¡Ups! ¡No me equivoqué! 9. CORRIENDO CONTRA RELOJ
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9. CORRIENDO CONTRA RELOJ

ALESSANDRO:

Seguía apuntando a los que estaban dentro del área de operación con mi arma mientras Rufo se lavaba las manos y se cambiaba de ropa.

Todos los doctores y enfermeras acomodaban a Lilian encima de la mesa mientras Rufo, en perfecto francés, les explicaba la situación.

Otro de mis hombres llegó corriendo junto a un señor que no conocía, pero que podía ver que era un doctor.

—Señor Minetti, disculpe —se inclinó delante de mí e hizo un signo que reconocí—. Doctor Rufino, adelante, adelante. ¡Ustedes, asistan al doctor Rufino!

—¡Director, no puede hacer eso! No sabemos nada de la paciente, debemos examinarla primero —exigió el mismo doctor, para mi desconcierto. De inmediato le apunté con grandes deseos de clavarle una bala entre ceja y ceja.

—¡Silencio! —le ordenó el que acababa de llegar, que resultó ser el director, al tiempo que le hacía una seña a los de seguridad para que se lo llevaran—. Disculpe mi demora, jefe. Soy Pier, el director del hospital.

—Pier, hay que operar a mi esposa de urgencia —dije, mientras veía a Rufo con un enorme aparato encima de Lili.

—Debió llamarme antes de llegar. Yo estaba en una operación, por eso no salí a esperarlo —y volvió a inclinarse delante de mí—. Puede guardar sus armas ahora, jefe, no hay necesidad de ellas. Le aseguro que Lilian y sus amigos van a ser muy bien atendidos, señor.

Miré a mi Lili desmadejada y la enorme herida que le recorría todo un lado de la cabeza.

Observé cómo comenzaban a cortarle su hermoso cabello, limpiándole toda el área.

Rufo ordenó que no se lo cortaran completo, me miró y asintió.

Siguió haciendo una radiografía mientras Pier me hablaba sin que yo hubiera escuchado nada, hasta que me tocó la mano.

—Jefe, jefe, disculpe —lo miré un instante—. ¿Quiere esperar en mi oficina a que termine la operación? Me temo que llevará su tiempo.

—Prefiero esperar aquí —respondí, guardando mi arma—. No dejaré a ella sola.

No dijo nada. Miró a todos mis hombres dentro de la antesala del salón de operaciones. Luego me sugirió con amabilidad que esperara afuera, debido a los microbios, ya que esa era un área restringida.

—Siéntese a la entrada, diré que no le molesten —me pidió, mientras me sacaba fuera, seguido de todos mis hombres—.

Cualquier cosa, mire mi carta aquí, llámeme.

Es un honor tenerlo aquí, señor Minetti, aunque hubiese preferido que fuera bajo otras circunstancias.

Iré a asistir al doctor Rufino si me lo permite. Yo también soy neurocirujano.

—Vaya, vaya. Esperaré ahí donde me indicó. Por favor, salven a mi esposa —le di una última mirada al amor de mi vida y salí con todos mis hombres.

Observé también cómo entraban a Damián a operar con sus dos hombres en el salón de al lado.

Salí y me senté en un banco a la entrada.

Varios hombres desconocidos llegaron a ofrecerme sus respetos, pero yo solo quería saber qué pasaba con Lilian.

Les hice señas a los míos de que los sacaran y no dejaran que se me acercara ningún extraño.

El tiempo pasaba lentamente mientras mi corazón se contraía más y más.

Rufo llevaba horas en el quirófano sin decirme nada.

Solo entró en ese salón con mi vida en sus manos.

Tenía mi cabeza entre mis manos, apoyadas en mis rodillas, mientras le rezaba a Dios y a todos los santos para que me salvaran a mi Lili.

Seré tu mano justiciera, acataré cada designio que deba.

Lo único que quería era que dejaran a mi Lili vivir.

No me importaba cómo, ni si perdía la memoria, o quedaba desfigurada, o con cualquier secuela.

Lo único que necesitaba era que viviera, que respirara a mi lado el resto de mi vida.

Dios, si no quieres que sea la mano derecha de Satanás, apiádate de mí, sálvame, Señor. Rogué una y otra vez.

—Señor… jefe… —me llamó uno de los míos—. Su abuelo está desesperado por hablar con usted. Dice que lo llame en cuanto pueda.

—Gracias —dije, secamente.

—¿Cómo está la señora? —preguntó, con voz suave.

—No sé nada todavía —respondí, agradecido de que preguntara y al mismo tiempo atormentado porque lo hacía.

Para mi sorpresa, comenzó a darme ánimos. Aseguró que Lilian estaría bien, que todos estaban rezando por ella. Me pidió que tuviera fe en Dios y en nuestra Santa Madre María.

—Nuestra jefa es fuerte —aseguró, y me hizo observarlo. Al ver que lo miraba, cambió de color y carraspeó—. Quería decirle también que ya agarramos a todos los del grupo de Demon. Sé que no es el momento, pero ¿qué hacemos con ellos?

—¡Mátenlos a todos! —ordené, rabioso.

—¿A todos, jefe? Son muchos —dijo, y se calló al ver cómo jugaba con mi arma.

Estaba a punto de cogerla con él por cuestionar mi orden. En verdad, en esos momentos solo quería cobrarme lo que le hicieron a Lilian. No podía pensar con claridad, lo sabía, y creía que se arrepentía de haber preguntado. Iba a retirarse cuando llegó otro, corriendo, de mi cuerpo élite.

—Jefe, el señor James dice que llame a su abuelo, que está muy mal. Teme que le vaya a dar algo —me informó, mirando de reojo al que había venido antes.

Me puse de pie de un salto. Me había olvidado por completo de él. Mi abuelo estaba enfermo, no podía pasarle nada ahora.

—Hazte cargo de los prisioneros —le ordené al recién llegado y vi cómo se alejaban.

Saqué mi teléfono y llamé a mi abuelo. En ese solo instante, sin saber por qué, con solo escuchar que descolgaba, un gran sollozo se me escapó del pecho y le dije:

—¡La perdí, abuelo, creo que perdí a mi Lili…!

Se quedó en silencio mientras mis sollozos me desgarraban por completo.

No soy un hombre que llora, no lo soy. Desde niño, mi abuelo me enseñó que no debía llorar.

Era un mafioso. Debía esconder mis sentimientos porque eran debilidad.

Pero estaba roto, me estaba muriendo ante la posibilidad de perder al amor de mi vida.

—¿Qué locuras dices, Alessandro? —preguntó al fin, con severidad. Podía escuchar una grieta en su temple, un rastro de pesar que no lograba ocultar—. ¿Dime qué le pasó a Lilian? ¡Y deja de lloriquear!

Respiré entrecortado al escucharlo, traté de tragar el nudo asfixiante que me cerraba la garganta. Ese era mi abuelo. Sabía que si estuviera aquí me daría un golpe por flaquear de esa manera.

—Llegué tarde, abuelo… llegué tarde —logré decir, tratando de contener mis sollozos sin lograrlo—. Demon la tenía acorralada.

—¡¿Ese malnacido la mató?! —preguntó y maldijo—. ¡Maldita sea, Alessandro! ¿Qué demonios estabas haciendo? ¡Te lo advertí, que te iban a eliminar a esta nueva esposa como a Celia! ¡Te lo dije!