¡Ups! ¡No me equivoqué! 18. SERÉ SU PEOR PESADILLA
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18. SERÉ SU PEOR PESADILLA

ALESSANDRO:

Mi mandíbula estaba tensa, y sentía cómo mis puños se cerraban con fuerza.

La mera idea de que intentaran usarla en mi contra me ponía al borde de la locura.

Lilian había traído un caos que yo no sabía que necesitaba, pero también se había convertido en mi más grande debilidad. Y ellos, malditos bastardos, lo sabían.

—Voy a cortarles la cabeza a todos si se atreven a utilizarla para sus juegos.

—Volví la mirada hacia Rufo, quien me observaba en silencio.

No necesitaba que me lo dijera, sabía bien lo que pensaba: estaba perdiendo los estribos solo con mencionar su nombre.

Pero actuaba así porque ahora ella era mía, solo mía, aunque aún no lo supiera del todo.

Rufo no dijo nada al escucharme. No tenía que decir nada, sabía que estaba de acuerdo con todo lo que decía. Luego siguió analizando todo con la calma calculada que siempre lo acompañaba.

—Por otro lado, creo que quieren quitarte el cargo del UNO, y ya sabemos que si dejas de serlo, lo que sucederá —siguió analizando Rufo, como era su costumbre—.

Si eso sucede, Lilian pasaría a ser propiedad del que asuma el cargo, como dice esa ley, y el certificado que tiene la señora Libia lo confirma.

—Eso jamás va a pasar, Rufo —aseguré con vehemencia—. Ellos no saben de lo que soy capaz por mi esposa, ¡no lo saben! Que no me enfurezcan, porque se me va a olvidar el objetivo de esa organización y acabaré con todos. ¡Seré su peor pesadilla!

—Por eso es que te pido que te enfoques en todo, Alessandro. No solo eres el Capo di tutti i capi italiano, ¡eres el UNO, el UNO! —enfatizó Rufo—. Tenemos que, en cuanto despierte Lilian, hablar muy seriamente con ella. Tienes que domarla, Ale, no puede seguir siendo tan impulsiva.

—Lo haré, Rufo… —giré la cabeza para ver a Lilian todavía dormida. Suspiré antes de volver a mi conversación—. Si despierta.

Sentí el peso de la incertidumbre cerniéndose sobre mis hombros: manejar un imperio mafioso, protegerla del peligro que ahora la rodeaba y, al mismo tiempo, tratar de mantenerme firme era todo un reto con el que podía lidiar.

—¡Deja de ser pesimista, Alessandro, Lilian ya ha despertado dos veces! —me regañó Rufo furioso—. Por el momento, creo que deberíamos asegurar todas las pruebas de que Lilian sí es la verdadera hija del Dragón Rojo. Para cuando te lo exijan, debemos estar listos.

Me quedé en silencio, mirando cómo la respiración de Lilian se mantenía constante, pero el tic en mi mandíbula no se detuvo.

Lo que decía Rufo era una advertencia velada.

¡Claro que se exigirían pruebas! Ellos no iban a detener sus intentos de destronarme.

Lilian era mi punto débil, y en nuestro mundo, mostrar vulnerabilidad podía costar muy caro.

—¿Has pensado en la posibilidad de que Lilian no sea en verdad la hija de Kenet? ¿Qué vas a hacer? —preguntó para mi sorpresa.

Me acerqué al ventanal que daba a los campos de fútbol.

Desde aquí se podía ver la magnitud de lo que tenía en mis manos.

Todo. Pero también, lo cerca que estaban las sombras de arrebatármelo.

Nadie se imaginaba lo que escondía debajo de aquellos campos.

Cuando volví a enfrentar a mi hermano, estaba más sereno.

—Rufo, el único motivo por el que entré a esa organización es Lilian. Si deja de existir ese motivo, lo dejo todo— y era cierto, solo aguantaría para proteger a mi mujer y mi familia.

—¿Sabes lo que estás diciendo, Alessandro Minetti?

