19. NADIE PODRÁ ARREBATARME A MI ESPOSA
ALESSANDRO:
No dije nada bajando un instante la cabeza ante mi amigo.
Pero lo escuché mientras mi mente era un torbellino de pensamientos desordenados.
La presión de ser el UNO era constante, abrumadora, una carga que debía mantener día y noche.
Y ahora, con Lilian en peligro, cada decisión que tomaba, era caminar sobre el filo de una navaja.
Inspiré profundamente, tratando de calmar la tormenta que rugía dentro de mí.
—¡Voy a cambiar esa ley absurda en cuanto pueda! —dije sintiendo que este mundo estaba demasiado enredado—. Es una estúpida ley que denigra a la mujer. ¿En qué estaban pensando nuestros padres cuando la impusieron?
Estaba realmente irritado con cada cosa nueva que aprendía de Los Dragones. Pero, sobre todo, porque ellos creían que nos podrían engañar con sus trucos. No conocían a mi consigliere Rufino, el genio no solo en medicina, sino en todo lo que hacía.
—Quizás sus padres hicieron esa ley para asegurarse de que tú y Lilian terminaran juntos gobernando esa organización —opinó Rufo con seriedad—.
La cambiaremos, lo haremos, Ale. Pero mientras no suceda, mejor sigue siendo el UNO y yo el DOS.
Afrontaremos todo lo que venga como siempre, juntos.
Además, tenemos las pruebas de que ella es la verdadera hija de Kenet.
La señora Libia tiene todo, ¿no debemos preocuparnos, verdad?
—Sí, mi suegra es la testigo y prueba de que Lilian es la verdadera hija del dragón rojo. No temas, en eso no debemos tener miedo —contesté, convencido de que tenía cómo demostrar la veracidad de su descendencia.
Sin embargo, por alguna razón, Rufo seguía dudando. No confiaba en la historia de la señora Libia, y por supuesto, no me lo escondió.
—¿Estás seguro de que es Lilian? ¿Y si es Lucila, la que han querido proteger? —preguntó de pronto—. ¿No te parece sospechoso que nadie supiera que el dragón rojo tuviera un hermano menor, con una pequeña hija?
—¡No, Rufo, no! —me opuse con vehemencia—. ¡Lilian es la hija del dragón rojo Kenet Lemert! Si no, no la hubiera marcado desde niña para asegurar que fuera mi esposa. No creo que Lucila tenga esa marca.
Se quedó en silencio, pensativo. Siempre era así, no se quedaba con la primera opinión de un problema, investigaba hasta el más mínimo hecho para que nadie lo pudiera engañar o rebatir.
Por eso, cuando él afirmaba una cosa, es porque ya había averiguado todo y estaba seguro.
Era una de las características suyas que me hacían confiar ciegamente en cada cosa que decía.
Nunca lo ponía en duda, por eso verlo dudar me asustaba.
—Tendremos que revisar a Lucila para ver, nadie sabe —siguió hablando, más para él que para mí—. Lo haré yo, con la excusa de su enfermedad. Pero ojalá sea así, Ale, ojalá que en eso no nos haya mentido la señora Libia.
Seguíamos conversando, concentrados frente a mi habitación, donde dejamos hacía un rato a Lilian dormida. Todo me tenía muy confundido y, por primera vez en muchos años, el miedo se estaba apoderando de mí. De pronto, la voz más hermosa del mundo para mí llegó a mis oídos.
—¡Alessandro! ¿Dónde estás? —escuchamos el llamado de mi esposa—. Quiero verte y no puedo pararme, me da mareo. Ven en este instante, necesito verte. ¡Ale…! Ninetta…, alguien que me ayude, por favor, necesito ir al baño... ¡Diantres, me voy a orinar en la cama!
—¿Lilian despertó? —reaccionó Rufo de inmediato, girando rápidamente hacia la habitación para encontrarla intentando sentarse en la cama—. Detente Lilian. No puedes pararte así de pronto.
