¡Ups! ¡No me equivoqué! 16. NO DESPIERTA
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16. NO DESPIERTA

ALESSANDRO:

Estoy tan feliz de que mi esposa haya despertado al fin.

Este tiempo ha sido un infierno para mí.

La extraño tanto, aun teniéndola conmigo.

Su silencio me mata, pero despierta y, al parecer, va a estar bien.

Un poco de secuela que Rufo dice que se le va a quitar.

Soy feliz, tanto, que me quedo dormido abrazado a su cuerpo, como hacía mucho que no lo hacía.

Despierto cuando el avión aterriza. Me levanto, miro por la ventanilla. Todo está listo: las ambulancias, mis hombres, los autos.

Observo a la señora Libia, a mi cuñada Lucila y a mi abuelo junto a James, esperando ansiosos al lado de un auto. Giro hacia mi esposa, la contemplo tan bella en la cama, me acerco y la beso suavemente en los labios. Trato de despertarla sin que se asuste.

—Lili, Lili, despierta, cariño. Ya llegamos —la llamo con suavidad—. Vamos, linda, abre tus hermosos ojos. No me asustes, amor. ¿No me digas que te dormiste de nuevo?

—¿Qué pasa, Ale? —pregunta Rufo, apareciendo en la puerta—. ¿Por qué tienes esa cara de susto?

—No lo sé. La llamo y no reacciona. ¿Por qué se volvió a dormir, Rufo? ¿Por qué no se despierta? —inquiero, al punto de entrar en desesperación, temiendo que algo malo le pase.

Rufo no me contesta de inmediato; sigue mirando a Lilian, que permanece dormida, sin escuchar todo lo que sucede a su alrededor. Luego le examina los ojos sin obtener reacción aparente. Le sigue haciendo pruebas sensoriales por todo el cuerpo con el mismo resultado.

—No sé qué le pasa. Déjala que duerma —dice con un suspiro—.

No estés tan asustado, Ale, ella está bien.

Vamos, ya las ambulancias están ahí; la llevaremos mejor a casa, no al hospital.

Quizás al sentirse en un ambiente familiar, vuelva a despertar.

El viaje, al parecer, la agotó, y por eso está dormida.

Recuerda que está operada de la cabeza, y la presión de la altura no le hace bien.

Rufo me explica al tiempo que pasa su mano por mi hombro, tratando de infundirme valor y paciencia. Sé que quiere tranquilizarme, pero puedo ver que está preocupado por su ceño fruncido. Aun así, no insisto.

—Está bien. Me conoces, sabes lo impaciente que soy. ¿Crees que vuelva a despertar pronto, Rufo? —pregunto mientras acomodo el cabello de Lili, que lo tiene sobre su rostro—. ¿Cuánto tiempo crees que le lleve esta vez despertar?

—No lo sé, Ale, no lo sé. Pero, si te diste cuenta, estaba más despierta, respondió a todo y conversó contigo.

Tenemos que dejar que su cuerpo reaccione solo —sigue diciendo Rufo, sin dejar de mirar a Lili—.

Todos sus sentidos funcionaron bien. Esa secuela de su lado izquierdo no creo que sea severa, porque, aunque lo hace lento, mueve todo con normalidad.

Ya verás, mañana te estará volviendo loco y querrás que se vuelva a dormir. Ja, ja, ja. Vamos, cambia esa cara.

Tomo una gran bocanada de aire, contemplando a la mujer que adoro con los ojos cerrados. Le acaricio la frente y le contesto que jamás voy a querer que vuelva a dormir de esa manera.

—La extraño a morir. ¿Puedes creerlo? —muevo la cabeza, viendo cómo Rufo se ríe de mí—. No te rías. No sabía que se podía extrañar tanto las locuras de una persona. La prefiero lanzándome zapatos a la cabeza.

