando un mechón de cabello de mi rostro—. Te habría comprendido si lo hicieras con él. Yo sé que esa droga es… devastadora. Nadie la resiste.

—Pues ya ves, Alessandro —dije con una sonrisa llena de orgullo y desafío—.

Lo logré. Mi cuerpo y mi voluntad son míos.

Solo seré tuya, Ale. Solo tuya. Y lo más pronto posible, ¿de acuerdo?

—No le di tiempo de responder. Tomé su rostro entre mis manos y lo besé, esta vez con mayor intensidad, mientras tiraba de su cintura para que su cuerpo se pegara al mío, como si quisiera fundirnos en ese instante.

—¡Más que de acuerdo, cariño! —respondió casi jadeante, devolviéndome el beso con esa pasión que solo él sabía desatar en mí.

Cuando por fin nos separamos, una sonrisa sincera y cálida curvaba sus labios—.

En cuanto Rufo me diga que estás totalmente fuera de peligro, nos iremos de luna de miel.

A donde tú quieras. Yo te amo, Lili. Y gracias por…

—se detuvo por un momento, sus ojos buscando algo en los míos—. Gracias por habérmelo dicho.

Me relajé por unos instantes, disfrutando de esa extraña calma que me estaba demostrando, pero entonces escuché su siguiente pregunta:

—¿Te trató mal Damián?

Me enderecé rápidamente. La imagen de Damián pasó fugazmente por mi mente. No me había maltratado además de raptarme; había sido amable. Pero había seguido todas las enseñanzas que él mismo me había obligado a aprender.

—No me trató mal, a pesar de lo que hizo, de sus intenciones de robarme de ti y hacerme su esposa a escondidas, me salvó de Demon; es todo un caballero —me apresuré a aclarar—.

No me tocó y estuvo pendiente de mí todo el tiempo.

Tienes que arreglarte con él, Ale; está muy solo y es buena persona.

¿No lo mataste, verdad? Es un hombre decente; está falto de amor y muy resentido, pero es todo un caballero, me respetó.

El Capo de capos se quedó mirándome fijamente, luego asintió lentamente, aunque todavía podía atisbar la tormenta de los celos en sus ojos. Sabía que el tema no había muerto ahí, ni mucho menos.

—¿Te enamoraste de él, Lili? —preguntó para mi sorpresa.

—¿Estás celoso, Ale? —me reí mientras lo abrazaba.