Lilian giró la cabeza al escucharnos entrar. Por un momento me detuve al ver cómo se comportaba como si nada. Se dirigió a mí como si nada.
—Ale, viniste. ¿Me ayudas? Ale, ¿dónde dejaron mi teléfono? —me preguntó Lilian como siempre—. Algo me pasa, no puedo pararme, necesito que me ayudes. ¡Alessandro Minetti, ven en este instante!
Ahí estaba ella, comportándose como siempre, mi loca e impulsiva esposa había regresado a mí. No lo podía creer, por un momento me quedé paralizado. Mi cuerpo estaba aterrado de que fuera mi imaginación. Pero al ver cómo Rufo avanzaba hacia ella, me hizo reaccionar.
—Mi Lili, mi amor, mi mujer ha regresado a mí, Rufo —logré decir con un sollozo que no me molesté en ocultar—. ¡Despertó, despertó al fin!
Corrí siguiendo a Rufo, hasta llegar al lado de la cama y ver esos hermosos ojos verdes que tanto he añorado mirarnos asombrados, para luego esbozar la más increíble de las sonrisas de felicidad. Mi corazón se detuvo, mi cuerpo se inundó con la mayor de las alegrías.
—Ale, viniste —dijo, extendiendo los brazos hacia mí—. ¿Me ayudas, amor?
El peso sobre mi pecho se sintió de pronto más liviano.
Mi esposa estaba ante mí comportándose como si nada.
Me volví hacia Rufo, buscando que me dijera que todo estaba bien.
No sabía por qué tenía la sensación de que algo no andaba bien.
Me acerqué un poco más extendiendo la mano para tocar a mi esposa.
—¡Amor, qué bueno que al fin despertaste! ¿Te sientes bien? —pregunté con temor al ver como fruncía el ceño y llevaba la mano a su cabeza—. ¿Tienes mareo?
Antes de que pudiera contestar no pude aguantarme, me incliné y la besé profundamente tratando de aguantar las ganas de llorar que me inundaron.
El nudo que había tenido atragantado en mi garganta quería soltarse.
Ella levantó sus brazos y me rodeó el cuello profundizando el beso como era su costumbre.
—Alessandro, deja que la revise —nos interrumpió Rufo tirando de mí y alejándome de ella—. ¿Cómo te sientes, Lilian?
—Claro que estoy despierta Rufo y quiero ir al baño —dijo ella sin dejar de mirarme—. ¿Por qué están aquí los dos?
Miraba a mi esposa todavía sin poder creer que hubiera despertado sin ninguna secuela.
Movía el cuerpo al parecer bien. Rufo seguía haciendo su inspección mientras yo no podía apartar mi mirada de mi amor.
No importaba cuán complicada se pusiera la situación en adelante, sabía que ahora ya no estaba solo.
Y eso, en un mundo de traiciones y sombras, significaba más de lo que las palabras podían expresar.
—Parece todo bien, pero acuéstate, Lilian.
No queremos que te vayas a caer y golpearte la cabeza.
Debes permanecer acostada; de a poco, vas a ir haciendo todo, ayudada siempre por alguien.
Y nada de locuras —dijo para mi alivio—.
Usted y yo después vamos a tener una seria conversación, doctora Lilian Caleri Pagani D' Minetti.
Estaba a dos pasos de la cama, mirando a Lilian que había logrado sentarse, observándome fijamente, sin entender.
Me miraba fijamente como si no hubiera nadie más en la habitación.
Su sola presencia hacía que el nudo en mi garganta que me había hecho el miedo porque ella se quedara dormida para siempre, se deshiciera. Ella despertó y regresó a mí.
No importa lo que tenga que afrontar, mientras ella esté a mi lado, lo haré, sin miedo. Haré todo por hacer a mi Lili feliz. ¡Nadie podrá jamás arrebatarme a mi esposa! ¡Nadie!