Rufo suelta una estridente carcajada sin esconderse. Luego apoya una mano en mi hombro, al tiempo que dice que esta vez sí me había pegado fuerte el amor.

—Me alegro por ti. Sé que serán muy felices, Ale —se pone serio mientras mira hacia las enfermeras—.

Vamos ahora, nos están esperando. De seguro, cuando Lilian se sienta en tu cama, en el ambiente seguro junto a su mamá, hermana y tú, despierta más rápido.

Dale, vamos a bajarla. ¿Llamo a los camilleros o prefieres cargarla tú?

—Yo la cargaré. No quiero que se sienta sola —digo de inmediato.

—Muy bien, tómala sin miedo y vamos. Yo tomaré las bolsas de suero y sangre. Nada más apoya su cabeza bien en tu pecho —me indica, ayudándome—. Eso es. Vaya, mira cómo se acomodó sola. ¿Ves? Eso te dice que despertará pronto. Vamos, mi hermano, estoy agotado; necesito unas vacaciones.

Hacemos todo lo que dice Rufo. Llegamos a la casa, la acuesto en mi habitación.

Rufo asegura que todo está bien con ella, pero no se despierta, no lo hace.

Le hablo, le cuento todo, le explico lo relacionado con la organización.

Libia y Luci también están todo el tiempo con ella: la bañan, la visten, la alimentan.

Paso todo el tiempo que puedo a su lado; duermo abrazado a su cuerpo.

Me hace feliz que, cuando me siente, se gira y se mete en mis brazos. Pero no despierta. ¡No despierta!

Rufo me aclara que es una buena señal, que está al despertar de nuevo. Todos estamos impacientes, deseando escucharla, y hasta el abuelo viene a conversar con ella estos últimos días, que permanece dormida.

—¿Despertará algún día, Rufo? —pregunto desesperado al verlo terminar de revisarla.

—No te angusties, Ale. Ya ha despertado antes, nada le impide volver a hacerlo —sigue explicándome, aunque estaba lleno de miedo—. Mira cómo mueve mejor su lado izquierdo, la pequeña parálisis del rostro ya cedió, todo va marchando bien, Alessandro. Deja de estar ansioso, que ella lo puede sentir.

—¿Seguro? ¿Despertará normal, o siempre será así? —pregunto sin poder contenerme—. ¿Abrirá sus ojos por unas horas y luego dormirá por días?

—No lo sé, Ale, no lo sé —se angustia un poco Rufo—. No te desesperes, tienes que tener paciencia. No puedes estar pensando en Lili las veinticuatro horas del día, está bien, en tu cama. ¿No la ves?

—¡La veo, Rufo, la veo! ¡Observo todos esos avances que me explicas, pero no despierta, no despierta! —digo desesperado y temeroso, temiendo que no despertara—. Muero por escuchar su voz, mirarme en sus ojos. No puedo concentrarme en nada más, no puedo.

Rufo me mira por unos instantes, impotente ante mi desespero. Me conoce demasiado bien para no darse cuenta de que estoy perdiendo la paciencia y que el miedo se está apoderando de mí sin poder controlarlo. Me mira fijamente, como siempre hace cuando sabe que me estoy descontrolando.

—Va a despertar cuando menos lo esperes.

Ya te lo dije, no está en coma, solo duerme.

Deja de estar angustiado —dice con firmeza—.

Dale el tiempo que necesite su cuerpo para recuperarse.

Me estás preocupando realmente, Alessandro, no puedes seguir así, solo pendiente de tu esposa.

Debes mantener tu mente despierta, ya viste todo lo que está pasando, esos rumores que comenzaron a correr no me gustan para nada.

—¿Cuáles son los rumores? —pregunto de inmediato mirando fijamente a mi consigliere—. ¿De cuáles de las dos organizaciones que dirijo son? ¿La Mafia o los Dragones? ¿Quién se atrevió a creer que el Capo de todos los capos y el número UNO está dormido?