¡Ups! ¡No me equivoqué! 8. UNA NOTICIA ATERRADORA
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8. UNA NOTICIA ATERRADORA

EL ABUELO MINETTI:

Respiré aliviado de que hubiéramos logrado nuestro objetivo. Desde el despacho, vi cómo Luci se alejaba junto a Miguel. Giré para mirar a mi hombre de confianza, James, que al fin había logrado comunicarse con uno de los hombres de mi nieto Alessandro.

—¿Qué es lo que sucede? —inquirí enseguida, al darme el teléfono—. ¿Por qué Alessandro ni Rufo cogen sus teléfonos?

—No lo sabemos, señor —respondieron de inmediato—. Ellos se adelantaron persiguiendo a Demon. Nosotros nos quedamos atrás eliminando a los hombres de ellos.

—¿Y lograron encontrar a la señora? —insistí de nuevo.

—No, señor. Cuando llegamos, la casa de Damián estaba envuelta en llamas y no sabemos si está viva o muerta.

No sé decirle más nada. El jefe nos llamó para perseguir a Demon.

Ya matamos a su padre, que nos atacó cuando estábamos por llegar —explicó el hombre, mientras el ruido de disparos y gritos se escuchaba de fondo—.

Pero, don Minetti, cuando llegamos, el padre de Damián estaba muerto y no encontramos los cuerpos de ellos, aunque sí un camino de sangre. Es lo único que sé.

—Está bien. En cuanto puedas, dile a Alessandro que me llame —ordené, con premura.

—Lo haré, señor, en cuanto lo vea — dijo con respeto.

Colgué y me quedé pensativo. Tenía un mal presentimiento.

Rogué porque a Lilian no le pasara nada.

Todavía no olvidaba cómo se puso mi nieto cuando murió Celia.

Se volvió cruel y vengativo. No analizaba nada y mataba a cualquiera sin pensarlo dos veces.

Su carácter cambió por completo. Se volvió intransigente e hizo que todos le temieran.

Hasta creí que disfrutaba torturando a los enemigos.

Parecía otro ser, y ahora, sorpresivamente, al casarse con Lilian, había vuelto a ser el Alessandro que crié. Aunque lo obligué a casarse con la excusa de mi enfermedad, sabía que lo hacía para complacerme, pero veía claro que menospreciaba a la chica con la que iba a casarse.

De pronto, apareció esa pelirroja loca en medio de la boda. Le lanzó un zapato a la cabeza, se casó con ella y, contra todo pronóstico, Alessandro le abrió su corazón, se enamoró y la amó más que a Celia. ¡Y resultó que era la prometida predestinada de mi nieto, su prometida desde que nació!

¿Cómo era posible que mi hijo no me dejara dicha información tan importante sobre Lilian?

La hubiera cuidado desde que ellos fallecieron.

No hubiera permitido que Alessandro se casara con Celia.

Estaba muy claro que Lili era el amor de la vida de mi nieto.

Celia fue solo su primer amor, pero Lili, Lili era otra cosa.

Si la llegaba a perder… ¡Dios, si la perdía… !

—Todo va a estar bien, don Minetti —me dijo James, que no dejaba de llamar por teléfono a todos sus hombres, para ver si daba con alguno que estuviera cerca de Alessandro o Rufo.

—No puede ser que le vuelva a suceder lo mismo, que le arrebaten el amor de su vida —dije, moviendo la cabeza, apesadumbrado.

—Señor, todo va a estar bien. No se ponga así. Ya verá que lo encuentran y la traen de regreso. Eso le hace daño —insistió él.

—¿No lo viste? —pregunté, girando hacia mi hombre de confianza—.

Con la vehemencia con que habló de su amor por ella.

¿De cómo renunció a su punto de vista y aceptó jurar ser el presidente de esa organización que siempre se negó?

Eso solo demuestra lo mucho que la ama. Mi nieto ama a esa chica como jamás amó a Celia.

Ellos dos estaban destinados a amarse así.

—También lo vi, señor. Jamás Alessandro había expresado su amor por alguien de esa manera —estuvo de acuerdo James—. Saltó de alegría cuando supo que era de él y, sin analizar nada, aceptó todo, señor, todo. Se convirtió en el "UNO".

—Y eso es precisamente lo que me preocupa —dije, haciendo que mi silla rodara hasta la ventana de la oficina, que dejaba ver toda la ciudad—.

Si a Lilian le llegaba a pasar algo, con el poder que ha adquirido Alessandro ahora, temo que se convierta en uno de los seres con los que se supone que va a luchar.

¡Dios, que Lilian esté bien, o perderá la humanidad mi Alessandro!

El miedo, por primera vez desde que desaparecieron mi hijo y su esposa, se adueñó de mí de nuevo, mientras unía mis manos y rezaba al todopoderoso para que ayudara a mi nieto.

El pesado silencio de la oficina se vio interrumpido por el insistente sonido del teléfono.

Mi mirada, cansada y desesperada, se alzó hacia James, que ya se disponía a tomarlo.

Pero antes de que pudiera responder, alcé una mano temblorosa, deteniéndolo. Era Alessandro. Lo sabía. Lo sentía.

Por un instante, no hubo más sonido que mi respiración entrecortada y la del otro lado de la línea. Lo llevé a mi oído para escuchar un sollozo desgarrador y las palabras que más había estado temiendo oír.

—Nonno… —la voz de Alessandro llegó, rota, ahogada, cargada de miedo.

Un nudo se apretó en mi garganta al tiempo que mis ojos se tornaron vidriosos.

Entendí en ese instante lo que iba a decir.

Lo sentí con la fuerza de mil golpes, como un grito ahogado.

Mi Alessandro, ese niño que había obligado a hacerse un hombre de acero y sombras, que nunca se doblegaba, estaba al borde del abismo, y yo no podía hacer nada para evitarlo.

El teléfono resbaló de mis manos. James lo atrapó antes de que cayera.

Escuchaba los sollozos de mi nieto mientras yo quedaba paralizado, con los ojos fijos en el vacío.

El llanto de Alessandro resonaba en mi cabeza, nublando todo a mi alrededor.

Nunca lo había escuchado tan roto, tan perdido, tan necesitado de mí.

Me quedé paralizado, sin aliento. Un sudor frío empezó a cubrir mi frente mientras el peso del mundo caía sobre mis hombros, recordándome lo frágil de aquel castillo que habíamos construido con sangre y lealtad. Todo lo que había hecho, cada decisión parecía condenarnos ahora.

Con un esfuerzo descomunal, giré mi silla hasta la ventana, obligándome a mirar más allá del cristal, hacia las luces de Roma.

Quizás así quería que mi mirada llegara a Francia para compartir el sufrimiento que me corroía por dentro.

Mis manos temblorosas se unieron bajo mi mentón en un gesto instintivo.

—Dios, por favor —me dije en silencio, mientras apretaba los ojos con fuerza para contener las lágrimas—. No le quites a Alessandro lo único que le queda. No permitas que mi nieto se pierda en la oscuridad. No se lo lleves ahora que por fin había encontrado la paz.

Mi Alessandro: el hombre al que había enseñado a ser fuerte, a no flaquear, a liderar entre las sombras. Siempre le había mostrado cómo mantenerse firme, pero ahora me preguntaba… ¿quién lo sostendría si Lilian no regresaba?

—¡La perdí, abuelo! —escuché su voz, como una sentencia—. ¡Perdí a mi Lili!