¡Ups! ¡No me equivoqué! 11. MI HERMANO DEL ALMA
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11. MI HERMANO DEL ALMA

ALESSANDRO:

La primera vez que vi a Rufo, era de mi edad, diez años. Solo que flaco y paliducho. Estaba todo ensangrentado y siendo golpeado sin descanso por un hombre. Iba con mi abuelo en el auto cuando observé lo que sucedía.

—¡Detente! —ordené al chofer, que frenó de golpe, y abrí la puerta sin decir nada. Corrí con un arma en mi mano, apuntándole a aquel desgraciado que lo golpeaba con tanta saña, y le grité—: ¡Déjalo o te mato!

El malvado hombre soltó una risa estridente al ver a un niño que no le llegaba a la cintura apuntándole con un arma que apenas podía sostener por el peso. Dejó de golpear a Rufino y se giró con una sonrisa macabra hacia mí.

—¿De dónde saliste tú? —preguntó, con sarcasmo—. ¡Lárgate si no quieres correr la misma suerte! ¿Crees que porque eres rico puedes ordenarme, malnacido? ¡Dispara si tienes el valor! ¡Vamos! ¡No eres más que una niñita faldera que cree que todos tienen que obedecer porque tiene dinero!

Y caminó, amenazante, hacia mí. Quité el seguro de mi revólver, lo sujeté con ambas manos, separé mis pies afirmándome en el suelo como me había entrenado mi abuelo, listo para disparar. Cuando lo vi retroceder asustado y ponerse de rodillas, mi abuelo se había bajado del auto y estaba detrás de mí.

—Cuando sacas tu arma, Alessandro, es porque la vas a utilizar. ¡Dispara! —me ordenó, y apreté el gatillo, dándole un tiro en la frente.

Fue el primer hombre que maté y lo hice por él. Rufo apenas podía moverse de lo maltratado que estaba. Mandé a James que lo montara en el auto y lo llevamos al hospital. Estuvo grave un tiempo, en el que lo visitaba seguido. Había algo en su mirada que me atraía y me hacía confiar en él.

Al fin, después de semanas, supimos que era hijo de unos honestos comerciantes que habían sido asesinados por unos gánsteres, y que ahora querían cobrarle las deudas a Rufo, que trabajaba sin descanso tratando de pagarlas y a la vez costear sus estudios.

Luego, el abuelo, al enterarse de que era considerado por sus maestros casi como un genio, lo mandó a estudiar en el extranjero en un buen internado.

Venía de vacaciones. Se convirtió en el hermano, el amigo que conoce todo de mí y en el que confiaba ciegamente.

Hemos hecho de todo juntos. Cuando no estudiábamos, éramos inseparables.

Luego, cuando supo que mi abuelo tenía el gen del Alzheimer, se empeñó en ser neurocirujano.

Mi abuelo le pagó todos sus estudios, aunque él se empeña en devolver el dinero.

Se esmeró tanto en estudiar que hoy por hoy es el mejor neurocirujano que existe.

Sabe todo de mí con solo mirarme, y yo de él lo mismo.

Mi abuelo, al graduarse con honores, le compró ese hospital, el cual es una parte suya, aunque mi intención es dárselo completo.

Solo lo aceptó porque mi abuelo le dijo que trabajar en ese hospital para él era su manera de devolverle todo lo que había invertido.

Para mí, es mi hermano de corazón. Es mi Consigliere, el hombre al que le confío mi vida sin pensarlo.

Es por ello que, con mirarlo ahora, supe.

Y al correr a su encuentro, observando su tremenda cara de susto, lo supe.

Pero aún conociendo la respuesta reflejada en su rostro, le pregunté, porque necesitaba escucharlo de sus labios.

—Dime que está viva, Rufo, dímelo —mi voz salió casi en un aullido desgarrador de mi garganta.

—Ale… —comenzó a hablar y un gran sollozo se le escapó—. Ale…

—¡No, no, Rufo, no…! —grité, al ver que no salían las palabras de sus labios. Lo sabía. Había perdido a mi Lili.

Mis rodillas flaquearon sin que pudiera hacer nada.

Mi mirada estaba fija en Rufo, que abría y cerraba la boca mientras las lágrimas corrían por su rostro.

Al ver que iba a caer, me abrazó, y mi corazón no aguantó más.

Rompí a llorar como si fuera un niño. Lo estreché con todas mis fuerzas, escuchándolo llorar sin vergüenza por primera vez.

El dolor que experimentaba era el más grande que había sentido en toda mi vida.

Quería contenerme, dejar de llorar, pero no podía. Me estaba muriendo junto con mi Lili.

—¡Detente, Ale, detente! ¡No llores, no llores! —logró al fin hablar, entre lágrimas y sollozos, separándome de su cuerpo—. ¡La salvé! ¡La salvé, Ale! ¡Salvé a tu esposa!

Lo miré con incredulidad, todavía sin poder dejar de llorar. Esas palabras que tanto había querido escuchar sonaban en mis oídos como campanas de felicidad.

—Perdóname por asustarte, Ale, pero es que he estado tan aterrado todo este tiempo.

La he operado con tanto miedo. Nunca en mi vida me había sentido tan cobarde en una operación —me explicó, sin dejar de sostenerme por los hombros y sollozar, mientras su cuerpo se estremecía.

Lo estreché de nuevo al verlo así tan asustado.

—¿La salvaste, Rufo? ¿No me estás mintiendo? ¿Lili va a estar bien? ¿Por qué lloras? ¿Quedó muy mal? —pregunté, todavía con miedo de lo que me iba a decir.

—Perdóname, Ale —repitió, mientras trataba de calmarse y se limpiaba el rostro—.

Mientras trataba de arreglar todo, solo tenía en mi mente que si perdía a Lili, te perdía a ti y a Migue.

¿No sabes el miedo tan grande que he soportado?

Perdóname por asustarte. Es que no podía hablar cuando salí.

Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba articular palabra.

—No importa, no importa. Te entiendo —lo estreché de nuevo, muy fuerte—. ¡Gracias, Rufo, gracias! ¡Sabía que tú lo harías! ¿Es muy grave la situación?

Al fin logró reponerse. Mientras se quitaba la ropa del quirófano, me explicó que había hecho todo lo que podía.

Ahora dependía de Lilian. Por suerte, Damián le había agarrado la mano en el último momento, tirando de ella.

El proyectil lo único que hizo fue recorrer todo el lóbulo derecho frontal, rompiendo el hueso, sin tocar el tejido cerebral apenas.

—Me demoré tratando de encontrar todos los fragmentos, que pueden ser muy dañinos —seguía explicando, sin que yo entendiera mucho.

Lo único que tenía en mi mente era que mi esposa estaba viva—.

También le tuve que retirar una fracción del hueso para liberar la masa cerebral cuando se inflame, para que la presión no le cause daño.

Damián impidió que el proyectil entrara en la cabeza de Lilian.

—¿Damián hizo eso? —pregunté, con incredulidad. Después de todo, él la había raptado y pretendía quedarse con ella—. ¿De veras impidió que mi esposa…?