20. MIS RECUERDOS AL DESPERTAR
LILIAN:
Me despierto, abro los ojos y no lo puedo creer. ¡Estamos en nuestra casa, nuestra alcoba! La dicha que me embarga es tan grande que no puedo describirla. Me siento de un golpe y un gran vahído hace que me acueste de nuevo. Toco mi cabeza y me duele. ¡Dios! ¿Qué me pasó?
Tengo una cicatriz muy grande y me cortaron mi cabello de ese lado. Aunque el pelo me ha empezado a crecer, está corto aún. Delineo mi cicatriz y ya está sana; me duele al palparla, pero puedo percatarme de que no tiene los puntos. ¿Cuánto tiempo llevo dormida?
Observo conectados a mi brazo un suero y una transfusión de sangre.
¿Pero qué rayos me pasó? ¿Por qué no puedo recordar nada?
Déjame ver, estaba esperando en la habitación de la casa de Damián cuando llegó Ale a rescatarme y salté por la ventana.
Espera. ¿Por qué recuerdo salir corriendo con Damián?
¿Qué locura es esta? Y había un fuego muy grande.
No entiendo nada, pero no me importa. Si estoy aquí en la casa de Ale, eso quiere decir que él está aquí, me rescató y me trajo. Eso es lo único que importa. ¡Me salvé de esos locos, me salvé! Escucho unas voces en el pasillo, distingo una muy clara; es de mi Ale.
—¡Alessandro! ¿Dónde estás? —Lo llamo a toda voz—. Quiero verte y no puedo pararme, me da mareo. Ven en este instante, necesito verte. Ale, Ninetta, alguien que me ayude, por favor, necesito ir al baño...
¡Diantres, me voy a orinar en la cama!
Intento ponerme de pie de nuevo y un gran vahído me embarga.
Tengo que volver a recostarme, a pesar de la necesidad que tengo de ir al baño.
Si no viene alguien pronto, me orinaré en la cama.
Estoy desesperada, casi al punto de orinarme.
¿Por qué rayos estoy así? Por mucho que intento recordar, mi mente está detenida en la última escena de la casa de Damián en Francia.
¿Por qué no recuerdo cómo Alessandro me rescató?
Hasta que al fin veo aparecer a Alessandro, seguido de Rufo, corriendo y deteniéndose al lado de mi cama con tremenda expresión de asombro o… dicha. No estoy segura, pero eso no es importante ahora. Me siento con dificultad y extiendo mis brazos hacia Alessandro.
—Ale, viniste —digo, extendiendo los brazos hacia él—. ¿Me ayudas?
No se mueve, solo me mira mientras le dice algo a Rufo que no entiendo porque sus ojos no se separan de mí. Extiendo mis brazos hacia él. Al fin, reacciona y avanza decidido mientras exclama:
—¡Amor, qué bueno que al fin despertaste!
Me toma el rostro con ambas manos e inclinándose sobre mí, me besa apasionadamente con una alegría que me enternece. Lo abrazo por el cuello y me dejo llevar por su beso. Me siento muy feliz; tengo la sensación de que hacía mucho que no nos besábamos.
—Alessandro, deja que la revise —nos interrumpe el director—. ¿Cómo te sientes, Lilian?
Rufo lo aleja de mí sin mucha delicadeza.
Me ilumina con la luz los ojos y me hace toda una examinación exhaustiva.
No comprendo bien qué es lo que pasa; debe ser por ese golpe en mi cabeza que no me acuerdo cuándo ocurrió.
No le hago preguntas; la alegría tan grande que me embarga de ver que mi Ale me rescató es tan inmensa que todo lo demás ha dejado de tener importancia para mí.
Hasta se me olvida que me estaba orinando.
—Parece todo bien, pero acuéstate, Lilian.
No queremos que te vayas a caer y golpearte la cabeza.
Debes permanecer acostada; de a poco, vas a ir haciendo todo, ayudada siempre por alguien.
Y nada de locuras. Usted y yo después vamos a tener una seria conversación, doctora Lilian Caleri Pagani D'Minetti —me regaña muy serio el director.
Lo miro sin entender. Debo haber hecho algo loco cuando me trata así delante del señor Minetti.
Miro a Alessandro en busca de respuestas, pero está mirando atentamente a todo lo que me dice Rufo, como si de ello dependiera su vida. El director sigue tratándome como si fuera su paciente.
—Espera, Lilian, ya no necesitas esos sueros y sangre. Te veo bien; deja que te los quite —y lo hace muy rápido, lo cual me alegra—. Mañana vendré temprano a verte y a tener esa conversación. Pórtate bien, ¿me oíste? ¡Nada de locuras!
Digo que sí a todo lo que me dice en un tono muy severo. ¿Qué rayos fue lo que hice esta vez? No me acuerdo de nada. No pregunto lo que pasó, al ver que Ale me hace señas de que me explica después. Tal parece que está deseoso de que Rufo se vaya y nos deje solos.
—Está bien, director, sé que he faltado. Pero le prometo esforzarme mucho. Y le juro que no volveré a cometer tamaño error —me imagino que está molesto y me regaña por irme de los guardias en el hospital en Milán.
Le hago señas con mis ojos a Alessandro para que me salve del director, porque las ganas de ir al baño regresaron con mayor ímpetu. Me sonríe y enfrenta a Rufo.
—Deja de regañarla, mi hermano. Al fin acaba de despertar y mírala, está bien. ¡Es mi Lili, mi Lili! —interviene con un rostro de dicha que no puedo describir.
Siento un gran alivio de escuchar cómo me defiende y porque él no me está regañando. Lo observo un momento y no se me escapa que está inquieto. Sonrío al ver cómo toma a Rufo por un brazo y lo empuja hacia la puerta.
—Lárgate de aquí y permite que hable con mi esposa, Rufo, si ya terminaste. Vete a ver a tu Migue, que no está bien —lo escucho decir y me preocupo enseguida.
—¿Migue también está aquí? —pregunto, tratando de ponerme de pie, pero vuelvo a marearme.
—Sí, pero no lo verás por ahora —contesta Alessandro y empuja a Rufo fuera de la habitación.
Lo veo cerrar con cerrojo la puerta. Luego viene corriendo y me vuelve a abrazar con delicadeza. Lo dejo hacer; también levanto mis brazos y lo rodeo con ellos hasta su cuello.
—Qué susto me has dado, amor. Creía que no ibas a despertar jamás.
Tenía tanto miedo de que no te acordaras de mí —habla al fin al separarse de mí.
Puedo percatarme de que está muy nervioso—.
Despertaste hace mucho y te volviste a dormir.
Luego lo hiciste en el avión y te volviste a dormir hasta ahora.
Y es cuando me doy cuenta de que ha estado muy asustado. Lo conozco demasiado bien ahora para no verlo. Lo atraigo hacia mí y lo estrecho por un rato sin decir nada. Luego lo besuqueo con amor. Al separarnos, susurro:
—Ale, perdóname por una vez más no obedecer y meterme en problemas.
—Deja de pedirme perdón, amor —responde hundiendo su cabeza en mi cuello. Sé que está escondiendo esas lágrimas que mojan mi cuello—. Lo único que tiene importancia es que no te perdí, no te perdí. ¡Pero no lo volverás a hacer! ¿Capisci?