21. DE NUEVO JUNTOS
LILIAN:
Dije que sí con la cabeza, emocionada al sentir el miedo que tuvo de perderme, el mismo miedo que sentí yo de no regresar jamás.
Alessandro me estrechó fuerte contra su cuerpo.
Le devolví el abrazo de la misma manera que lo hacía; era tan agradable que no quería salir de sus brazos.
Tal parecía que llevaba meses sin verlo. Ansiaba sentirme amada por él.
—Lo siento, cariño, lo siento mucho —repetí de nuevo—. No debí salir corriendo sin los hombres de seguridad. Realmente creí que eras tú el herido.
—Está bien, amor, espero que hayas aprendido, Lili. Ya no puedes no pensar en tu seguridad —me reclamó con vehemencia—. Si ellos te dicen que no te muevas de un lugar, escúchalos, cariño.
—Te prometo jamás volver a hacerlo —me apresuré a jurar—. ¿Estás bien? ¿Quién te hirió? ¿Qué te pasó? ¿Y Estefan y Humberto?
Lo llené de preguntas mientras lo revisaba con la mirada. Eso sí lo recordaba: lo habían herido. Y aunque me había asegurado que no había sido nada, quería cerciorarme de que era verdad.
—Fue Demon quien me hirió. Me hizo una encerrona en el baño, pero no fue nada serio gracias a Humberto y Estefan —al ver cómo lo miraba con expresión interrogante, se apresuró a aclarar—: Ellos están bien, recuperados.
Perdóname tú a mí por no avisarte. No quería asustarte, pero ahora sé que fue un error.
Debí llamarte enseguida para que vinieras a mi lado.
Si lo hubiese hecho, no habrías salido corriendo alarmada. Perdóname tú a mí, cariño.
La estreché con fuerza, todavía con la incredulidad de que me estuviera pidiendo perdón. El Capo de todos los capos se estaba disculpando conmigo y mostrando una debilidad frente a mí que me enterneció. Por lo que, como siempre, traté de relajar la situación.
—Eso es verdad —le di la razón—. Por favor, no importa lo terrible que sea lo que te pase, no dejes de decírmelo. No solo soy tu esposa, soy doctora, Ale.
—Te lo prometo, amor, te lo prometo —se apresuró a jurar—. Nunca más te ocultaré nada, por muy feo que sea lo que pase. Es preferible que estés alarmada y alocada a mi lado, a que te vayas corriendo y te atrapen los enemigos.
Miré a Alessandro mientras soltaba un leve suspiro de culpa.
Estaba llena de emociones contenidas mientras podía ver cómo él trataba de mantener la fuerza implacable que tanto lo caracterizaba delante de sus hombres, pero se derrumbaba conmigo.
La luz tenue de la habitación delineaba sus facciones marcadas; podía notar el cansancio alrededor de sus ojos.
—¿Qué vamos a hacer con eso que me hizo Damián de casarme con él? —traté de hablar de mis preocupaciones—. ¿Es verdad que me llamo Leslie Lemert?
—Sí, te llamas así, me lo confirmó tu mamá —respondió de inmediato—.
Pero no estás casada con él. ¿Recuerdas los papeles que te di a firmar?
Entre ellos estaba el certificado de nuestro matrimonio con tu verdadero nombre.
Nos casamos, cariño, con tus papeles reales que tu mamá tenía.
Por tanto, eso que realizó Damián no sirve de nada; es falso.
—Alessandro... —tomé su rostro entre mis manos, obligándolo a mirarme directamente a los ojos—. ¿En serio soy otra persona? ¿Quién era en verdad mi papá, lo sabes? ¿De veras era el Dragón Rojo? Oh, espera, llévame al baño.
Me tomó en brazos y, sin más, me trasladó al baño. Hice mis necesidades con su ayuda y, de la misma manera, me trajo de regreso a la cama porque los mareos eran muy fuertes. Me sentía realmente débil y mal.
—Cariño, sí, tu papá pertenecía a una organización mafiosa, pero no era malo. Tu mamá es la más indicada para contarte todo —bajó la mirada delante de mí y lo supe: me estaba ocultando algo. Pero no insistí. Haría que mi mamá me contara la verdad.
—Está bien, tienes razón en eso —acepté con un suspiro—. Me siento muy confundida, Ale. Mis memorias se me mezclan... espera un momento…
Realmente me dolía la cabeza y todo estaba muy confuso en mi mente. Apreté los labios. Mi cerebro procesaba lentamente tanto mis pensamientos como las palabras antes de llegar a mi boca. Tenía tanto que expresar y cuestionar, pero todo se me enredaba en la punta de la lengua.
—¿Y qué va a pasar con Demon y eso del tatuaje de propiedad? —hice la pregunta que tanto me preocupaba.
—Tampoco debes preocuparte por eso —respondió acariciando mi frente con delicadeza—. Tú eres mía y de nadie más. ¡Él ya no puede tocarte, ni verte, ni nunca más podrá acercarse a ti! Jamás volverás a verlo. Me encargué de él personalmente.
El corazón me latía con fuerza al escuchar esas palabras. Sabía que Alessandro era capaz de cualquier cosa, pero esa última frase rondaba peligrosamente en mi mente: "Me encargué de él personalmente".
—¿Qué hiciste, Alessandro? —indagué, intentando sonar más firme de lo que me sentía—. ¿Lo eliminaste?
—Eso no debe preocuparte, amor —se enderezó, desafiante, mientras sus ojos se hundían en los míos—. Ahora deja de preguntar, quiero que me prometas una cosa. Nunca más vuelvas a hacer eso que hiciste.
La miré, atónita, mientras la certeza crecía dentro de mí.
Me llevé las manos a las sienes, intentando ordenar mis pensamientos que volaban como hojas al viento.
Por un momento me vi escapando de Demon.
Tenía un arma en mis manos, pero nada más.
Bueno, el miedo a que me atrapara, ese todavía me hacía estremecer.
—Ya te lo prometí, nunca me alejaré de nuestros guardias de seguridad —aseguré con vehemencia—. Te lo prometo, Ale, no lo volveré a hacer.
Intenté levantarme de nuevo, pero un dolor punzante en mi cabeza me hizo soltar un quejido. Alessandro reaccionó al instante, acomodándome con delicadeza en la cama.
—No te esfuerces, Lili, por favor —me dijo con dulzura y miedo en su mirada—. No me refiero a que dejaste tu seguridad.
La miré sin entender a lo que se refería.
Su rostro se endureció de nuevo mientras me miraba fijamente con un terror en su mirada que me estremeció.
Podía ver que Alessandro temía de verdad, no lo escondía de mí.
A pesar de ser alguien que hacía que todos temblaran ante su presencia, lo veía asustado. Al ver que no decía nada, continuó.
—Me refiero a que nunca más atentes contra tu vida. ¡Nunca, Lili! ¡Jamás! —exigió con firmeza—. No importa lo que tengas que afrontar, siempre que permanezcas viva, podré salvarte, Lili.
—¿Qué quieres decir? ¿Cuándo atenté contra mi vida? —lo miré con la boca abierta.
¿Qué locuras estaba diciendo Alessandro? Nunca que recordara había hecho una cosa como esa. Llevé por instinto mi mano a mi cabeza, pero Ale me detuvo mientras me cuestionaba con cariño:
—¿No lo recuerdas?