—preguntó con seriedad—. Si ella no es la hija del dragón rojo, entonces solo queda Lucila.

Estarías obligado a casarte con ella también, porque Lilian misma te lo exigiría.

No olvides que la doctora respira y vive por su hermana.

Además, el tatuaje de Lilian dejará de tener efecto y la gente de Demon la puede reclamar.

Rufo me miraba desde el fondo de la habitación.

Se llevó la mano a la cabeza mientras resoplaba inquieto.

Cuando se ponía así, sabía que la situación era realmente seria.

Lo miré sin poder creer lo que acababa de decir.

No podía creer que Lilian fuera capaz de exigir tal cosa; debía impedir que eso sucediera.

—Aunque Lilian no fuera la hija del dragón, que sí lo es —aclaré con seguridad—.

No me separaría de ella, es mi esposa, el amor de mi vida.

Puedo dejar todo lo demás, pero no a mi Lili.

Por ella estoy dispuesto a hacer todo, ¡todo, Rufo!

Si ella resulta no ser la hija de Kenet, no me importa.

No dejaré que nadie de la organización de Demon me la quite, ¡aunque tenga que matar a todos!

—¡Alessandro Minetti, contrólate! —me detuvo Rufo de inmediato, con la vena de doctor salvador de vidas a flote—. ¿Cómo puedes decir eso? Tendrías que eliminar cualquier amenaza de los miembros del grupo de Demon; cualquiera de ellos la puede reclamar, es decir, tendrías que matar a todos.

Rufo me hizo recordar algo: no podía perder la cabeza. Ellos querían eso, que me convirtiera en una versión aún más descontrolada de lo que ya sabían que era. Contuve un resoplido y aparté la vista, aunque sentía que un fuego intenso me quemaba por dentro.

—No me importa y lo sabes —lo espeté furioso—. ¡Lo haré, los exterminaré a todos!

—Deja que piense en algo para solucionarlo y hacer que dejen de ser una amenaza los hombres de esa organización —me aconsejó Rufo con más tranquilidad—. Si por casualidad Lilian no llega a ser la hija de Kenet...

—¡Lo es, Rufo, lo es! —afirmé de nuevo, sin poder entender por qué dudaba de eso. Había visto las pruebas que había presentado la señora Libia.

—Está bien, deja de gritar —me enfrentó, perdiendo la paciencia—. Soy tu Consigliere, tengo que pensar desde todos los ángulos en que pueda venir una amenaza en tu contra.

Tenía razón, lo sabía; esa era su maldita especialidad, ser la voz de la razón en nuestro mundo lleno de caos.

Pero por mucho que lo entendiera, no me iba a disculpar por alzarle la voz.

Me molestaba que siquiera planteara la posibilidad de que Lilian no fuera quien decían que era.

Porque aceptar ese pensamiento significaba dejar un pequeño margen de duda, y en mi mundo, las dudas eran veneno.

—Está bien, mi hermano, disculpa —me apresuré a disculparme—. Esto de dirigir a todos me sobrepasa, más ahora con la angustia de mi Lili. ¡No tengo cabeza para tanto!

Me desabroché el primer botón de la camisa, tratando de liberar la tensión que sentía clavada en el pecho, pero no sirvió de nada.

Me giré hacia Rufo y lo miré con la dureza que solía congelar a cualquier otro hombre, pero no a él.

No me temía, me entendía y seguía a pesar de mi impulsividad, y a veces irracionalidad.

—Te entiendo, pero eso no es todo. Ahora tienes la amenaza de que si dejas de ser el UNO, y Lilian como hija del dragón rojo, le pertenece al que asuma el puesto, porque su padre no aclaró que serías tú.

Solo que sería la esposa del UNO venidero —Rufo siguió explicando con desasosiego—.

No importa cuál de las dos sea la hija del dragón rojo, para ti es lo mismo, Alessandro, no puedes dejar de ser el UNO, ¡no puedes!