¡Ups! ¡No me equivoqué! 10. LILI NO PUEDE HACERME ESO
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10. LILI NO PUEDE HACERME ESO

ALESSANDRO:

Golpeé con furia la pared con mi puño, dejando salir un exabrupto que resonó en toda la sala.

No estaba de humor para escuchar sus reproches, pero sabía que parte de razón tenía.

Era mi culpa que hubieran eliminado a mi primera esposa y a mi primogénito.

Y ahora…, también lo era. Mi segunda esposa y el amor de mi vida estaba muriendo por no prever lo impredecible e impulsiva que era. No debí dejarla sola en aquel simposio.

—No, abuelo, no fue Demon —aclaré, al escuchar su confusión—. Conoces a Lili, ella…, ella… la propia Lili lo hizo.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, con voz temblorosa—. ¿Qué cosa hizo Lilian?

Tomé aire, limpiando a manotazos las lágrimas que habían rodado por mis mejillas sin que nadie me viera, mientras le conté que cuando Lilian se vio perdida y que Demon la iba a agarrar, se pegó un tiro en la cabeza.

—¡Ella lo hizo, abuelo! Si tan solo hubiera esperado dos minutos, ¡yo estaba afuera! No confió en mí y se disparó en la cabeza —le conté, todavía sin poder creerlo, reviviendo ese momento aterrador—. Rufo está tratando de salvarla ahora.

—¡¿Cómo pudo hacer esa locura, Lili?! —escuché a mi abuelo preguntar, con incredulidad.

—Lo vi con mis propios ojos. Sabes lo impulsiva que es Lilian —seguí contando, mientras me paseaba de un lugar a otro—.

Todo es mi culpa. Si no le hubiera ocultado que me hirieron en el hotel, si la hubiese llamado para que fuera a mi lado…

, ella no habría salido corriendo como loca detrás de mí.

Demon no la habría atrapado, drogado y subido al auto de Damián. Ella no habría caído en sus manos.

El anciano se quedó en silencio al escuchar mi relato. Sabía que, como yo, no podía creer que Lilian, con su carácter impulsivo, hubiera sido capaz de atentar contra su propia vida. Ni yo esperé que hiciera una cosa como esa.

—¿Pero estaba viva cuando llegaste? —preguntó de nuevo—. ¿Hay esperanza?

—Sí, sí, dice Rufo que sí —respondí, aferrado a esa verdad—. Pero soltaba mucha sangre. Yo creo que la voy a perder, abuelo, voy a perder a mi Lili… yo…

Y otro gran sollozo se me escapó. Traté de contenerme para no asustar a mi abuelo más de lo que ya estaba.

Pero en esos momentos sentía que era con el único con quien podía desahogarme, decirle el miedo que me aterraba y el dolor que no me dejaba respirar.

Solo con él podía permitirme ser todo lo débil que quisiera.

—No seas pesimista, hijo, piensa en que ella va a salir de esto.

Tampoco te desesperes, Alessandro, está en las manos de Rufo.

Si hay alguien que puede salvarla, es él.

¡Rufino es un genio! Confía en las manos de tu mejor amigo —trató de llenarme de valor, lo sabía—.

Ten fe, hijo. Ya verás que Lili sale de esta. ¿Atrapaste a Demon?

—¡Maté a ese condenado junto a su padre! —le informé, iracundo—. ¡Por culpa de él fue que llegué tarde! ¡Los exterminaré a todos, a todos!

—Ten cuidado, hijo, ten cuidado —me aconsejó de inmediato—. No olvides quién eres ahora.

Sabía que mi abuelo temía del enorme poder que tenía ahora al convertirme en el UNO. Pero no me importaba quién fuera. Si lo hubiese escuchado cuando me dijo que eliminara a todos los del grupo de Demon, cuando mataron a Celia y a mi Alessandrito, ahora mi Lili no se estaría muriendo por su culpa.

—Hijo, no ganas nada con torturarte —volvió a decir el anciano. Sabía que conocía lo que estaba pensando—. Eres el UNO, Alessandro. Nadie puede verte llorando por los pasillos.

Recóbrate en este instante. No pueden saber que Lilian es tu gran debilidad, o serás un hombre muerto. Y ella también.

—¡No me importa, abuelo! Yo acepté ser el UNO por mi Lili.

¡Si la pierdo, mandaré todo al diablo! ¿Sabes que nunca me gustó esa organización?

—seguí diciendo, furioso—. Debieron ayudarme antes a rescatar a mi esposa, pero optaron por castigarme para que aceptara el cargo.

Y, aún después de hacerlo, solo mandaron a sus hombres cuando Demon me llevaba la delantera.

¡Que recen porque mi esposa se salve, o sabrán lo que un dragón herido de muerte es capaz de hacer!

Mi abuelo estaba ahí, lo sabía, pero no decía nada. Cuando al fin lo hizo, ya no era el hombre autoritario que me llevó por el camino de la sangre y el poder, sino un abuelo —mi abuelo— que quería consolar a un nieto al borde del abismo.

—Hijo, cálmate, no puedes hacer eso. No puedes ir en contra de ellos. Y reza, Alessandro. Es lo único que puedo decirte ahora —casi no lo escuché, pero siguió, con su voz temblorosa—. Porque lo único más impredecible que un hombre herido es la voluntad de Dios.

En ese momento, Rufo apareció. Llevaba la bata medio abierta y una línea de cansancio marcada en su frente. Mis pasos se detuvieron en seco y corrí hacia él al terminar de hablar.

—Abuelo, te dejo, Rufo salió. Te llamo cuando sepa qué sucede —lo escuché gritar que no colgara, pero el rostro de mi hermano me aterraba.

Corrí al encuentro de Rufo, que venía quitándose todo lo que se había puesto, con una tremenda cara de susto.

Para mi desesperación, se inclinó apoyándose en sus rodillas, soltando un largo suspiro, y por unos segundos sus ojos esquivaron los míos.

Me observó con los ojos vidriosos. Me percaté de que me miraba sin verme.

Pareció dudar por un momento al verme e incluso dio un paso hacia atrás mientras pasaba las manos nerviosamente por su cabeza.

—¿La salvaste, Rufo? —logré al fin preguntar, con un hilo de voz—. ¿Salvaste a mi Lili?

Aprieto los hombros de Rufo con toda mi fuerza. Se estremeció y dio otro paso atrás, notablemente incómodo. Pude ver cómo las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos al fin rodaron por sus mejillas mientras me abrazaba, estremeciéndose entre mis brazos.

—Ale… —comenzó a hablar y un gran sollozo se le escapó—. Ale…

—¡No, no, Rufo, no…! —Un grito desgarrador salió de mi garganta.

El corazón me retumbaba en los oídos. Era lo único que podía oír en mitad de aquel vacío asfixiante que se había apoderado de mi pecho. Rufo seguía sin completar la maldita frase, y cada segundo que pasaba sentía que yo me moría un poco más junto a mi Lili.

—¡No, no puede ser verdad! —rugí como un animal herido de muerte—. Rufo, no me hagas esto… Lili, mi Lili no pudo hacerme esto. ¿Dime que no se ha ido? ¡Dímelo!